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Al forjador de ilusiones

Parece que fue ayer cuando vi su figura delgada transitar por la calzada de Chapingo…

Al caminar lo hace con elegancia, como no queriendo lastimar el suelo con su peso. Casi siempre viste gabardina y pantalones de mezclilla entubados que hacen que la delgadez de sus piernas sea aún más notoria. Su cara es marco de unos ojos vivaces, soñadores, críticos; tiene una barba larga y tupida que le hace ver enigmático. Su paso es firme y decidido, y al avanzar parece que desafía.

Yo lo conocí un día de verano en el año de 1982, y hoy, a casi treinta años de distancia lo sigo considerando un ejemplo interminable.

Desde el primer momento en que lo vi me pareció atractivo. Su forma de pensar, de actuar, de ver, de hablar, de luchar, de instruir, de regañar, de criticar; todo, todo en él atrae y atrapa.

Sus alumnos más antiguos lo llaman cariñosamente Flaco, así que nosotros los novatos de inmediato adoptamos esa forma de llamarlo, aunque a mí no dejaba de parecerme extraño ese trato “irrespetuoso” para con un maestro. No tardé mucho en descubrir que con él nada es “como debe ser”, sino como es, y aun ahora que escribo no puedo evitar una sonrisa cuando recuerdo mis conflictos iniciales entre la permanencia o no en su Taller cuando le escuchaba decir palabras como “mierda”, “nalgas”, “pinga”, “cabrón” o “hijo de la chingada” con una naturalidad que me pasmaba y, pensaba yo, me “malformaba” — aunque, claro, nunca se lo dije. Ingenua de mí que pensé sustraerme en la segunda de sus clases. Sí, ingenua de mí.

El Flaco es de esas personas a las que agradeces a la vida conocer,  tan especiales que, por supuesto, no abundan. Personas atractivas y auténticas cuyo ejemplo enseña, motiva, arrastra, ilusiona, enamora. Espíritu indómito y rebelde cuando la causa lo amerita; pero en lo general tierno, sensible, generoso, solidario.

El anuncio a través de media cartulina estaba pegado por Catacumbas. Mi paisano Chava de la Cruz lo leía con interés cuando me acerqué. “Mira” —me dijo—, “van a empezar hoy las clases en el Taller de Teatro, vamos?” Mmm… dudé… No obstante, en franca contradicción con mi absoluta ignorancia de lo que se trataría, acepté ir, más pensando en matar el tiempo que hasta ese día sentía que me sobraba, que por un genuino deseo de participar.

Y empezó la aventura, la magia.

Clases a tope que incluían lenguaje corporal, dicción, manejo de voz, concentración y, claro, hacer desnudos del alma, confrontarte contigo mismo y descubrirte; ejercicios esos que paso a paso te transforman, te hacen ya no ser igual. Ensayos nocturnos maratónicos y agotadores, pero a la vez tan motivantes que no importaba robarle un poco de tiempo al estudio del álgebra o de la filosofía o, por qué no, regresarse de un viaje de estudios en trayecto relámpago para participar en alguno.

Y qué decir de alguna presentación de ¿Y dónde quedó la Revolución Mexicana?, El Jinete de la Divina Providencia o Guadalupe Años Cincuenta. Donde fuera y como fuera había que estar ahí, porque si algo nos enseñó también es que no hay personaje pequeño y, fueras Adelita, la Señorita Nación, Asunciona, Santiaga o la Cuanina, había que estar. Con ese rigor se nos exigía y la responsabilidad se fue enraizando de forma natural.

Integrantes del Taller de Teatro de la Universidad Autónoma Chapingo en la década de los ochenta durante un reencuentro en 2011 en el Auditorio Álvaro Carrillo © María Reyes Chávez Mota

“Prieta” —me dijo un día tres o cuatro años después de estar en el Taller—, “tú llegaste aquí con al menos tres jorobas y mírate, eres otra!!”. Y sí que lo creo. Yo no sé si las jorobas físicas se me habrían quitado al menos temporalmente durante sus clases, pero de lo que sí estoy segura es de que, a la par que de la mano del maestro hacia mis pininos artísticos y enfrentaba en el Auditorio Principal al exigente público chapinguero —ese monstruo que exige hasta la rechifla su derecho al espectáculo de calidad—, poco a poco me fui sacudiendo para siempre tres o más jorobas mentales que me estorbaban. Me convertí en una mujer libre y feliz. Aprendí del Flaco, como dije, la responsabilidad, pero también la autenticidad, la garra, la lucha, el tesón, la sensibilidad, condiciones que me transformaron y a la postre me formaron como persona.

