La reforma político-electoral y el mito del fascismo mexicano
El Periquillo sigue sin dar un hit
En su Reforma regresiva, el Periquillo pretende hacer una por demás forzada analogía, a la manera de un Procusto —quién obligaba a sus víctimas a dar la medida en su lecho de hierro, ya sea rebanándoles las piernas o estirándoselas hasta romperles las coyunturas—, entre el fascismo italiano y el México actual.
Morlino demuestra que ese régimen sólo existió en las particulares circunstancias de la Italia de la época y que el concepto no se puede aplicar a otras realidades. ¿Cuándo hubo una marcha sobre la CDMX del Movimiento de Regeneración Nacional (MRN)? Y, que se sepa, al actual partido en el gobierno nadie le regaló nada. Las dos elecciones que ganó en 2018 y 2024, han sido las más correctas en la historia de la democracia delegativa liberal de masas mexicana. Los rasgos que la describen son los de una democracia fuertemente mayoritaria, un partido dominante poco disciplinado, un fuerte liderazgo, un sistema de representación proporcional y una sociedad civil semiautónoma.
En un viejo libro de Jean Meyer, el autor afirma que el verdadero “fascismo mexicano” lo tuvimos durante el cardenismo.
La banalidad que cita el Periquillo —que quienes no recuerdan la historia están condenados a repetirla, de Santayana— le viene muy bien a su obsesión de que el actual régimen, al “demoler” la democracia, se encamina a la dictadura perfecta, al partido hegemónico, etcétera, etcétera.
Hegel, en cambio, nos dice que lo único que nos enseña la historia es que de ella nada podemos aprender.
El Periquillo sigue sin entender que la historia no se repite.
Esos regímenes autoritarios que aparecieron con posterioridad al 17 soviético en Occidente, fueron barridos —incluido el “viejo PRI”— con las dos olas democráticas que sobrevinieron posteriormente.
Con las democracias liberales de masas surgidas en la segunda posguerra se construyó una nueva teoría política de la poliarquía, que da cuenta de estas nuevas realidades. Seguir empantanado, como le sucede al Periquillo, en todas esas grotescas novelas que se han escrito por aficionados sobre México —La herencia o La presidencia imperial— o los dichos de Vargas Llosa, se acepta como divertimento, pero traer todo eso al debate de hoy es ocioso. En lo que concierne a la reforma electoral, por supuesto que es totalmente pertinente, contrario a lo que afirma el Periquillo.
Hasta tiempos muy recientes se logró que México pudiera calificar como una democracia en los registros internacionales. Para lograrlo fue necesario que se armara una gigantesca feria: llegó a decirse que la democracia mexicana era la más cara del mundo. Se desembolsaron recursos en abundancia para los partidos políticos, las campañas electorales, la propaganda mediática e impresa, los árbitros y un parlamento patológicamente hipertrofiado —en San Lázaro se construyó un recinto colosal—. Se aumentó hasta la exageración, sin medir gastos, el número de representantes populares, so pretexto de propiciar el pluralismo político, y la gran moda de la proporcionalidad —no imprescindible en una democracia— en la representación: los plurinominales.
Todo esto facilitó que se colara una gran cantidad de “personajes basura” en el mundo de la política: individuos ignorantes, con un historial de corrompidos y corruptos, estúpidos y aún de lunáticos candidatos al psiquiátrico. Es vergonzoso que las dos Cámaras, por momentos, se vean convertidas en un verdadero circo de payasos, dementes y porros. Esperamos que a todo esto se le ponga un hasta aquí con el proyecto de reforma político-electoral que está por discutirse en el Congreso, tanto en la cámara de origen como en la revisora.
