El niño que quiso ser águila
Cuando la maestra de cuarto grado les preguntó a los niños sobre lo que deseaban ser de grandes, sobraron las respuestas: doctores, bomberos, astronautas, ingenieras.
Pero, la respuesta del pequeño niño Salomón causó las risas de todos, hasta de la maestra que no pudo contenerse.
—Yo quiero ser águila —contestó el niño, seguro de sí mismo.
—No, pequeño Salomón, no puedes ser águila. Tal vez piloto, pero águila no —concluyó la maestra, tratando de moderar a los niños que se seguían burlando.
—Pero yo quiero ser águila, maestra —confesó el niño, sin inmutarse ante las nuevas risas de sus compañeros.
La maestra, vencida por la terquedad del pequeño, terminó por decirle, con ciertos aires de sarcasmo:
—Está bien, pequeño, si tú llegas un día a convertirte en águila, te prometo que yo me volveré golondrina.
Y continuó su clase.
En el supermercado, cuatro años después, la maestra se encontró con la madre de aquel niño Salomón, por el que preguntó de inmediato, después del saludo.
—Oh, maestra, mi niño, Salomón, se convirtió en águila, hace un año. Algunas veces viene, en sueños, a visitarme, pero, últimamente menos —dijo la madre, con ojos tristes y la voz quebrada.
Ya no hubo palabras. Se despidieron.
Una vez en casa, la maestra, que de pronto había recordado su promesa, se puso frente al espejo; se quitó la ropa, se arrancó los pies, la cabellera, la piel y, por último, terminó por deshumanizarse toda —sin quitarse los ojos—, hasta convertirse en una hermosa golondrina de pecho negro. Luego salió volando, libre, a surcar los aires del cielo.
Y algunas noches, ella y el pequeño Salomón vuelven a visitar a su madre en sueños, juntos, para siempre, porque una promesa no debe romperse nunca.
