Mamalencha de maíz
Vivo en un departamento, a veces me asomo por la ventana y me paso todo el día mirando, mi mamá se va a trabajar y me quedo sola, veo por la ventana y también la tele, me gusta ver El diván de Valentina y me imagino que soy yo y que sí tengo padre, pero sólo es la tele.
Lo que sí tengo es un abuelo… y abuela, aunque viven lejos en un lugar muy, muy, lejano: Yuyuchi, que está del otro lado del mundo porque hablan otro idioma.
Mi maestra dice que no está tan lejos y que el idioma de mi abuelo es el original de México, que había muchos y que ya quedan pocos.
Mi abuelo se llama Lencho y mi abuela Lencha, mi mamá le dice mamá y yo le digo Mamalencha, pero Lencho le dice kuachiquichi que es un pajarito lindo, lindo, chiquito con pico largo que come miel de las flores.
A veces mi mamá me lleva con ellos, en las vacaciones y en Todosantos, que es jalogüien pero ellos no lo saben, mi maestra dice que no es jalogüien que es día de muertos y todos los años nos hacen poner una ofrenda a los Niños Héroes, porque así se llama mi primaria.
En la ofrenda de Mamalencha siempre hay mole y pan y calabaza y elotes y chayotes. Pone unas velas grandes que se quedan prendidas toda la noche; ellos van al panteón en la oscuridad, ahí esperan al sol que nunca llega tarde, yo he ido muchas veces, desde que me acuerdo, hay una casita de mi tamaño y me meto en ella y está calientita, aunque no tiene ventanas ni puerta.
Yuyuchi es verde en las vacaciones y en Todosantos se empieza a poner amarillo, aunque a mí me gusta más verde que amarillo, pero a Lencho le gusta más amarillo, se pone contento porque se acerca la cosecha.
Mamalencha hace magia y tortillas, ¿te ayudo, Mamalencha?, le digo y me da un pedazo de masa. Se llama testal —me dice— y lo empiezo a aplastar hasta que queda planito, pero no es redondo, Mamalencha lo pone al comal que es enorme, de barro y debajo de él hay leña y lumbre y cenizas y mucho calor, pero mucho.
Lencho siembra maíces de colores, hay rojos, amarillos, azules, blancos… a mí me gustan más los rojos y Lencho dice que mejor los azules.
¿Por qué no siembras puros rojos?, le pregunté a Lencho, él se me quedó viendo y me dijo: ¿tú sabes si este año va a llover mucho o poco? No sé, Lencho, pero tú sí sabes, le dije; Lencho soltó una carcajada que tenía atorada y enseñó sus dientes, ya se le cayeron cuatro y dos los tiene negros; no, Juanita, yo no sé nada, dijo, y reímos mucho, pero yo sé que eso no es cierto porque Lencho lo sabe todo.
Mira, si el tiempo es muy malo y no hay lluvia cosecho el azul, que aguanta mucho; si no es tan malo, el azul y el rojo, pero si es bueno, cosecho de todos, por eso los siembro y porque se hace mucha comida con ellos.
Lencho dice que corta en pedazos su parcela y así un pedazo es para el maíz blanco, otro para el azul, otro para el amarillo y otro para el rojo, y yo le digo: Lencho, te falta el maíz palomero, y él dice: Ah, pus pue’ que vaya a ser cierto, y ríe con sus dientes de mazorca grande.
Esta vez no me llevó a la parcela, porque ayer salió una víbora de cascabel, íbamos caminando en medio de la milpa; éstas de aquí —dijo— son rojas y las de acá azules. Eso iba diciendo y yo veía que todas las milpas eran del mismo color, yo esperaba que el maíz rojo naciera en milpa roja y el azul en milpa azul, pero toda era verde… en eso oí a lo lejos un ruidito, Lencho siguió caminando y yo me quedé parada para oír bien de dónde venía el cascabelito, se oía tan bonito, caminé unos pasos y ahí estaba, enroscada y levantando la cola, qué bonita eres, dije, ¿te perdiste?
No te muevas —dijo Lencho, bajito—, no te vayas a mover. Suavemente se acercó y me levantó en brazos, caminando hacia atrás nos alejamos; cuando vengas conmigo no te separes, dijo y regresamos un rato en silencio.
