LiteraturaNarrativa

Bajo el puente


La noticia de todos los días: asesinaron a una niña y la
arrojaron a un costado de la autopista que se dirige a la
ciudad, bajo el puente que une a la comunidad de los marginados, con el centro comercial que da abasto a la unidad donde
viven todos los adinerados del rumbo. ¡Qué ironía!, sólo un
puente divide a la escasez en la que deambulamos muchos, de
la opulencia en la que viven todas esas familias.


Cierro el periódico y aclaro mis pensamientos. –¡Pobre
niña!–, me digo en voz alta, con apenas siete años, y su vida ha
sido cortada de forma inhumana. Probablemente abusaron de
ella, o tal vez la secuestraron para pedir un cuantioso rescate.
Motivos sobran, aunque creo que fue algo más simple, la mataron para desquitarse de algo o de alguien. La historia que se
repite y que nunca cesa, aquí, en la ciudad de México.

Los detalles dicen que era de piel clara y tersa, su pelo
largo y lacio mostraba un cuidado excesivo. Sus prendas aunque
desgarradas, revelaban ser de tela fina, y sus ojos claros como
el alba, lo confirmaron, era hija de un hombre adinerado.
Seguramente dirán que los asesinos son de este rumbo,
siempre nos culpan de todas las desgracias que ocurren, pero
no es cierto, yo he vívido aquí desde niño, mi madre me parió
entre la basura que rodeaba la casa hecha de tablas y cartón.
Además, conozco a casi todos los delincuentes de la zona, ellos
roban a la gente sin lastimarla, es como un código secreto; robar para comer, pero sin usar la violencia.
La policía, que se encuentra totalmente desconcertada,
tratará de justificar lo que sucedió arremetiendo contra nosotros, someterán a algunos y dirán que sus investigaciones los
trajeron hasta este lugar, y que los sospechosos ya están siendo
interrogados.

¡Qué absurdo!, ¿acaso ya olvidaron que hace apenas
unos meses reportamos lo que estaba pasando? Le mostramos
al hombre del gobierno que no teníamos agua ni para beber, no
hay trabajo y muchos se han tenido que ir a soportar el maltrato de los gringos para ganarse unos pesos, y todo lo aguantan para que sus hijos no se mueran de hambre. Le exigimos que se ocupara de los niños que se estaban enfermando por andar entre la suciedad, pero lo único que obtuvimos fueron gestos de rechazo y palabras grotescas del individuo de la corbata de rayas.

Ni siquiera se tomó la molestia de anotar, sólo rumió y se alejó dejándonos parados como tontos. A mí me invadió el coraje, porque sólo pedimos lo que nos corresponde, una oportunidad para no vivir entre tanta inmundicia. Pero ellos qué van a saber, si lo que les sobra es dinero para darse la gran
vida. Además, el sujeto alegó que el lugar donde vivimos es
muy peligroso, sobre todo al pasar por el puente de La Milagrosa donde arrojaron a la niña. Le pusieron ese nombre porque dijeron que allí había ocurrido un milagro.

A no ser porque no nos hemos muerto por tanta carencia, en ese lugar jamás ha ocurrido nada. Por lo demás, el antiguo puente sirve de techo
para muchos que nunca han sabido lo que es tener un hogar de
verdad. A los lejos se pueden ver colgando cobijas roídas, camas de cartón sobre la tierra y montones de trapos mugrosos y viejos, ni siquiera se le puede llamar ropa, pero pues ni hablar, con eso se cubren los que viven allí.
Nos regresamos muy desconsolados aquella vez por el rechazo del hombre del gobierno. Y todavía tenemos que soportar que nos acusen de asesinos. ¡Claro, no fuera alguien de aquí el difunto, porque nadie le daría importancia.


Hoy no he salido a la calle, aunque estoy fastidiado, no quiero que me agarren los uniformados. Estoy seguro que sin investigar me encarcelarán. Aun así, necesito arriesgarme, debo ver a Violeta y evitar que vuelva a hacerlo…


Las investigaciones dicen que el hombre que asesinó a
la niña tiene una seña muy particular, además de un bigote
abundante y barba espesa, su cabello lo lleva relamido hacia
atrás, y lo más importante, tiene un ojo de color negro, y llama
la atención que el otro tenga una apariencia extraña; dicen que es transparente, y que tal vez, ni siquiera le sirva, su cuerpo es
corpulento y tiene el rostro apagado.

Maligno, dicen las autoridades. Lo recuerdo bien, conocí a Violeta la noche en que bailaba bajo el puente, decía que sería una gran bailarina, de esas
que se presentan en los teatros de lujo, y embriagan a los asistentes con sus movimientos, también fue la primera vez que ella fumó mariguana. Se la ofreció el Pisaverde, él es el vicioso más afamado del barrio, aparte de vender la droga, se embrutece fumando hasta desplomarse inconsciente. No tiene escrúpulos, le da la droga hasta a los más pequeños, incluido
su hermano de apenas seis años, que ya no puede permanecer
tranquilo sin fumarse un cigarrillo de hierba. Violeta tendría
apenas doce años cuando selló su destino.


Volví todas las noches durante dos años, siempre traté
de protegerla para que no se enviciara, pero jamás me aceptó.
A veces se detenía, avergonzada de que la viera tan mal, pero
aun así seguía metiéndose esa porquería en el cuerpo. Tenía
que conformarme viéndola bailar y fumar. Le ofrecí mi casa,
pero ella decía que no quería recibir mi lástima, y que prefería
vivir acompañada por el resto de los vagabundos, soportando
el frío que los azotaba todas las noches. –Soy como ellos –, me
dijo.


La policía está muy cerca, ya interrogó al Pisaverde.
Aseguran que él ya dijo la verdad, lo sometieron golpeándolo
hasta casi matarlo y así no hay quién soporte, no le quedó más
remedio que decir en dónde está el asesino. No lo culpo, aquí
cada quien se cuida como puede, y si salvó su vida hablando,
ya nada se puede hacer. Yo debo ser más cuidadoso, las autoridades están armando todo para acusar a un inocente, y pues no
me vaya a tocar la mala suerte.
Encontraron a Violeta muerta bajo el puente, dicen que
no aguantó toda la droga que se metió. La desesperación se adueñó de sus actos cuando le dijeron que estaba embarazada, y no supo que hacer. Aunque creo que ella ya estaba muerta desde hace mucho tiempo atrás, nació y murió ignorada.


Todos afirman que el hijo era del Pisaverde, él siempre
aseguro que Violeta sería suya, por las buenas o por las malas.
¡Desgraciado!, de haber sabido la clase de alimaña que es, no le
hubiera confiado mi secreto, pero no pude aguantar la presión
que sentía en todo el cuerpo, y busqué a alguien para contárselo, pensé que era de fiar. Si pudiera, yo mismo lo mataría.
Regresé unas semanas después, quería impedir que el desenfreno en el que se encontraba Violeta acabara con su vida, la amaba y siempre traté que ella me aceptara.

En verdad anhelaba que ella fuera mi hija. Fui a rogarle al hombre del
traje y corbata a rayas para que la ayudara, pero él se burló de mí, dijo que los muertos de hambre como yo sólo damos problemas, que no lo fastidiara. Antes de salir de aquel lugar, noté que el hombre abrazaba cariñosamente a una niña de pelo largo y extremadamente arreglado.


Ya no puedo hacer nada, aunque me corté el cabello y
la barba, ¿cómo ocultaba este rasgo que me hace tan distinto,
estos ojos con los que me parió mi madre

Por: Eduardo H. González