El retorno del caudillo (II y última)
El retorno del caudillo (II): de la alternancia al fraude de 2006
Esta es la segunda y última entrega de «El retorno del caudillo», ensayo de Juan José Lomelí Sánchez. La primera parte puede leerse aquí: El retorno del caudillo (I): el zapatismo ante la transición.
¿Qué democracia?
Profundicemos en lo expuesto y ocupémonos en este parágrafo de la democratización, uno de los fenómenos más relevantes de nuestro tiempo. La imagen más difundida de esta ha quedado consagrada en un documental producido por José Woldenberg: México: La historia de su democracia (2004), y en un gran número de libros y artículos. Según esta interpretación la noción de “transición” corresponde más bien a una “ampliación de la democracia”. El “rezago” en México se localizaba en el sistema electoral y en el sistema de partidos, no en las instituciones. Nuestro diseño constitucional (la Carta de Querétaro), corresponde al de una democracia liberal. En el derecho constitucional comparado se le considera como una de las Cartas más avanzadas en la defensa y garantía de los derechos humanos de segunda generación, a la par de la Constitución de Weimar. Giovanni Sartori no cree que México debe sustituir su actual Carta Magna por otra (2001: 224, 225).
Para los científicos políticos de la época, el México predemocrático era un caso sui generis. Su sistema nunca fue de partido único, se integró siempre con dos o más partidos, pero no era un sistema competitivo. Para casos como este, Sartori acuñó un nuevo concepto: el de sistema de partido hegemónico. Hasta antes de la reforma de 1977 no había en nuestro país un partido de izquierda reconocido. El Partido Auténtico de la Revolución Mexicana y el Partido Popular Socialista no tenían independencia y gravitaban en la órbita del partido oficial. El Partido Comunista Mexicano, el más antiguo, fundado en 1919, estaba vetado, como sucedía en otras naciones.
La primera gran emergencia ciudadana, violentamente reprimida en las masacres del 2 de octubre de 1968 y el 10 de junio de 1971, y la guerra sucia de los setenta, desembocan en una grave crisis de legitimidad. La referida reforma política fue la respuesta a dicha crisis. Una nueva ley electoral, la Ley Orgánica de Partidos Políticos y Procesos Electorales (LOPPE), debía dar cabida a las nuevas fuerzas en presencia, de derecha e izquierda. Por el lado de la izquierda la coartada la había proporcionado el segundo gran cisma del Movimiento Comunista Internacional, que acontece al iniciarse los setenta. El eurocomunismo que nace de este cisma había renunciado a la revolución violenta y ahora tomaba el camino de la lucha electoral (Claudin, 1976). Esto, por lo tanto, debía resolver las dudas y las indecisiones de los comunistas mexicanos (los del partido y los sin partido) para incorporarse al juego político electoral. “No hay viento favorable para un barco sin destino”, era el mensaje que les enviaba el secretario de Gobernación, artífice de la reforma, a los insumisos (Reyes Heroles, 1994: 9). Con una simple apertura del sistema de partidos, el régimen resolvía su crisis de legitimidad.
Cuando esta reforma se concibe y aplica no había el menor riesgo que el partido oficial pudiese perder una elección importante, a nivel federal o de los estados, o aun en los municipios de mayor peso económico o demográfico. Con esta reforma se esperaba que un sistema de partido dominante relevara al de partido hegemónico. Pero entre la presidencia de José López Portillo y la de Miguel de la Madrid se produce un cambio inesperado. De la administración de la riqueza pasamos a la administración de la crisis (Torres Carral, 1985). Con la terapia de choque y el ajuste estructural subsecuentes, el Estado mismo (O`Donnell, 2002) y el partido dominante sufren un golpe devastador (recuérdense los “desgajamientos”), al tiempo que la crisis económica (crecimiento cero) y sus catastróficos efectos, alimentan la formación de poderosas fuerzas opositoras que acabarán aglutinándose en el Frente Democrático Nacional (FDN) y en el Partido Acción Nacional (PAN). Se habían incubado asimismo las condiciones para que surgiese el caudillo. La mentalidad providencialista, de matriz cultural católica, del demos en el campo y la ciudad, veía en el advenimiento de Cuauhtémoc Cárdenas (el hijo del Tata, nada menos), a la personalidad extraordinaria que le redimiría, lo que explica las masivas votaciones que recibió su candidatura en 1988.
