Nomás
Cuando uno mata se pierde para siempre, ya no existe lugar al que uno pueda ir o estar en paz.
Cuando uno mata se pierde para siempre, ya no existe lugar al que uno pueda ir o estar en paz.
Pensar y actuar fue una sola cosa. El mismo sol que bruñía la oscura piel de Aman Daud reverberó en el metal del abrecartas.
Olvidé las matemáticas. Comenzamos a comunicarnos, algunas veces a silencios.
Yo era sordo, yo era mi perro muerto que tenía un machete, yo no era yo, era él, mi perro ahorcado, mi perro amarrado de patas y de boca, yo era él.
Nunca me ha quitado el sueño el hecho de pertenecer a las minorías. Nací con mis defectos, son mis defectos, amo mis defectos. Soy zurda y vivo en un mundo de diestros.
Necesitaba morirse. Sí, él quería morirse, y no lo culpo. Por eso lo maté: porque me lo pidió, porque me lo suplicó.
Y todos, como hormigas, tomamos rejas vacías y nos colocamos bajo los manzanos, como si les rezáramos, como si les pidiéramos perdón por quitarles sus manzanas.
Me senté en la fuente para tragarme a las jacarandas con la vista. Las últimas flores caían, dolorosas, tristes. Los transeúntes pisaban y remataban a las flores y no sé, me pareció que debía fumar para contemplarlo.
Trascurridos los veinte minutos, seguía atorada en ese elevador del siglo pasado, tirada en el piso, sin carga en el celular, agotada de respirar, agotada de gritar; pero eso sí, con mucha ansiedad.
Con calma me dirigí al tocador y al verme en el espejo, me asustó hacerlo. Tenía mucho tiempo que no me observaba con detenimiento. Tengo arruga sobre arruga. Platico con mi imagen que me sonríe divertida por la cara de sorpresa que reflejo.