Cómo olvidar aquéllas giras a diferentes partes del país, que lo mismo incluían escenarios de primera como el Teatro Degollado en Guadalajara, que las canchas de una comunidad apartada en Guerrero, Puebla o el Estado de México. Acompañados casi invariablemente por Candelas, el simpático chofer del Departamento de Trabajos de Campo Universitario que marcó camino con nosotros, que parecía disfrutar casi más que los teatreros de cada uno de los viajes y quien no perdía oportunidad para bromear al “Flaco y sus muchachas”, como llamaba en conjunto a todos los integrantes del Taller, sosteniendo la teoría siempre a carcajadas de que “el más hombre moriría de parto”.

Todas estas vivencias sumaron siete años de magia, de ilusión, de transformación. Siete años en los que descubrí que la vida no es cuadrada ni redonda; que hoy puedes ser esto y mañana aquello y, claro, sin dejar de ser tú. Aprendí que la vida puede vivirse con innumerables matices y, gracias al maestro, me permití vivir casi todos: reí, lloré, amé, grité, canté, disfruté, brinqué, enloquecí y, en cada papel, descubrí un poco más de mí. Y me asumí, me acepté, aprendí a vivir conmigo, lo que a veces no resulta del todo tarea fácil.

Venturosamente lo reencontré muchos años después de haber egresado de la Universidad Autónoma Chapingo. Años en los que más lloré que reí, pero sobreviví. Por supuesto lo encontré trabajando, creando. Presentaba un espectáculo de danza en el Palacio de Bellas Artes, así, como los grandes, como lo que es.

Muy sorpresivo para mí encontrarlo con mujer y dos hermosas hijas, pues de acuerdo con la imagen que tenía yo del maestro, no pintaba para “sentar cabeza”. Claro que ahora que conozco un poco más a Tania me lo explico, pues es una mujer virtuosa capaz de redimir y “meter en cintura”  hasta al hombre más irredento, como tengo la impresión que lo fue en nuestros tiempos aquellos nuestro querido Flaco.

No hay mejor destino que seguir y seguir aprendiendo del maestro. Porque, como dije, es así, sin darse cuenta instruye; en cada charla, en cada recomendación, en cada compartimiento; el aprendizaje es inacabable. Y heme aquí, sin tomar apuntes de su clase pero grabando en el corazón sus lecciones, así, como al principio, como en el tiempo aquel en que por mera casualidad su magia me alcanzó y me enseñó a vivir con ilusiones. Bendita casualidad.

 

Noviembre, 2011.

[Texto leído en el homenaje al maestro Armando Fabián García, el Flaco, ejemplar ser humano que por un tiempo compartió con nosotros como instructor del Taller de Teatro en la Universidad Autónoma Chapingo.]

María Reyes Chávez Mota

Nació en Tlahualilo de Zaragoza, Durango. Maestra en Ciencias en Desarrollo Rural por la Universidad Autónoma Chapingo, donde también cursó la carrera de Economía Agrícola en la década de los ochenta. Escribe por afición y convicción. Ha publicado en las revistas 'Gea' y 'Molino de Letras'. Participa en las antologías de relatos 'Y a ti, ¿cómo te fue en la escuela?' (2020) y 'Amores chapingueros' (2019), editadas por Cofradía de Coyotes.

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One thought on “Al forjador de ilusiones

  • ¡Excelente remembranza! ¡Excelente escrito! Excelente ocasión, querida María Reyes, para traernos a colación la urgente necesidad de una nueva reunión grupal en torno y en honor a nuestro Forjador de Sueños: El Flaco. Me parece casi increíble que en un par de pestañeos haya pasado ya una década de esta anhelada ilusión por reencontrarnos con tan especial ser humano, amén de simpar profesionista, en el México todavía de contrastes, magia y centenares de encuentros resquebrajantes que nos tocó vivir entre tanto su enseñanza a unos cuantos, sino a todos, también les echó a tierra sus respectivas jorobas. «De la Eternidad al Infinito», una de sus frases favoritas permanecerá su recuerdo en la memoria colectiva. ¡Oda eterna y un mucha mierda donde ahora se halla!

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