Me lo mataron, jefe, me lo mataron
Yo era sordo, yo era mi perro muerto que tenía un machete, yo no era yo, era él, mi perro ahorcado, mi perro amarrado de patas y de boca, yo era él.
Yo era sordo, yo era mi perro muerto que tenía un machete, yo no era yo, era él, mi perro ahorcado, mi perro amarrado de patas y de boca, yo era él.
Quién sabe si Ana Arcos
sea una malla paramétrica
Necesitaba morirse. Sí, él quería morirse, y no lo culpo. Por eso lo maté: porque me lo pidió, porque me lo suplicó.
…y aunque me duela la vida
no me pesará mi muerte…
Le cambiaremos el nombre a las cosas por Sebastián y solo así, Sebastián nunca habrá muerto, nunca se enterará de que se ha muerto.
Quién sabe si en otra vida, quién sabe si en otra muerte, volveremos a encontrarnos…
Y todos, como hormigas, tomamos rejas vacías y nos colocamos bajo los manzanos, como si les rezáramos, como si les pidiéramos perdón por quitarles sus manzanas.
Me senté en la fuente para tragarme a las jacarandas con la vista. Las últimas flores caían, dolorosas, tristes. Los transeúntes pisaban y remataban a las flores y no sé, me pareció que debía fumar para contemplarlo.
Ya bien frío, sin nadie que alegara por mi muerte, dos tipos de uniforme, maleducados, sin presentarse, me hicieron firmar unos papeles. Me alegaron que si no firmaba, así de sencillo, no podían trasladarme hasta la morgue; y que les diera pa’ las cocas, o una chinga. Por eso ya morido, inhábil, todavía fresco, acepté todos sus términos: “tengan sus doscientos, pa’ los chescos”; y les tuve que firmar todas las responsivas, pensando: “ahora sí, mundo, al cabo ahí te quedas”.
Y los más viejos de todos / que alguna vez fueron niños / renacen en la garganta / de la loca que ha venido / para cantarles canciones / de sueños que no han vivido…