Mz. o SM
Para todas las que alguna vez quisieron quemar una paquetería
Había tenido una mañana difícil, de esas en las que solo quieres que llegue la noche para darle vuelta a la página y que un día nuevo comience.
Me quedaba por hacer un último pendiente: pasar a la paquetería a hacer una devolución.
Era la cuarta en la fila. El primero era un señor grande de tamaño. No dejaba de tragarse los mocos. El ruido me transportó al tiempo de pandemia, cuando todos usaban tapabocas. Deseaba tener uno en mi bolsa en ese momento.
Después, una viejecita que, para mi sorpresa, hizo su trámite bastante rápido.
La que estaba delante de mí era una señora. Pelo largo y alborotado, mascaba un chicle, bajita, pero con voz de guacamaya. Hablaba hasta por las orejas. Para ella no existíamos todos los que estábamos atrás, esperando.
Tenía ganas de jalarle sus malditos rizos y gritarle que se callara.
De música de fondo ya tenía al señor de los mocos, los gritos de la guacamaya, y se agregó a la orquesta un viejito que iba después de mí en la fila. El señor de edad avanzada interactuaba con su celular. Por lo poco que pude escuchar, antes de taparme los oídos de manera imaginaria, parecía un juego en donde el teléfono le gritaba lo que tenía que hacer.
—¿Cuál es el círculo azul? —dijo una voz muy parecida a la de Siri.
—¿Cuál es el cuadrado naranja? —y así con todas las formas y colores que puedas imaginarte.
Trataba de perderme en mi celular para poder salir viva de ahí.
Llegó mi turno, me ubiqué frente al mostrador y pude asentar finalmente el paquete, que para ese momento ya pesaba más de 20 kilos. En su interior solo llevaba un reloj de aproximadamente 200 gramos.
Levanté la mirada para comenzar a hablar. La señora que atendía me cortó tajantemente:
—Un momento, el señor va a pasar antes; solo le faltaba un dato, pero ya lo tiene.
Inhalé profundo.
—Ok —respondí, echándome un paso hacia atrás y dándole espacio al gordo señor de los mocos para que pudiera largarse.
—Siguiente.
—Quiero enviar este paquete, es a Cancún.
—¿Manzana o supermanzana? —me pregunta como si estuviera hablándome de sabores de helados.
—No sé, creo que supermanzana —respondí.
Yo no tenía idea de cuál era la diferencia entre una manzana y una supermanzana.
Continuó aporreando el teclado:
—Nombre completo, teléfono del destinatario, correo electrónico del destinatario, dirección de entrega.
Me sentí en mi examen de grado de la universidad.
Respondí un poco nerviosa, tratando de decir la respuesta correcta:
—Avenida Bonampak, Mz. 27…
—Pero ¿es manzana o supermanzana? —me interrumpe.
—Pues no sé, yo creo que manzana.
—Es que ya me había dicho que era supermanzana. Tiene que estar segura, porque si no luego ocurren errores a la hora de la entrega. Averigüe y luego pase a formarse de nuevo en la fila. Siguiente.
¿Formarme de nuevo? ¿Hacer fila?
No era una opción: haría lo que hizo el señor mocos.
Llamé a mi esposo, le expliqué la situación y le leí la dirección. Me dijo que Mz. era la abreviatura de manzana, y SM, de supermanzana. Que así eran las direcciones en Cancún. Ahora sí, ya tenía el dato.
Giré la cabeza hacia el lado izquierdo. La fila había aumentado a siete personas. Cada paquete, más grande que el otro.
Los últimos de la fila salieron del lugar negando con la cabeza; creo que estaban hartos de esperar por tan lento y mal servicio.
En mi mente había una guerra de pensamientos encontrados: espero aquí, o no, sería injusto para los que ya hicieron fila, pero lo mío no llevará mucho tiempo; tal vez el señor narizón de camiseta roja que lleva solo unos sobres me daría oportunidad de pasar rápidamente.
El viejito de los juegos terminaba su papeleo como si fuera un comediante; a mí se me agotaba la paciencia.
No quería seguir perdiendo mi tiempo. Resignada, me volví a formar. Quería incendiar el lugar como un dragón. Comenzaba a inhalar lento, pero cada exhalación era como si un fuego estuviera a punto de salirme por la boca.
—Siguiente.
El señor de camisa roja se acercó al mostrador. Yo levanté un poco la voz desde mi lugar:
—Señorita, ¿por qué no me dijiste la diferencia entre una manzana y una supermanzana? Aquí dice Mz.; Mz. significa manzana.
Muy necia, me hace la misma estúpida pregunta:
—Me tiene que decir si es una supermanzana o una manzana.
Reventé:
—Se supone que debes saber que Mz. se refiere a manzana. Tú me debiste haber dicho, al ver la dirección, que Mz. significa manzana. Al leerla, tu diminuto cerebro debió razonar: Mz. = manzana. Entonces creo que tú debes saber si es una supermanzana, una normal manzana o una manzana podrida.
—Pero es que la supermanzana es diferente a una manzana.
—Mira, hay un señor frente a ti esperando; haz el favor de atenderlo.
Salí del lugar dando un portazo y diciendo en voz baja que era una inútil.
Me paré en seco. ¿Por qué yo tenía que perder esta batalla? ¿Por qué debía ceder y buscar otra paquetería, si había acudido precisamente a esa porque me queda a la vuelta de mi casa? Me rehusaba a navegar en el asqueroso tráfico de Mérida.
Regresé en dos pasos y volví a abrir la puerta.
—¿A qué hora puedo encontrar a otra persona que no seas tú para que resuelva mi problema?
—No sabría decirle, porque nos vamos rotando. Pudiera estar yo o alguien más, no le pudiera…
Media vuelta. Portazo. El lugar ya chamuscado.
Mi dragón había utilizado su fuego para incendiar cada átomo de esa porción de espacio que existe o, más bien, existía en el mundo.
Manejé a casa pensando en cómo le explicaría a mi esposo por qué la mamá de Dito llegó oliendo a dragón quemado.
Mérida, Yucatán, México, 2026