Resumiendo: la transición mexicana ha sido el resultado no de un pacto entre las fuerzas opositoras y el régimen político, sino más bien de una apertura del sistema de partidos (una “transición votada”), dirigida y controlada por la élite política de principio a fin, a lo largo de casi un cuarto de siglo, y que ha terminado por brindarnos: ¿una (cuasi)democracia, o una “democracia de fachada?”. A partir de la aprobación de la nueva ley electoral (LOPPE y COFIPE), que durante los años de la transición experimenta diversas reformas (Martínez Assad, 1999: 29), se pone en pie un sistema de partidos competitivo, los procesos electorales se suceden regularmente y el poder se redistribuye en los tres niveles de gobierno, entre todas las fuerzas políticas (Lujambio, 1996: 187). He aquí una de las claves de la transición: a través del control de las reformas de esa ley, se ha conformado un sistema de partidos “con vocación democrática” de centroizquierda y centroderecha que acabará por erigirse en un auténtico oligopolio, en el mercado electoral. Tal es la amarga realidad que debió asimilar el Ezeta en abril del 2001.
Del descomunal fraude del 88 a la alternancia
Una segunda fase en nuestro proceso de democratización la va a marcar la presencia de una nueva mafia política. Aun cuando la misma se viene formando desde la Segunda Guerra Mundial, en México aparece a fines de los setenta. “Su actividad [dice Marcos Roitman] está por encima de los partidos y las contingencias configurándose como partido transversal al orden político” (2003: 23). La nueva mafia captura el mando al interior del partido en el gobierno cuando Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo lo abandonan en 1988.
En las elecciones para la presidencia de la República del mismo año y pese a que nuestra “transición” ha cumplido una década de vida, el régimen, al igual que en los viejos tiempos, recurre al fraude electoral; sólo que en esta ocasión se trató de un descomunal fraude. Las elecciones las tenía ganadas el Frente Democrático Nacional (FDN). Ante tal contingencia, la cúpula de Acción Nacional mueve sus piezas, concierta una alianza con el candidato “victorioso” priista y decide convalidar el fraude. El aspirante que contendió por ese partido, Manuel J. Clouthier (Maquio), en cambio, se opuso obstinadamente a tal cosa, y no dejó de presionar para que se abrieran los paquetes electorales. Tal actitud lo colocaba en posición de un auténtico outsider, sorprendiéndole la muerte tiempo después en un “accidente” automovilístico.
La confusión inducida que se provoca con el fraude (la “caída del sistema”) y la posterior quema de las boletas electorales, impiden que el FDN y sus seguidores puedan apreciar claramente su triunfo y defenderlo en consecuencia. No obstante, la persecución de los opositores políticos a lo largo del sexenio termina con un saldo de alrededor de trescientos cincuenta decesos, adláteres del PRD. Para entonces, el régimen se ha recompuesto notablemente. En el curso de 1994 el “sistema” experimenta (y las resiste) “tres caídas”: la irrupción del zapatismo, el asesinato de Luis Donaldo Colosio y el deceso, producido por un gatillero, de José Francisco Ruiz Massieu; respectivamente, nada menos que el candidato a la presidencia de la República y el presidente del PRI.
El proceso electoral de ese año fue un proceso deliberadamente arreglado. Algo perfectamente factible, ya que el gobierno se encargaba de preparar la elección (la logística) y de procesar los resultados, lo que, como es obvio, le daba un amplio margen de maniobra para influir en ellos. En consecuencia, el jefe del Ejecutivo acordó con el candidato panista, uno de los personajes con quien hizo la alianza con Acción Nacional en 1988, y también, el que siendo representante de su bancada en la Cámara de Diputados, propuso que se quemaran las boletas electorales —pues debía impedirse a toda costa que se revisaran y volvieran a contar, como lo estaba exigiendo la oposición—, su retiro, estando en plena campaña, durante dos semanas, con el propósito de que el postulante priista pudiera remontar en las encuestas. Lo “convenció”, además, de que hiciera el “trabajo sucio” de “aniquilar” a Cuauhtémoc Cárdenas, durante el debate entre los tres contendientes, previo a la elección, que sería televisado en cadena nacional, y favorecer así al candidato “emergente” Ernesto Zedillo. Todo esto y una costosa campaña mediática que explotó “el voto del miedo”, terminó dándole a este el triunfo con un presunto cincuenta por ciento de los votos totales.
