Comer la vida
Sé bien que la vida no es perfecta, que no puedes esperar solo lo mejor de ella, mas tampoco creer que te dará lo peor que pudiese esconder. La vida hay que beberla no caliente como se bebe el café, ni tan fría como el hielo de un frappé: hay que tomarla tibia, quizá como un relajante té, hay que comer la vida con modales, sin sorberla como caldo en un tazón, ni atacarla del plato con las manos. Se debe comer a cucharadas, saboreándola como la rica sopa que mamá solía preparar, o bien comerla con tenedor para que no te ensucies las manos o la ropa.
También se puede comer la vida como un delicioso postre, una esponjosa rebanada de pastel de tres leches cuando traiga sinsabores, un rico pay de limón cuando duele el corazón, o un strudel de manzana cuando sientas desesperanza; a veces la vida se puede comer como pan de dulce sopeado en una taza de café o chocolate cuando sientes que está dura.
Te puedes comer la vida como dulce rebanada de sandía cuando sientas alegría. Cómetela como naranja o mandarina y sentirás el néctar de sus gajitos explotándote en tu ajeada vida.
Cómete la vida lento y despacio, pedazo a pedazo, trocito a trocito, bébetela sorbo a sorbo y disfruta su amplia gama de dulces sabores y a veces de amargos sinsabores, porque la vida solo es una.