Yo creo que la serpiente le da suerte a Lencho porque siempre tiene maíz.
Oye, Lencho, le pregunté, ¿y por qué hay tantos maíces de colores?, ah, dijo, porque los dioses nos quieren mucho, si no hubiera maíz no habría hombres ni mujeres; cuando no había nada los dioses hicieron al hombre de barro, pero quedó tan blandito que no se podía parar, luego hicieron al hombre de madera, pero quedó tan duro que no se podía reír, esos son los monos, y luego hicieron al hombre de maíz y así somos ahora, eso contaban que decían los viejos de antes.
Ah, ¿entonces soy una niña de maíz? —le dije a Lencho—, y empezamos a reír. Y tu Mamalencha y yo somos de maizón —dijo, y reímos más.
¿Por eso somos de colores, Lencho?, ¿por eso hay negritos, amarillitos, rojitos, blancos y nosotros que somos como café con leche?; es que nosotros somos de todos los colores, dijo Lencho.
El maíz es como la gente —dice— son muchos colores y tamaños, pero todos son uno mismo o sea que se pueden unir una y otra vez y seguir creciendo más.
Cuando desgrana las mazorcas le ayudo a Mamalencha. A veces encuentro una mazorca azul con granos blancos, ¿y a ésta qué le pasó? Es que esa mazorca creció en medio de la parcela, por un lado había maíz azul y por otro blanco por eso quedó pinta.
¿Entonces este grano blanco es de papá azul y mamá blanca, Mamalencha? Ella se ríe con fuerza. Sí —dice— siempre que están cerca los colores se pasan de un lado a otro.
Otra vez encontré una mazorca que le faltaban granos, y le pregunté, ¿y está, no tuvo ni papá ni mamá? —Mamalencha no deja de reír conmigo—. Pues sí, yo creo que no tuvo mamá a veces pasa con las mazorcas de la orilla que no dan todos los granos.
Le digo a Mamalencha que una vez me llevó mi mamá al zócalo, en México, en esas carpas gigantes que a veces ponen, donde hubo unas fotos de elefantes y tigres y luego dinosaurios mexicanos, pues ese día había un letrero grande que decía: El maíz que vio nacer a los hombres americanos, y yo pensé que el maíz tenía ojos.
En la entrada, al principio, venía el abuelito del maíz, Mamalencha, se llama teocintle, es como un pasto y da unas mazorquitas de pocos granos y chiquitos.
Ahí decía que los hombres empezaron a cultivar el maíz y que cada vez escogían las mazorcas más bonitas para sembrar, por eso ahora son grandes.
Así como tu abuelo —dice Mamalencha— primero escoge las mazorcas cuateras, de cada color y luego las mazorcas más grandes las guarda aparte en la casa. Cuando toca sembrar sólo quita los granos de en medio, deja los chiquitos de la punta y los gordos de atrás —dice el abuelo que esos granos no están bien, que están patichuecos.
Me sentí feliz en la carpa porque había muchos maíces de muchos tamaños y de muchos nombres, y había máquinas y molinos como el tuyo, donde aplastas la masa y recetas para hacer mucha comida con maíz, y daban la prueba de atole, de tortillas y de tamales, pero nada sabía como los tuyos, Mamalencha, nada sabe igual.
Ándale pues, vamos a poner el nixtamal —me dice y se levanta, va por un bote y mide su maíz.
—Vamos a poner tres litros —dice y los echa en una cubeta de fierro negra, negra por fuera y un poco amarilla por dentro, la llena de agua. Siempre le ponemos un puñito de cal —dice y la pone en la lumbre, sobre una parrilla de fierro, abajo la leña da unos lengüetazos y se ve roja y amarilla.
—¿Y para qué le pones cal, Mamalencha?
Ah pues para que se quite la cascarita de los granos, porque es muy dura, también los granos de elote son duros, pero los podemos masticar.
