El naufragio y la tormenta
Algo falta en la historia. Es como explicar un naufragio diciendo que hubo tormenta cuando, al amanecer, uno descubre otros barcos todavía navegando.
Algo falta en la historia. Es como explicar un naufragio diciendo que hubo tormenta cuando, al amanecer, uno descubre otros barcos todavía navegando.
La historia de Epstein incomoda porque no cabe en la categoría del monstruo solitario. No es el ogro que vive en el bosque ni el asesino que actúa en la sombra: es el anfitrión. El que invita. El que sonríe. El que anota nombres mientras sirve vino caro.
Los Reyes, cuenta la leyenda, siguieron una estrella. Hoy las estrellas son satélites y no guían a nadie: vigilan. Aquellos magos leían el cielo; los nuevos emperadores leen balances trimestrales. Unos buscaban a un niño; otros buscan yacimientos.
Hay muertos que todavía nos aconsejan al doblar una esquina, que nos hacen reír con una frase vieja, o que se asoman cada vez que repetimos sus gestos.
El cambio climático ha dejado de ser una metáfora. En los últimos días, la lluvia —esa vieja compañera de poetas y campesinos— se ha vuelto protagonista de una tragedia.
Por fortuna olvidamos; el olvido habita por todas partes. La vida es donde habita el olvido, y a veces necesito que recuerden las cosas por mí. Uno de mis mayores temores es olvidar lugares y personas que he querido; aunque sé que, si los olvido, empezaría a perder el ser que soy. Sé, pues, que el destino de todo es el olvido. Por eso escribo, para no olvidar el ser que somos.
A las mujeres se nos pide que nos quedemos quietecitas, que no hagamos ruido, que cerremos las piernas cuando nos sentamos para que no se nos vean los calzones cuando somos niñas y que las cerremos para no embarazarnos cuando somos jóvenes. También se nos pide que no hablemos fuerte, ni mucho, ni muy rápido. Se nos pide que pensemos antes de hablar, que lo que hablemos sea hilado, que tenga sentido, coherencia, que sea lógico, sensato. Algunas se tragan el cuento completo, otras nos lo tragamos un poco y muy pocas no se lo tragan para nada.
Las madres nos cansamos y nos hartamos. Algunas tenemos el lujo o privilegio de descansar de vez en cuando, pero muchas otras no, y tienen que hacer de su vida cuadritos. Mientras un estadio más idóneo no ocurra, sería bueno al menos abrir las mentes y la escucha para permitir a las mujeres hablar de su ambivalencia o de su arrepentimiento sin culpa, sin hacernos sentir seres abominables y raros.
Aun cuando el panorama político es tan desolador, me da esperanza cuando volteo a ver los movimientos de jóvenes que reivindican tan abiertamente el cuerpo y el derecho a vivir desde su deseo. Me da esperanza cuando veo psicoterapeutas preocupadas y comprometidas activamente por la justicia social y la lucha contra las múltiples forma de opresión.
Mi agenda sigue marcada por la prevención y el tratamiento de la violencia contra las mujeres, buscando formas creativas de curarnos el cuerpo y el corazón.