Café con cuento

El naufragio y la tormenta

Seis años después, la pandemia sigue siendo una explicación cómoda para casi todo: los negocios que cerraron, las deudas que crecieron, los hábitos que cambiaron, las librerías que desaparecieron y, ahora, la reducción al mínimo de las operaciones de Ediciones Era.

La explicación parece razonable, quizá demasiado. Era asegura que la red de librerías que garantizaba su subsistencia desapareció después de la pandemia y que sus ventas se desplomaron hasta representar apenas 25 por ciento de lo que eran antes. Dice también que durante seis años intentó de mil maneras mantener viva la editorial, que vendió incluso su casa de la colonia Roma para pagar deudas y evitar que estas se volvieran impagables.

El problema es que no alcanza para explicar lo ocurrido, porque la pandemia no cayó solamente sobre Era. En mayo de 2020, cuando todos aprendíamos a lavarnos las manos como cirujanos y nadie sabía muy bien si volveríamos a abrazarnos algún día, tres editoriales independientes mexicanas hicieron juntas un llamado a sus lectores. Eran Almadía, Sexto Piso y Ediciones Era. Las tres hablaban desde una misma incertidumbre y defendían una forma de editar que no subordinara los libros únicamente a su capacidad de vender.

Seis años después, una de aquellas tres anuncia que prácticamente detiene su maquinaria, mientras Sexto Piso continúa publicando, participa en ferias y ha desarrollado una colección dedicada al arte contemporáneo. Almadía también sigue publicando novedades y participando en ferias dentro y fuera de México.

Algo falta en la historia. Es como explicar un naufragio diciendo que hubo tormenta cuando, al amanecer, uno descubre otros barcos todavía navegando.

Claro que hubo tormenta, y fue terrible. La industria editorial mexicana perdió ventas y cerraron librerías. Nadie sensato podría minimizar el golpe. Todavía en 2024 la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana decía que el sector no se había recuperado definitivamente de la pandemia; no obstante, las ventas de libros de interés general, infantiles y juveniles se estaban recuperando y, en términos generales, la industria iba razonablemente bien. Si el mercado comenzó a recuperarse, ¿por qué las ventas de Era no?

Se dice que murió la red de librerías, que cambiaron los lectores, que llegaron Amazon y las pantallas, que los jóvenes ya no leen, que la cultura está en crisis. En este contexto, la “reducción al mínimo de operaciones” de Era —sea eso lo que fuere— adquiere el tono inevitable de las tragedias griegas: Era estaba condenada porque los tiempos cambiaron. Puede ser.

Pero también puede ser que los tiempos cambiaran y Era no encontrara la manera de cambiar con ellos. No sería un pecado, mucho menos tratándose de una editorial que durante 66 años construyó uno de los catálogos fundamentales de México. Las empresas culturales también envejecen, los modelos de distribución se agotan, los públicos se desplazan, los costos crecen, los autores cambian de casa, los grandes libros dejan de vender como antes y las decisiones que funcionaron durante décadas de repente pueden dejar de funcionar. Todo esto forma parte de una historia editorial.

Lo curioso es que conocemos muy poco de esa historia. ¿Cuánto vendía Era antes de 2020? ¿Dónde vendía? ¿Cuáles eran sus principales librerías? ¿Cuánto representaban? ¿Qué ocurrió con los grandes títulos de su fondo editorial? ¿Cómo sustituyó los puntos de venta perdidos? ¿Funcionó su tienda electrónica? ¿Cuánto dependía del comercio tradicional? ¿Cuánto de las cadenas? ¿Cuánto de las ferias? ¿Qué hicieron otras editoriales independientes que Era no hizo, no pudo hacer o decidió no hacer?

Quizá la propia Era haya dejado una pista en su comunicado, cuando corrigió la noticia del cierre para precisar que solamente reducirá sus operaciones al mínimo. Allí escribió una frase mucho más interesante que todas las explicaciones sobre la pandemia: “el equilibrio que sostenía nuestro modo de hacer libros ya no existe”.

Eso ya es otra cosa. No dice que los libros hayan dejado de venderse, sino que desapareció el equilibrio que hacía posible su manera de producirlos y ponerlos en circulación. El comunicado habla también de “poner orden en casa y tener cuentas claras”. Quizá ahí está la verdadera historia.

Tal vez Era entendió el nuevo mercado y descubrió que para sobrevivir tenía que convertirse en algo que no quería ser: publicar otros libros, vender de otra manera, reducir costos, perseguir tendencias, cambiar ritmos, formatos, autores o criterios. O quizá simplemente no encontró cómo hacer rentable su modelo en las nuevas condiciones. Es decir, pudo llegar al mismo dilema que enfrentan tantas empresas cuando descubren que sobrevivir significa dejar de parecerse a sí mismas. Si fue así, esta historia es mucho más interesante que atribuirlo todo a la pandemia.

Pero hay que contarla, porque una editorial no es solamente sus escritores ni sus portadas ni los libros que guardamos amorosamente en el librero. También es una empresa: compra papel, paga salarios, imprime, almacena, distribuye, cobra, se endeuda y vende. La literatura puede vivir del prestigio, pero una editorial no.

En las elegías a Ediciones Era celebramos justamente lo que significó y repetimos los grandes nombres de su catálogo, pero la admiración no debería impedirnos preguntar qué ocurrió, para ver si algo aprendemos.

La pandemia explica la tormenta, pero no necesariamente el naufragio. Las librerías que murieron explican una parte de esta historia; las editoriales que siguen vivas, la otra.

Benjamín Alba

Estudió letras, pero se avergüenza de ello, por eso prefiere decir que aprendió a escribir mirando la lluvia y escuchando a la gente en los supermercados —porque, encima, es citadino—. Ha colaborado en revistas culturales, bajo diversos pseudónimos —heterónimos no, porque no llega a tanto, ni es poeta—. Aunque escribe desde los bordes de la vida cotidiana, no significa que sea marginal. Piensa que al mundo hay que leerlo con calma, como si cada día fuera una historia por descubrir. Odia el esnobismo, pero si no hay café, no escribe: dice que las ideas las encuentra en cada sorbo.

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