Huella indeleble
Nunca se supo si Rosendo nació así o si el retardo fue por una fiebre alta que padeció poco después de nacer. Lo cierto es que no
creció como niño normal, y nunca salió de su casa. Allí fue donde lo
conocí. Cuando yo era niña y él una persona sin edad. Habíamos ido a
la hijuela de los Zapata a cosechar ciruelas para las mermeladas que mi
madre acostumbraba hacer cada verano. Estaba en una especie de cama
corral con barrotes de madera, jugando con un trozo de cuero, algo parecido a un cinturón, que mordisqueaba y jaloneaba sin cesar. Me quedé
mirándolo con esa ingenua impertinencia de los niños para ver todo lo
que atrae su atención, con total interés.
Me cautivaron las carcajadas que
soltaba. También sus ojos oscuros, tan llenos de risa e inocencia. Aterciopelados, como los de los bueyes. De pronto se puso muy serio, dejó el
cuero y espetó: naciste en la madrugada de un lunes.
Yo, como pudiera creerse por su categórica aseveración, no me
asusté y curiosa le pregunté ¿cómo sabes?
Porque sí, contestó, tienes el sello del lunes. Todos tienen marcado el día en que nacieron. Mi mamá es de un jueves ¿no lo notaste?
Descubrí que si bien no caminaba, sí podía hablar. Después supe
que lo hacía poco, pero cuando hablaba era tan preciso y rotundo que
con dos o tres frases dejaba patitiesos a quienes lo escuchaban. ¿Sería
cierto que nací tal día y por la mañana?
Niña al fin, me fui al huerto a jugar con mis hermanos y a recoger la fruta debajo de los árboles que sacudían los mayores.
Más tarde, con los canastos llenos, fuimos a pagar las ciruelas
y algunas manzanas que habíamos cosechado. Mientras hacían cuentas
aproveché para ir a despedirme de Rosendo.
Seguía estirando y estirando su cuerito. Ya me voy, le dije, y él me contestó adiós, que te vaya bien.
Y eso fue todo aquella tarde, aunque después nos hicimos más amigos.
Ya en casa, mientras los grandes clasificaban la fruta, pregunté
por el día en que nací y mi madre mencionó la fecha –que naturalmente yo sabía– pero no me acuerdo del día, agregó. Entonces, desde allá
atrás, la nana Alejandrina –ciruela buena, ciruela mala–, contestó: fue
un lunes, lo tengo muy presente. Salimos de aquí el domingo por la tarde, tu mamá ya iba con dolores y llegamos directo al hospital. Naciste
a las 4:20 de la mañana siguiente Tu papá nos dejó solas y se fue a celebrar. Llegó ebrio de contento hasta la tarde.
Algo te dijo el Chendo ¿verdad? Él nunca se equivoca, está enfermito pero es muy inteligente. Sabe mucho aunque habla poco. Es cosa
de preguntarle cifras o fechas y no hay pierde, jamás yerra.
Y sí, el 14 de octubre del 47, efectivamente fue lunes. Ya lo averigüé.
¿Habría sido distinto si Rosendo hubiera revelado la impronta de
un martes?
Por: Consuelo L. Muñoz Balladares
