LiteraturaNarrativa

Apuntes para el diario impersonal de un héroe libertario

Aclaro que soy un patriota convencido de que sin democracia y libertad el hombre no puede vivir. Al amparo de la libre empresa mi abuelo y mi padre hicieron sus fortunas; ello, antes de que los orientales nos invadieran con productos inútiles. Estoy orgulloso de mi país, al escuchar el himno me paro y llevo mi mano al pecho. Frente a la entrada de mi mansión tengo un asta y todas las mañanas, acompañado por el redoble de los tambores y la aguda voz de los clarines de una banda de guerra, izo la bandera y en la tarde la arrío. No obstante, me dolía pensar que como veterano era poco lo que podía hacer por mi país, hasta que ocurrió el ataque a Francia y comprendí que los extremistas estaban en todos lados y que su ideología bélica ponía en peligro a la nación, a la democracia y a su gente, así que decidí convertirme en un defensor de la patria y fue como empecé con la escritura de este diario:

Los yihadistas están por doquier. Compraron la residencia de enfrente y ahora es mezquita o cuartel, no lo sé bien. Llegan en tropel, ellos de negro; ellas, con burkas. Sus autos invaden mis aceras. Creo que ellas ocultan armas de alto poder bajo su ropa. Llegó mi equipo de espionaje, puedo oír pláticas en un radio de mil metros. La cámara infraroja revela, a través de los muros, sus siluetas. Escucho sus rezos y la frase: “La ‘ilaha ‘illa-llahu Muhamadum rasulu-ilah”. “No hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta”.

Estoy seguro, son hombres los que visten las burkas y ocultan armas de alto calibre. Preparan el ataque final. Salen al jardín y ven mi casa. Dicen algo que no entiendo pero las señas son claras. Lo bueno es que mi padre construyó un cuarto de guerra bajo la cocina, sus paredes, techo y piso son gruesas láminas de acero. Tengo alimentos para un mes, armas de alto poder, entre ellos lanza granadas y parque suficiente para recuperar Saigón, y monitores que registran lo que captan las cámaras que instalé en la casa y en el muro perimetral. Electrifiqué bardas y rejas. Para defenderme levanté pequeños trozos de pasto, como si fuera un tablero de ajedrez, y concluida la siembra de artefactos explosivos volví a colocar el césped, no quedó huella de la operación.

Intercepté una conversación: no entiendo el árabe pero sé que el ataque es inminente. Soy el primer objetivo militar, tengo que adelantármeles. Todas las guerras empiezan con una excusa. La tengo. Por el altavoz advierto: señores yihadistas, sus autos invaden mi propiedad privada, tienen sesenta segundos para quitarlos de mis aceras y si no aténganse a las consecuencias. Se asoman, me ignoran. Es arma de alto poder, cada disparo parece una explosión, las llantas se deshacen con los impactos. Se escuchan chillidos como de rata: son las mujeres y los niños, los evacuan rápidamente por la parte trasera de la casa. Llega una patrulla, se baja el comandante: salga con las manos en alto, ha cometido un delito, dese por preso. No me obligue a entrar por usted. Mis risas se escuchan por los altavoces. El comandante enfurece, suelta una retahíla de vituperios. Toca la reja, cae fulminado. Lo levantan, huyen espantados. Suelto una ráfaga de metralla para que me vayan conociendo.

Traición a la patria, el ejército se ha aliado con los yihadistas, ocupan su cuartel general y desde ahí el jefe del comando binacional intenta distraerme. Veo en el monitor al camión que transporta efectivos de infantería que se aproxima por la parte posterior de mi propiedad. Apunto parsimonioso. La granada cae sobre el vehículo, la explosión es terrible, las llamas se alzan varios metros. Reciben la suerte que merecen los traidores. Apunto otra vez, tres veces. El cuartel del enemigo se estremece, se derrumban las paredes. Las granadas producen incendios y nadie sale vivo. Los soldados que aguardaban afuera huyen cobardemente en sus camiones.

