Café con cuentoColumnasOpinión

El mal, con nombre y jet privado

El mal, cuando se escribe, suele venir envuelto en metáforas y alegorías, porque la perversión necesita disfrazarse. Lo que no previeron las mejores plumas fue que un día el mal tendría nombre y apellido, una agenda repleta de contactos y un jet privado para transportar a la jet set a la isla de sus fantasías.

Jeffrey Epstein no es un personaje literario, pero lo parece: no por fascinante, sino por inverosímil. Es el villano que ningún editor responsable le habría aceptado sin correcciones a Bataille o a Sade: demasiado rico, demasiado impune, demasiados conectes. “Bájale dos rayitas”, les habría dicho, “esto no se lo va a creer nadie”.

La historia de Epstein incomoda porque no cabe en la categoría del monstruo solitario. No es el ogro que vive en el bosque ni el asesino que actúa en la sombra: es el anfitrión. El que invita. El que sonríe. El que anota nombres mientras sirve vino caro.

Lo que perturba no es la perversión —esa ya la conocemos, la humanidad es creativa para el daño; basta leer la Biblia— sino su elegante normalización. La isla no era una cueva, era un destino turístico. Las víctimas no eran “desaparecidas”, eran invisibilizadas. Y los cómplices no eran esbirros: eran hombres respetables.

La literatura ha contado mil veces la caída del villano, el castigo, la justicia poética. Pero el caso Epstein nos enfrenta a una narración sin clímax moral: el personaje muere, sí, pero el sistema sigue intacto. La libreta negra de contactos no se quema, se archiva; los nombres no se tachan, se protegen. El silencio no es ausencia de ruido: es un acuerdo.

Quizá por eso este caso persiste como un fantasma. No porque falten datos, sino porque sobran silencios bien administrados. Epstein es más un síntoma que un individuo: la prueba de que hay perversiones que no se esconden en sótanos, sino en salas de juntas.

En las novelas, cuando el mal se vuelve demasiado poderoso, aparece el narrador incómodo. Ese que no resuelve el misterio, pero deja constancia. Alguien que dice “esto pasó”, aunque nadie quiera escucharlo. Tal vez eso nos toca hacer ahora: no cerrar la historia, negarnos a que se vuelva anécdota.

Porque hay horrores que no piden moraleja, sino memoria. Y hay nombres propios que, si se olvidan, se reproducen.

Mientras apuro el café, afuera el mundo sigue como si nada.

La literatura, al menos, todavía sirve para no llamarle normal a lo intolerable.

Benjamín Alba

Estudió letras, pero se avergüenza de ello, por eso prefiere decir que aprendió a escribir mirando la lluvia y escuchando a la gente en los supermercados —porque, encima, es citadino—. Ha colaborado en revistas culturales, bajo diversos pseudónimos —heterónimos no, porque no llega a tanto, ni es poeta—. Aunque escribe desde los bordes de la vida cotidiana, no significa que sea marginal. Piensa que al mundo hay que leerlo con calma, como si cada día fuera una historia por descubrir. Odia el esnobismo, pero si no hay café, no escribe: dice que las ideas las encuentra en cada sorbo.

Benjamín Alba has 4 posts and counting. See all posts by Benjamín Alba

Foto del avatar

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *