Autor: Francisco Camero Rodríguez

El espanto

El que jugaba conmigo a las canicas en el patio, se fue al ver que a mi casa algo malo había llegado. A poco de entrar me quedé inerme, flotando en mi propio miedo, sosteniéndome solamente por el ruido de las patas de los caballos. Mi padre inició un ardoroso cuchicheo, tal vez para regresar la realidad que se nos había escapado.

Los Gemelos y el Garrobo

Lo sucedido aquel aciago Sábado de Gloria también marcó el principio del fin de la vida de Germán y Vicente, aquellos niños de la sandía, que sólo por querer saborearla se encontraron con la fatalidad que no pudo impedir la curandera con sus oraciones fervorosas y rociadas de agua bendita en todo el cuerpo.

Cuando la muerte arrebata la palabra

Melquiades hizo amistad con otro jovencito llamado Lucio Cabañas, que se quisieron como dos hermanitos, desde estudiantes hasta después como maestros. Eran tan unidos que el mismo maestro Lucio llegó a decir que los dos formaban un solo animal político, porque pensaban igual, tenían los mismos sentimientos y las mismas ilusiones: tenían que educar a los pobres para que, organizados, se defendieran de los ricos.