Narrativa

Me lo mataron, jefe, me lo mataron

Me lo mataron, jefe, me lo mataron. Y no me justifico, pero él, ¿qué mal les hacía? Dígame, ¿qué mal les pudo haber hecho?

Apenas si ladraba el pobre, apenas si andaba con sus cuatro patas de viejo, con sus ojos que a duras penas le ayudaban a distinguir el agua y la comida.

¿Que lo dejé salir a la calle? Es cierto. Porque siempre le di sus horas de sosiego, para que no sintiera nuestro confinamiento de nosotros, de nosotros que nos encerramos del mundo, y ahora vea, vea nomás lo que le han hecho.

Le había prometido que nos moriríamos juntos, así, de viejos y olvidados, que no lo dejaría morirse solo y mire nomás cómo lo he encontrado.

¿Que no sabían lo que hacían los muchachos? ¿Que la bebida? Yo no sé, jefe, pero me lo mataron, me le amarraron sus patas con alambre, me le amarraron su boca y, a punta de patadas y de piedras, todavía le echaron lumbre, jefe, y se burlaban, se reían de su maldad los hijos de la chingada.

Y no es cosa mía, jefe, todos me lo dijeron, cuando regresé a buscarlo, cuando se me hizo mucho el rato que andaba afuera. Le hablé largo rato, salí a cortejar su ausencia, porque era mucha, porque yo estaba desacostumbrado a tanta ausencia suya, y ya no lo hallé, ya no escuché su ladrido, hasta que Olga vino, cuando ya me vio desesperado y me lo dijo, así nomás: “Ya no lo busques, está en el terreno de los Gutiérrez, ahí está”.

Eso me dijo Olga, pero no me dijo lo demás, que lo iba a encontrar, ya, más bien lo poco que quedaba de él, apenas rastros negros, apenas huesos y alambres. Miedo, tristeza, el dolor de hallarlo así, jefe. Y el corazón me dolió más que la muerte de mi padre, y le lloré, le lloré porque nos íbamos a morir juntos, eso le había prometido.

Como pude junté lo poco que de él quedaba, huesitos y pedazos de su carne, en un costal, y me lo traje a mi casa, su casa de él. Le pedí perdón por dejarlo morirse así, mientras le hacía un enorme agujero en el patio de las gallinas, ¿ya ve?, no había para más, pero así lo hice y le juré venganza, se lo juré.

También fue Olga quién, a fuerza de sí, me dijo quiénes habían sido, esos tres a los que ahora les están llorando, esos meros.

Todavía estaban borrachos cuando los encontré, porque me dijeron por dónde hallarlos, también en un terreno lejos, y no les tuve la piedad que no tuvieron.

No pudieron defenderse, ¿cómo? Si apenas podían estar en pie, y asimismo, con el coraje de mi alma, y con el machete con el que corto hierbas, les abrí sus cuerpos, les corté las manos, sus caras, esas caras horrendas de asesinos, esas caras que todavía siento que veo, pidiendo perdón, sabiendo quién era yo, porque lo sabían, y yo era sordo, yo era mi perro muerto que tenía un machete, yo no era yo, era él, jefe, mi perro ahorcado, mi perro amarrado de patas y de boca, yo era él, sintiendo la gasolina arder sobre su cuerpo, yo era él pidiéndole piedad a esos asesinos, muriendo, dolido, pidiéndole a Dios auxilio; y los corté a machetazos, y ya heridos, a todos los amarré con alambres, de pies y manos; después, también los bañé de gasolina, todavía vivos, y así, así les prendí lumbre. Ya no me quedé a verlos, pero sí, sí fui yo, y no me arrepiento de nada, jefe, no me arrepiento de nada

El Fortino

Soy originario de Vicente Guerrero, Durango, México. Tengo la edad de 37 años. Egresé de la Universidad Autónoma Chapingo en el año 2013, donde cursé una licenciatura en Economía Agrícola. Me han publicado en algunas revistas como 'Salmón', 'Cisne', 'Nocturnario', 'Herederos del Caos' y, recientemente, en 'Trinando' y en 'Puerta Blanca Ediciones'. En el mes de julio obtuve una mención honorífica en el Premio Nacional de Poesía Infantil Becky Rubinstein 2022. En 2018, fui seleccionado para una compilación del Concurso Nacional de Cuentos Campiranos Marte R. Gómez, de la Universidad de Chapingo.

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