Le digo a Mamalencha que un día que fuimos al grito de independencia en el zócalo mi mamá me compró un elote y lo estábamos comiendo cuando me contó que un maestro le dijo —cuando iba a la escuela— que la cascarita de los granos de elote era en verdad dura, por eso debía masticarlos bien y despacio; luego se empezó a reír mucho y no paraba, yo me la quedaba viendo y hasta se le salían lágrimas de risa, entonces, en un momento que pudo hablar lo dijo.
Mi mamá trataba de hacer una voz seria: para que vean que es cierto lo que digo —indicó el maestro— levanten la mano los que han comido elote, todos levantamos la mano y reímos, ¿pues quién no ha comido elotes, maestro? Ah, claro, pues cuando no mastican bien los granos de elote pasan enteros por la panza que es muy fuerte y deshace todo y luego lo que no se va al cuerpo sale en la caquita, pero no se preocupen es tan resistente la cascarita del elote que pueden sacarlo, lavarlo y volver a comerlo pero no olviden, ahora sí, masticarlo bien.
¡Qué cochinada!, dice Mamalencha y luego suelta una gran carcajada y no paramos de reír en un buen rato, lo mismo que con mi mamá en el zócalo.
El nixtamal hierve unos minutos, luego Mamalencha lo apaga y cuando se enfría lo lava, escurre el atole espeso y amarillo y luego con agua limpia talla un poco los granos, yo meto las manos y se siente calientito y suave, mira, me enseña una cascarita que se ve como de goma para borrar en el cuaderno. Lo pone todo en una xika, que es como una olla de barro con hoyitos, a escurrir.
Le digo a Mamalencha que en el zócalo, cuando estaban las carpas del maíz, decían que el nixtamal le da calcio a las tortillas y por eso teníamos huesos fuertes. Ah pues yo creo que sí —dijo Mamalencha— pero si lleva mucha cal quedan muy blancas las tortillas.
Mamalencha sale temprano al molino y regresa con la masa, prende la leña para que se caliente el comal y remuele la masa en su metate, me levanto cuando ya va a la mitad. Ay, Mamalencha, ¿por qué no me despertaste para ir al molino? —le pregunto— pero ella dice que no quise abrir los ojos.
Hago mi tortilla y la interrogo: ¿Oye, Mamalencha, y cómo sabes cuál va a ser la cara de la tortilla? Ella me ve y dice ¿cuál cara? Pues ésta, Mamalencha, y le muestro la cara blandita y del otro lado es su espalda, pero ¿cómo sabes cuál es su cara? Ah pues la cara de la tortilla es la primera que se pone en el comal, pero no se hace ahí, la volteas para que su lomo se cueza, y cuando vuelves a poner la cara, se infla, mírala, así.
Ay, Mamalencha, pensé que tú les soplabas.
Ah pues si les soplo a todas me quedo sin aire; y ríe y reímos y soy feliz.
En la carpa del zócalo decían que el maíz ayuda para que el mundo no tenga tanta hambre, pero que cada vez es más caro porque ya no sólo es para comer, ahora hacen aceite y alcohol, pero lo peor es que lo usan para que los carros caminen.
También decían que hay unos transgénicos, yo no sé qué es eso, pero dicen que es un maíz que se parece a cualquiera, pero que por dentro no es igual porque no se ha hecho en la naturaleza sino en la mano del hombre, pero no sé cuál hombre.
Dicen que el maíz que se siembra en el campo y que es criollo, o sea que es el que sembraron los abuelos de los abuelos más viejos que Lencho, es como un tesoro, por eso hay que cuidarlo mucho.
Yo creo que Mamalencha y Lencho son muy ricos, porque siempre tienen mucho maíz, y yo creo que el maíz es como el oro, porque una vez me dijo mi mamá que hay oro rojo y oro blanco, aunque todos conocen el oro amarillo, y yo pienso que este maíz azul, también es de oro, entonces también hay oro azul.
Cuando sea grande voy a estudiar para ser doctora, para ser doctora del maíz.
¿Mamalencha, me das otra bolita de maíz? Se llama testal, Juanita, testal.
Bueno, ahora voy a seguir haciendo tortillas y le voy a contar a Mamalencha La era del hielo, porque ella no va al cine. Le hablaré a Mamalencha de Many, Diego y los otros, ¿va?
