La hora mágica de Miguel Ángel Leal
El título La hora mágica corresponde más bien a un libro de relatos y cuentos de alcohólicos que a uno de añoranzas beisboleras. El concepto “hora mágica” fue popularizado hace unos 30 años en la película de alcoholismo titulada Días de vino y rosas que fue protagonizada por Jack Lemmon y Lee Remick. Ellos formaron pareja y él gustaba mucho del chupecín; era un empleado de nivel mediano en una empresa y, cuando llegaba la hora de la salda, siempre se refería a “la hora mágica” como aquella de tomarse el primer trago del día. Cuando se hallaba en casa en compañía de su adorable mujercita, el protagonista iniciaba la ronda alcohólica refiriéndose al momento del primer trago como “la hora mágica”.
No voy a contar la película, es que el título del libro de Miguel Ángel Leal Menchaca trae esa evocación inmediata y, ¿por qué no? Hay que confesar que muchos, muchísimos utilizamos esa expresión en vez de “la hora
del amigo” o… “de la amiga”, que puede ser cualquier hora del día.
A lo que se refiere el autor de este libro con el título es a la hora de iniciar la transmisión radiofónica del béisbol; título de un cuento pero también designación del tema del libro que nos ocupa, pues a lo largo de éste el béisbol ligado a la niñez y adolescencia del narrador está presente. El autor
nos relata sus experiencias como beisbolista no profesional, entreveradas con anécdotas lejanas del deporte profesional, evocaciones de algunas estrellas del lanzamiento o del batazo.
Diez cuentos conforman este libro que habla bien de la madurez del autor como escritor. He leído otros de él, pero éste me parece el más logrado. Cuentario redondo, completo, así en su prosa como en el manejo de la anécdota.
Arranca la pasión por el béisbol desde su natal Fresnillo, Zacatecas, siendo un niño, cuando sólo es un espectador, cuando tiene que ingeniárselas –junto con su hermano– para colarse al diamante y ver en acción a sus héroes del equipo local.
Entre cuento y cuento, entre batazo y batazo, entre hit, ponche y carrera, Miguel Ángel nos va entregando su niñez, adolescencia y buena parte de su juventud. Pero también entrevera sus preocupaciones por el deterioro de la sociedad a la que pertenece y su temor por un final infeliz de México.
En el texto “De maistro a maestro”, hace, en un párrafo excelente, una revisión relámpago de su vida, y nos confiesa: Me veo, me veo,…me veo y no lo creo. Por más esfuerzos que hago no logro cristalizar esa contemplación que el tiempo ha empañado, echando encima sus horas, sus meses y sus años … sus largos años, que finalmente se fueron. ¿Qué pretendo ver? No lo sé con certeza: al profesor casi senil que está frente a ustedes, acaso el más viejo de la Academia de la Comunicación y de la Lengua, el mismo que viera su primera luz como profesional en estos muros, entonces recién encalados, qué digo, recién levantados.
Veo al autor de una decena de libros de escasa difusión y que ha impartido clases en varias universidades. A un desconocido en el medio editorial, pero que piensa, ilusamente, que después de su muerte la gente se asomará a sus libros, tal vez el primer año. Después, como muchos de los escritores que ha conocido, incluso los más célebres, todos le irán echando tierra y pasará a los terrenos del olvido. A la rotonda de los hombres sin lustre. A través de este cuento Miguel Ángel nos entrega una visión pesimista de sí mismo.
Confiesa por un lado, que ha alcanzado un status económico muy aceptable a través de su profesión académica. Pero en contraparte, también confiesa que su oficio de escritor no ha tenido los alcances deseables. Se siente casi senil porque acaba de cumplir los 60 años. ¡Pero le quedan al menos dos décadas de producción literaria! Y si se jubila pronto, podrá dedicarse de tiempo completo a escribir. No hay por qué verlo todo negro.
Hoy, en este momento, se halla presentando un libro en la famosa fil de Guadalajara regenteada por los hermanos Pandilla. ¿cuántos escritores, bisoños o veteranos, aún no han logrado algo semejante? Mi querido Miguel Ángel, aquí donde tú me ves, ésta es la primera ocasión para mí también.
Si no mal recuerdo vine por primera vez a la fil de Guadalajara en el 2004, hace seis años, pero no pasé de la puerta. Vine en compañía del poeta Orlando Guillén a realizar una huelga de hambre en el jardincillo que está a la entrada, junto a la calle. Pusimos una manta donde protestamos por el trato injusto, arbitrario y cruel a que nos sometía la siniestra Cantante de Rancheras, cuando era directora del Fondo de Cultura Económica; armados de un rudimentario equipo de sonido, hacíamos volar nuestras voces. Nos entrevistaron dos o tres periodistas culturales y dimos ahí mismo una entrevista grabada radiofónica.
Diez días completos y no pasó nada. Yo deserté a los cuatro días, Orlando siguió hasta el cierre de la Feria y…no pasó nada. No conseguimos conmover a la Cerda del Ajusco y tampoco provocamos una reacción general de simpatía hacia nuestra causa. Ninguna adhesión de las docenas de escritores que pasaron frente a nosotros, ninguna nota nacional, si acaso alguna nota corta perdida en algún periódico tapatío.
No es fácil llegar a sentarte en una mesa y tener un público aquí dentro. No es fácil figurar en el programa general. Y tú, lo has logrado. Yo también, hasta ahora pese a ser un jovenazo de tan sólo 81 añejos. ¿Qué tus libros son de escasa difusión? También los míos. Querido Miguel Ángel, hay una legión de escritores más jodidos que tú.