En la sucesión presidencial siguiente, y no obstante que en las elecciones de 1997 había ganado la Jefatura de Gobierno del DF, el caudillo, Cuauhtémoc Cárdenas, está muerto. En el imaginario colectivo murió de muerte política; la “coyota” lo había “ejecutado” en 1994. No habiendo nacido aún quien lo sustituyera, se postula por tercera ocasión para las elecciones del 2000, circunstancia que sumada al hartazgo que el PRI había producido en el electorado, hace posible el triunfo de Fox, quien, con ayuda de sus “Amigos” y, por su conducto, recibe financiamiento del exterior. Los electores de Vicente Fox, como “se encargó de recordárselo en Los Pinos el director gerente del FMI, Horst Koehler, el 12 de junio de 2003, fueron el Banco Mundial, el FMI y Wall Street (centro operativo de algunas corporaciones que podrían figurar en la lista no transparente de Los Amigos de Fox)” (Fazio, 2003: 18).
Más temprano que tarde, el electorado que jugó a la alternancia con un “falso profeta” sufre una amarga decepción. El problema no estaba en que Fox hubiera mantenido la continuidad de las políticas heredadas, sino en los desastrosos resultados de estas. Las reformas [neo]liberales, dice Kahhat, citando un informe del Banco Mundial: Más allá del Consenso de Washington, “han tenido resultados sensiblemente inferiores a los esperados. El crecimiento de las economías de América Latina promedió el 3.3 por ciento anual durante la década de los 90 (muy por debajo de las cotas del malhadado modelo de industrialización por sustitución de importaciones), los niveles de pobreza se mantuvieron incólumes, y la desigualdad en la distribución del ingreso se elevó…” (Kahhat, 2005: 22). Los logros de la administración foxista durante estos cinco años se han mantenido dentro de estas tendencias, con excepción del crecimiento de la economía que ha estado por abajo. En la videoconferencia que se proyectó dentro del foro “Diseña tu Mundo”, en el Tecnológico de Monterrey de Aguascalientes, el 19 de noviembre de este 2005, Carlos Salinas de Gortari, hoy convertido en “facilitador social”, lo confirma: la economía mexicana permaneció estancada del 2001 al 2003. Por su parte, Armando Bartra, en un reciente artículo consigna que, del millón de jóvenes que ingresan al mercado de trabajo cada año en el país, medio millón huye a EE. UU., un cuarto entra al subempleo precario de la economía subterránea y el cuarto restante se mantiene en sus hogares en calidad de hijos de familia.
Un nuevo astro
Cuando ya se había apagado la estrella de Cuauhtémoc, y tras el destello de Marcos en abril del 2001, aparece en el firmamento de la izquierda, un nuevo astro: AMLO. Olvidémonos de las fanfarrias que celebran el advenimiento de la democracia, México sigue siendo tierra de caudillos. AMLO inicia su ascenso ganando a pulso la Jefatura de Gobierno de una de las megalópolis más grandes del mundo. La clave del éxito (de su encumbramiento posterior) no ha estado en las políticas públicas puestas en acción durante su mandato, en sus “obras de relumbrón”, como decía Fox, sino en los siguientes tres factores: (a) el vacío dejado por el caudillo, (b) su discurso político reformista-bienestarista-justicialista, y (c) un cierto malestar democrático. Las elecciones se ganan, y aquí tendríamos un ejemplo de la eficacia discursiva, como demostró Carlos Andrés Pérez cuando regresó por segunda vez a ocupar la presidencia en Venezuela, con un discurso “populista”, aunque después todas las promesas de campaña se tiren por la borda. En la entrevista que le hace Denise Maerker a Carlos Salinas, el 25 de septiembre del año en curso, este reta a AMLO a poner sobre la mesa los argumentos racionales y los datos duros que fundamenten sus propuestas, y lo mismo hace Luis Aguilar (Aguilar, 2005: 18). Pierden el tiempo, en las campañas, tal y como hoy se desarrollan (lo saben de sobra), esto resulta inoportuno.
