Morirse es una lata

Ya bien frío, sin nadie que alegara por mi muerte, dos tipos de uniforme, maleducados, sin presentarse, me hicieron firmar unos papeles. Me alegaron que si no firmaba, así de sencillo, no podían trasladarme hasta la morgue; y que les diera pa’ las cocas, o una chinga. Por eso ya morido, inhábil, todavía fresco, acepté todos sus términos: “tengan sus doscientos, pa’ los chescos”; y les tuve que firmar todas las responsivas, pensando: “ahora sí, mundo, al cabo ahí te quedas”.

Sobre el suplicio de vestir un velo

En una caseta telefónica, una mujer habla con su jefe comunicándole la noticia del fallecimiento de su esposo, cuelga el teléfono, ahora le corresponde el saludo al hombre que esperó su turno. Se seca sus lágrimas, primero con sus dedos y luego con un pañuelo, y con una pronunciada sonrisa, sigue su camino.

El tren de los recuerdos

El viejo tren en el que viajábamos llegó a la estación de Reforma de Pineda, un pequeño pueblo enclavado en la región del Istmo de Tehuantepec, cuya estación era la más cercana al pequeño ranchito donde vivían los abuelos y primos. Recuerdo que tomamos el autobús que salía en dirección a la ciudad de Juchitán por la carretera panamericana, y después de una hora de camino mi mamá solicitó al conductor que hiciera la parada, porque tendríamos que bajarnos.