Paciencia, día llegará de tu reconocimiento. Pero no esperes que por la calle las chicas te persigan para que les des su autógrafo. Si no eres el Chicharito o Luis Miguel. Vives en un país de analfabetas absolutos y de analfabetas funcionales. Vives en un país donde hacerse oír de las grandes editoriales cuesta un huevo y la mitad del otro.
En un país donde las grandes editoriales se reúnen en este recinto para apapachar a un grupito de escritores consentidos que siempre son los mismos. Donde se consagran año con año los mismos. ¿A quién le dieron este año el premio nacional de artes correspondiente a literatura? A Gonzalo Celorio, sujeto que desde siempre ha estado inmerso en la grilla, sujeto que publica libros por sus relaciones, no por su excelencia, la cual deja mucho que desear. También a Nacho Solares, que pena tener que compartirlo con un sujeto tan indeseable.
Maestro, que no “maistro”; orgullosamente maestro lo manifiestas en tu libro y dices: Por eso aunque me veo y no lo creo, en el ocaso, no puedo menos que sentirme satisfecho. No sé si triste o alegremente satisfecho, pues mi vida y mis esfuerzos han sido siempre canalizados en la atención de la juventud, y no pueden ser estériles, porque me lleno de orgullo cuando salgo a la calle y veo que muchos de ellos son profesionales exitosos y brillantes, y que en lo más íntimo de sus ser florece, ocasionalmente,
un recuerdo a esta institución y a quienes la vimos nacer y la fortalecemos diariamente con denodado esfuerzo. Magnífico.
Pero volvamos a tu libro, me llamó poderosamente la atención el texto titulado “Lo importante es ganar o no competir”. Aquí, en este texto, hay un brillante análisis de la realidad nacional. Por un momento el autor deja en segundo término el béisbol y dedica su atención al fútbol soccer. A través de
este negocio llamado deporte, nos pinta una deplorable realidad mediante un diálogo entre un defensor de los ratoncitos verdes y un detractor no tan sólo de ellos, sino de todo lo malo que acontece en el país, que no es poco.
Es un ejercicio de dialéctica pura, muy chispeante, pues el diseño coloquial es populachero, como para que lo entiendan hasta los analfabetos potenciales. No es que la Selección Nacional, los ratoncitos verdes, sean malos y jamás hagan un papel relevante en los torneos mundiales, lo que sucede es que ese deporte-negocio está deteriorado por el abuso de los intereses bastardos creados a su alrededor, al igual que el país, entonces no importa que sean perdedores natos, la publicidad a través de los medios
hace creer que son buenos, que esta vez sí harán un papel brillante, hombre por hombre son mejores que los mejores del mundo.
Luego vienen las derrotas y la justificación a través de la televisión, sobre todo, para que el interés en el fútbol nacional no decaiga, no se pierda, y otra vez resurgen las esperanzas de que la próxima es la buena. Y concluye Miguel Ángel que: “para fabricar pendejos este país se pinta solo, ahí sí, no
hay quien nos gane…”
Para terminar esta intervención quiero referirme al texto titulado “Los bárbaros”, penúltimo del libro. El título no es el apropiado, pero el cuento es soberbio. Debió de titularse ¡Ni modo! El gobierno nos ha hecho así.
Lo cierto que el texto no se aparta de la temática general del libro, se trata de béisbol, pero no del juego en sí, sino de lo que acontece en su parafernalia.
Y si hay bárbaros, bestias peludas, depredadores, feroces, hinchadas de poder, del pequeño poder que da un uniforme, una placa, una macana o una pistola, pero poder al fin y aplicado de la peor manera, como para torcer destinos, como para opacar vidas. Este cuento es la minúscula radiografía de lo que acontece en todo el país, y miren que es un
cuento de tiempos pasados, quizás 30 años hace de los sucesos ahí relatados que no son de fantasía sino de cruda y amarga realidad.
Una pesadilla en los campos llaneros de béisbol. O del fútbol, que para el caso da lo mismo. Pero de béisbol tratamos y en los beisboleros fue. Ese espacio pequeño, de cuatro o cinco diamantes beisboleros rústicos de pronto es invadido por los bárbaros, los salvajes, los desalmados diablos azules que la gente teme nomás al verlos: los policías, los de a pie, los de patrullas, los de autobús granaderil.
Una horda desatada sin ton ni son sobre la gente y jugadores, una
horda que va en pos de la rapiña y la satisface amplia y cumplidamente.
Si sacamos una amplificación gigante de esa radiografía tomada por Miguel
Ángel Leal Menchaca hace tanto tiempo, comprobamos azorados que la civilización no ha llegado a este país, dominado por los bárbaros.
Y que, estamos jodidos, pues México sigue hundido en el peor de los tercermundismos, pese a que en el extranjero sus portavoces andan proclamando que ya somos civilizados, que estamos en el umbral
del primer mundo y que la guerra contra el narco la tenemos ganada. No señor, la verdadera guerra, nos dice el cuento de Miguel Ángel , está declarada entre el gobierno y el pueblo y, en efecto desde hace 30, 40, 70
años la tiene ganada el que manda.
Cuento para reflexionar hondamente, cuento para pensar en nuestro voto del 88, en el del 2006, que nos dieron gobiernos terriblemente rapaces. Cuento que nos lleva a una pregunta desoladora y angustiante. ¿Y en el próximo 2012, por quién vamos a votar?
Por: Gonzalo Martré
