Autor: Nehemías Vásquez

La historia de Tornactus

En la historia de Tornactus se hablaba de la soledad, de la mesa con un par de sillas, de la sala de dos piezas, de la comida enlatada, la tevé y la colección de libros de historia, de irse a la cama a cierta hora y levantarse a cierta hora también para cumplir con el horario del trabajo, recalentar la comida de la noche anterior y volver a la rutina en las aulas con alumnos aburridos de leer de la prehistoria y las grandes civilizaciones, de Máximo Modesto y Carlo Magno, de César, de Moisés, de Caín y de Abel.

Flor de abril

Cómo explicar la emoción de andar en el auto en ese tramo que les llevaba hasta quince minutos recorrerlo a pie después de las dos de la tarde, a la hora de la salida de la escuela en lo que bromeaba con los amigos de la infancia, muchos de ellos ya señores con dos o tres hijos y algunos otros, como el primo Beto, que ya no nos acompañan. Imagina, piensa e imagina, mientras un grupo de perros ladra y corre detrás del auto y lanzan mordidas a los neumáticos.

Carta a Gloria

Me gustaría contarte en esta carta, con tinta y papel, lo que he visto en casa de los abuelos, contarte de las conversaciones que he tenido con su gente, con su río, con la nutria que aún habita ahí y las garzas y las zancudas, con la ceiba gigante que ya no crece pero que cada año renueva sus hojas y regala al viento y al tiempo sus frutos y semillas.

De gatos y rasguños

Bueno, como sea, era un gato y fue en la época de la onceava plaga que azotó a San Juan: la plaga de las garrapatas. Algunos dicen que la plaga llegó porque la esposa de Felipe Pérez había regalado a su hijo a otra familia, otros dicen que estaba asociado a la locura de María y que era uno de sus conjuros. Yo creo que fue por la canícula de verano.

Vuelo nupcial

Acampar no parece mala idea. Crecí en un lugar con ambiente tropical, con un río de arena amarilla y un arroyo con piedras enormes, un Macondo, un pueblo con tres marcadas estaciones condicionadas por la presencia de fenómenos meteorológicos.

Casualidades viales

Enseguida pensé en Pola. Quizá a Pola le encantaría ver esta luna como rojiza, este paisaje de cerros con divisiones de cercas vivas, árboles de cocoite, mulato, bojón, frutales, todo verde. Quizá le habría gustado venir de copiloto disfrutando de la caída de la noche, tomando quizá un café que habríamos comprado kilómetros atrás, o de una cocacola, no lo sé, pero quizá le habría gustado.