Televisa, sin embargo, sucursal del “partido” conservador, recoge la idea de ambos y, para llevarla a la práctica, ha preparado el programa “Diálogos por México”. La pretensión es “poner a prueba” a los candidatos y demostrar que las promesas de campaña de AMLO, las referidas a su política social, son mera demagogia, pues carecen del soporte financiero para su implementación. A pesar de que contamos con tres partidos, los tres grandes, la sociedad se ha polarizado (la intencionalidad del votante). Lo que tenemos frente a frente son dos proyectos políticos: un proyecto reformista encabezado por AMLO que amenaza con interrumpir —difícil es predecir por ahora hasta qué punto— la continuidad de las políticas seguidas, y, el proyecto de los neoliberales, empecinados en perseverar en las “reformas económicas”, “añadiendo la dimensión que faltaba: las reformas institucionales”, como por ejemplo lograr la independencia del poder judicial, entre otras (Kahhat, 2005: 21).
Si el peligro de que el zapatismo se convirtiera en un auténtico partido de masas, con capacidad de jugar electoralmente, se había logrado conjurar con el cierre de filas conseguido por el oligopolio político, al rechazar el proyecto de ley de la Cocopa y votar, en un sentido opuesto a la misma, una contrarreforma indígena, difuminar el “fenómeno” AMLO, la nueva amenaza generada al interior del mismo sistema de partidos, se antoja que tiene un grado mayor de dificultad. El fenómeno AMLO, en efecto, es el resultado de los tres factores antes señalados y suplementariamente de otros dos errores cometidos por la élite política: (a) haber puesto todas las castañas en el asador de la efectividad de una campaña mediática que para colmo de males se manejó con extrema torpeza; y (b) apostarle a las predicciones de una ciencia que está en crisis, la ciencia política contemporánea. (Alonso y Cansino, 2004: 3). ¿A dónde ha llegado esta disciplina, que uno de sus grandes creadores es ya considerado un apóstata?
No tenemos espacio para relatar el primero (a), pero baste indicar que transcurrido un año de escándalos mediáticos se llevó finalmente a AMLO a juicio de procedencia; en este pierde su fuero como era previsible, y también es destituido como jefe de Gobierno del DF. La reacción de la multitud ante tal “canallada” fue apabullante, parecía un encrespado río a punto de salirse de cauce, más de un millón de personas salieron a la calle el 24 de abril de este 2005 a participar en la “marcha del silencio”. El evento creó pánico en el gobierno de Fox, quien, presto, ordenó al Procurador General de la República se desistiera de toda acción penal en contra de AMLO. A estas alturas, observaba Atilio Borón, López Obrador “se había convertido en el hombre más poderoso de México y Vicente Fox en su más eficaz jefe de campaña.”
Relativo al segundo error, (b) nuestros ingenieros constitucionales estaban convencidos de que, tras veintitrés años de transición y un lustro de instauración democrática, habíamos construido finalmente un sistema electoral altamente predecible. Del análisis de los resultados de los últimos procesos electorales habían concluido que el partido de la izquierda del espectro mexicano, con su veinte por ciento de participación promedio, no podía aspirar a contender con posibilidades de triunfo en una elección presidencial. Mas, ¡oh, sorpresa!, aparece el caudillo, que esta vez es AMLO y les rompe el esquema.
Escenarios futuros
Un vulgar pragmatismo va a relevar al incompetente saber político cientista. ¿Con qué opciones (hipótesis imaginarias) puede jugar la mafia política para enfrentar esta nueva amenaza?
1) La destrucción de AMLO con una (otra) adecuada campaña mediática de escándalos políticos.
2) Su eliminación física; para la nueva mafia política esto sería un asunto de rutina.
3) La preparación de un fraude electoral creíble o el desconocimiento del triunfo de AMLO, en la eventualidad que la diferencia entre los dos que obtuvieran la mayor votación fluctuara entre el dos o tres por ciento; un Instituto Federal Electoral (IFE) y un Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) desprestigiados y debilitados previamente, facilitarían las cosas.
