Camina, hijo, camina
«Camina, hijo, camina. Por favor no te detengas y camina».
El desierto de Sonora es largo y caliente, un infierno de día, un refrigerador de noche.
La madre le pide al niño, de apenas cinco años, que siga caminando, mientras esconde a su casi recién nacido, bajo su pecho.
Arrastra los pies, no hay agua. Solo la esperanza de llegar a la frontera. Huye de un esposo que amenazó con matarla, a ella y a sus dos hijos, en San Luis Río Colorado.
«Te voy a buscar y te voy a matar». Eso le dijo ese hombre, al que denunció, y que había caído en la cárcel. Unos días.
Y ella supo, después, que lo habían dejado libre. Supo, con ese instinto de madre, que tenía que huir, que tenía que irse, adonde nadie supiera quién era ella, ni sus hijos.
Por eso dejó su casa, apenas un jacal, y se terció agua, algo de comida en una mochila, y fe, mucha fe.
«¿A dónde vamos, mamá?» Eso le preguntó el hijo pequeño, que no quería irse.
«Lejos, hijo. Vamos lejos».
Luego se atrincheró al bebé al pecho, apenas hecho niño, apenas un llanto de niño.
Un coyote fue el que le dijo la ruta, a falta de la cuota del paso. Se compadeció, por los niños. «Un día y medio, a tu paso». Eso le dijo el coyote, y le dio santo y seña de rumbos y veredas.
Él la acercó al desierto, ahí le deseó suerte.
La mujer se hizo una trenza, y animó al pequeño a caminar. Le hizo una falsa gorra, le puso en la boca agua, y le volvió a pedir: «Camina, hijo, camina. Por favor no te detengas».
Y el niño caminaba, detrás de su madre que hundía lágrimas sobre la arena, mientras le daba pecho a su otro hijo, alumbrada por esa esperanza de tranquilidad, de la lejanía, de ese gatillo de violencia con la que se vive a veces.
Y caminaban. Pero el desierto es largo, casi eterno. Y los pies se hacen yunques, el sopor asfixia. Y casi no hay dónde guardar el cuerpo, el alma, porque el calor no perdona.
Y perdieron el rumbo.
Un día se hizo otro día. Otra noche se hizo otra noche. Tal vez diez, tal vez doce. Y la mujer seguía diciéndole al pequeño hijo que caminara, y ella caminaba.
Y le pedía al apenas niño que mamara leche, pero, ¿qué podía mamar de un pecho sin leche?
La mujer nunca supo cuándo el hijo, que caminaba detrás suyo, dejó de seguirla, porque se le figuraba verlo, y por eso le hablaba. Y le volvía a pedir que caminara, que ya estaban llegando.
Pero el hijo se había quedado lejos, anclado a una brecha, aprisionado a los matorrales, donde su piel hervía, y alimentaba a los buitres.
Tampoco se enteró nunca que el hijo que cargaba en el pecho llevaba ya cinco días muerto, porque ella seguía caminando, envuelta en la facultad de salvar a sus hijos hasta que, por fin, también terminó viendo con los ojos abiertos, con sus ojos enormes y buenos de madre, el infinito desierto, desde el borde de la arena, donde la encontraron, semanas más tarde, algunos lugareños.
