Narrativa

El espanto

El que jugaba conmigo a las canicas en el patio, se fue al ver que a mi casa algo malo había llegado. A poco de entrar me quedé inerme, flotando en mi propio miedo, sosteniéndome solamente por el ruido de las patas de los caballos. Mi padre inició un ardoroso cuchicheo, tal vez para regresar la realidad que se nos había escapado.

Los Gemelos y el Garrobo

Lo sucedido aquel aciago Sábado de Gloria también marcó el principio del fin de la vida de Germán y Vicente, aquellos niños de la sandía, que sólo por querer saborearla se encontraron con la fatalidad que no pudo impedir la curandera con sus oraciones fervorosas y rociadas de agua bendita en todo el cuerpo.

Cuando la muerte arrebata la palabra

Melquiades hizo amistad con otro jovencito llamado Lucio Cabañas, que se quisieron como dos hermanitos, desde estudiantes hasta después como maestros. Eran tan unidos que el mismo maestro Lucio llegó a decir que los dos formaban un solo animal político, porque pensaban igual, tenían los mismos sentimientos y las mismas ilusiones: tenían que educar a los pobres para que, organizados, se defendieran de los ricos.

Vuelo nupcial

Acampar no parece mala idea. Crecí en un lugar con ambiente tropical, con un río de arena amarilla y un arroyo con piedras enormes, un Macondo, un pueblo con tres marcadas estaciones condicionadas por la presencia de fenómenos meteorológicos.

Casualidades viales

Enseguida pensé en Pola. Quizá a Pola le encantaría ver esta luna como rojiza, este paisaje de cerros con divisiones de cercas vivas, árboles de cocoite, mulato, bojón, frutales, todo verde. Quizá le habría gustado venir de copiloto disfrutando de la caída de la noche, tomando quizá un café que habríamos comprado kilómetros atrás, o de una cocacola, no lo sé, pero quizá le habría gustado.

Yo soy Chico Calleja

Hace una semana murió mi padre. Y ahora, aquí, en la soledad de su cuarto, reviso sus cosas. Veo su cama tendida, sus zapatos gastados, el sombrero que usó por años; tristes objetos inanimados que despiertan recuerdos: mi padre bajo el inclemente sol arando la tierra o almorzando bajo la sombra de un árbol.

Santa Eduwiges

El enviado de Roma ordenó que terminaran de desnudarla. La miró largamente, pidió más luz, con la manga del hábito limpió la base y con voz ronca, sin poder contener la emoción, dijo: ¡Hermanos, no puedo creerlo! Podría morir en paz, estamos contemplando a la Madona más hermosa que haya esculpido mano humana, jamás.