Unicidad
Es en el tercer movimiento, largo, que me percato de una desolación tremenda: todo el movimiento está hecho de tonos menores, tristes, en ningún momento puedo detectar una nota, siquiera, esperanzadora.
Es en el tercer movimiento, largo, que me percato de una desolación tremenda: todo el movimiento está hecho de tonos menores, tristes, en ningún momento puedo detectar una nota, siquiera, esperanzadora.
Hay espacios, / entre los sueños, / que pretenden ser el destino,/ sin embargo,/ por imposición,/ se quedan en el simple inicio
Traducido / en deseos, / esperanzas, / se forjan como fenómenos / del tiempo inscritos al amor.
Bueno, como sea, era un gato y fue en la época de la onceava plaga que azotó a San Juan: la plaga de las garrapatas. Algunos dicen que la plaga llegó porque la esposa de Felipe Pérez había regalado a su hijo a otra familia, otros dicen que estaba asociado a la locura de María y que era uno de sus conjuros. Yo creo que fue por la canícula de verano.
Nada se atrevía a romper el silencio impuesto por la soledad cuidadosamente escogida por mi compadre. Una soledad ineludible, sin escapatoria. Solamente la linterna continuaba marcándole a la oscuridad redondos y movedizos lunares de desengaño.
Tal vez, / el corazón escrito con tinta, / encuentre en él un aliado.
—Es mi amada, pero no la amo —respondió.
Esa respuesta me tomó por sorpresa. ¿Cómo podía ser?
—Al inicio creí que lo hacía —agregó el hombre—, pero el tiempo me reveló mi error. Nunca la amé. Amo verdaderamente a otra. A ella le reservo mi corazón.
—¿Y por qué si no la ama le debe dar un corazón? — las palabras me salieron quebradas, incrédulo totalmente.
Pasaban tantas cosas por mi mente: ¿y si el rehén hablaba del barbero que les pasa información y los acompañó con la bruja que bien conoce Torres? Tampoco sé si ella guarda el secreto de quienes van a cruzarse… Si seguía pensando iba a enloquecer antes de que apareciera el capitán y me llenara de plomo. Lo mejor que me quedaba por hacer era tener mis navajas listas por si tuviera que utilizarlas para defenderme, las saqué y acomodé en el mostrador.
El que jugaba conmigo a las canicas en el patio, se fue al ver que a mi casa algo malo había llegado. A poco de entrar me quedé inerme, flotando en mi propio miedo, sosteniéndome solamente por el ruido de las patas de los caballos. Mi padre inició un ardoroso cuchicheo, tal vez para regresar la realidad que se nos había escapado.
Lo sucedido aquel aciago Sábado de Gloria también marcó el principio del fin de la vida de Germán y Vicente, aquellos niños de la sandía, que sólo por querer saborearla se encontraron con la fatalidad que no pudo impedir la curandera con sus oraciones fervorosas y rociadas de agua bendita en todo el cuerpo.