Amanece, se escuchan pequeñas explosiones en el jardín, seguidas por luces que parecen de bengala. Veo en el monitor cómo vuelan los cuerpos desmembrados por las minas antipersonales, se oyen los ayes de los heridos. Por el altavoz advierto: tienen cinco minutos para recoger su chatarra humana y largarse. Todavía se atreven a amenazarme. ¡Ríndase de inmediato o dese por muerto! Somos muchos, contesto, más de los que se imagina, ¿verdad muchachos? Para descontrolarlos se me ocurre un grito de guerra: “No hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta”. Suelto varias ráfagas de metralla que sacan chispas al golpear sus tanquetas, huyen despavoridos.

Las televisoras de todo el mundo están presentes. Los enemigos aguardan la noche. Toman posiciones, desde mi cuarto de guerra los veo. Intercepto sus comunicaciones, empieza el ataque. Disparan desde tres costados. Las paredes de la casa son atravesadas de lado a lado por sus proyectiles. Entre ellos mismos se matan y creen que somos nosotros quienes los atacamos. Fuerza, grito a mis hombres, ataquen con más fuerza y ellos contestan o el eco de las montañas repite: fuerza, erza, erza, erza… Amanece, se retiran, pero antes arrojan decenas de bombas lacrimógenas y gas mostaza. Me río, nos reímos todos; ja ja ja, ja ja ja… A la luz del día y entre la bruma de la pólvora veo los tres pisos de mi casa convertidos en una ruina. Me envanezco, siento que soy un héroe en las trincheras de la Gran Guerra.

Llevamos tres días sin dormir. Pregunto a mis hombres: ¿están cansados? ¡No!, contestan. Abro el micrófono; ¡Fuerza, fuerza, fuerza! Y el eco de sus voces invade las montañas próximas: erza, erza, erza… Llegan dos tanques, antes de disparar insisten: ríndanse, están rodeados. ¡Jajaja, jajaja, jajaja! Los cañonazos retumban, retumba el suelo. Intercepto sus comunicaciones: Mi general, no hay señales de vida. Que entre la infantería, escucho. Por el monitor los veo en medio de girones de niebla y humo, avanzan cautos, están frente a la puerta del cuarto de guerra, las lámparas de sus cascos los delatan. Abro el micrófono: la casa está sembrada de explosivos, tienen sesenta segundos para huir o atenerse a las consecuencias. Debe ser una grabación, dice el teniente, si todos están muertos. ¿Una grabación? Contesto, ¡fuerza, fuerza, fuerza! repetimos. Salen despavoridos, sólo el capitán aguarda. Le quedan treinta segundos, justo lo que necesita, apúrese. Sale corriendo.

El alto mando abofetea al capitán, lo acusa de cobarde, el general toma el comando, ordena a la infantería entrar por los cuatro costados, se acercan a la casa, las luces de sus lámparas parecen un enjambre de luciérnagas. Abro el micrófono: la casa explotará en diez segundos, no intenten huir, es imposible: Diez, nueve, ocho… grito: “No hay más dios que Alá y Mahoma es su profeta”, tres, dos uno, fuego, ego ego ego…

Alejandro Ordóñez González

Abogado, contador público y maestro. Autor de nueve novelas; de ellas, ‘Cábulas’ fue publicada por Plaza y Valdés en 1987 y la más reciente, ‘Real de San Miguelito Arcángel’, se encuentra en proceso de publicación. Ha obtenido varios premios en cuento. Escribió guiones para el programa televisivo Hora Marcada y a través de su columna Taches y Tachones ha publicado material diverso, desde hace varios años, en distintos medios impresos y en la web, como cuentos, crónicas, análisis políticos y artículos de opinión; editorialista en dos programas de radio. Para leer más cuentos y algunas de sus novelas, haga clic en el enlace a su página web.

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