4) Desde el “golpe mediático” de Silvio Berlusconi (Bobbio, 1994), a mediados de la última década del siglo pasado, el mundo conoce la era del (video)poder. Ahora, por lo tanto, una carta más para derrotar a AMLO sería la “operación rottweiler”. De última hora, una resolución del TEPJF aceptando la exigencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos, abriría la puerta a la candidatura de Jorge Castañeda (el agente de Washington) para contender por la presidencia de la República. En el debate que veríamos en la televisión, entre los cuatro candidatos, su “misión” consistiría, repitiendo la “hazaña” de la “coyota” de 1994, en “morder” a AMLO hasta dejarlo sin vida. Este, intentando defenderse del rottweiler se quedaría sin oportunidad de criticar a los otros dos rivales, Felipe Calderón y Roberto Madrazo, quienes, guardando la compostura, invertirían su tiempo en hacer sus ofertas al (tele)público.
5) Si con todo esto no se lograra detenerlo, la última opción consistiría en ponerle candados a su gestión y obligarlo a moverse dentro de los parámetros del Consenso de Washington, tal como se ha hecho con Lula en Brasil o Tabaré Vázquez en Uruguay. [En 1995 esta era la falsa impresión que se tenía de esos dos gobiernos. Se pensaba que ambos se plegarían acríticamente al decálogo de rigor].
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Luego de un cierto titubeo, cuando las encuestas le daban a AMLO un margen de ventaja de diez puntos porcentuales frente a su más cercano rival, y cuando su victoria en la elección de julio parecía imponerse con férrea necesidad, la nueva mafia política (como la ha llamado Marcos Roitman) decide, inspirándose en Friedrich A. Hayek, forzar voluntaristamente ese curso de las cosas y opta por el fraude electoral increíblemente creíble. El candidato “vencedor”, en un proceso electoral plagado de irregularidades, “consigue” el triunfo con una diferencia de medio punto porcentual. El TEPJF decidió, “por el bien de México”, validar el resultado del fraude increíblemente creíble, fundamentando su fallo no en criterios jurídicos sino políticos, negándose a declarar nulas las elecciones del 2 de julio de 2006 (Crespo, José Antonio, 2006). [Esta nota al pie la hemos agregado en 2008].
Quien demostró el fraude fue un físico-matemático de la UNAM. Esta demostración la retoma Héctor Díaz Polanco en su libro La cocina del diablo: el fraude del 2006 y los intelectuales (2012).
Fuentes consultadas
Aguilar, L. (2005). “La desaparición del centro”, Reforma.
Alonso, J., Cansino, C., et al. (2004). “¿Hacia dónde va la ciencia política?”, La crítica de la crítica, en Breviario político, La Crítica.
Cansino, C. (2005). “El ciudadano Castañeda”, El Universal.
Cossío Díaz, J. R., y Roldán Xopa, J. (1998). Derechos y cultura india. México: FCE.
Concha Malo, M. (2005). “Agenda convergente de la sociedad civil”, La Jornada.
Elizondo Mayer-Serra, C. (1995). “Los pantanos de la transición”, Reforma.
Fazio, C. (2003). “Mayordomía plutocrática”, La Jornada.
Kahhat, F. (2005). “¿Qué significa el avance electoral de la izquierda sudamericana?”, Reforma.
Lichtinger, V. (2005). “Entrevista”, La Jornada.
Lomelí Sánchez, J. (1992). “El 27: ¿reforma o derogación?”, en Bernardino Mata (coord.), Análisis crítico de la nueva reforma agraria, UACh.
O’Donnell, G. (2002). “Acerca del Estado, la democratización y algunos problemas conceptuales”, en Miguel Carbonell et al., Estado de derecho, concepto, fundamentos y democratización en América Latina. México-Argentina.
Pérez Gay, J. M. (2004). El príncipe y sus guerrilleros. La destrucción de Camboya. Cal y Arena.
Reyes Heroles, J. (1994). El arte de hacer política, México, Sociología Rural, UACh.
Roitman, M. (2005). “¿Existe una mafia política?”, La Jornada.
Silva Herzog, J. (2005). “Espíritu mafioso”, Reforma.
Wallerstein, E. (2005). “Estados Unidos vs. América Latina”, La Jornada.
Woldenberg, J. (2004). México: Historia de su democracia. Televisa.
Leer la primera parte: El retorno del caudillo I: el zapatismo ante la transición.
