LiteraturaNarrativa

No olviden al gordo

Era de esas noches que recuerdan el diluvio. Lluvia desaforada de gotas
gélidas y constantes. Estacionado a la entrada del conjunto habitacional, un hombre cavila profundamente; manos firmes en el volante. La luz
de un vehículo en movimiento le pega de frente, dejando al descubierto
las facciones de un rostro contrito; luego, pasa de largo por los asientos
de piel y los vidrios traseros. Lentamente, el hombre desempaña un poco
la ventana de su costado; en realidad, sólo un pequeño espacio por el que
apenas logra mirar su apartamento en el cuarto piso. Antes de que el vapor empañe nuevamente el cristal, un rayo aclara por instantes el entorno:
aparecen sauces medianos y, a lo lejos, el segundo piso del periférico; el
trueno que le sigue impide que el hombre escuche los toc-toc en la puerta
del copiloto.
El vigilante de la privada de apartamentos vuelve a chocar sus
gruesos nudillos contra la puerta del vehículo.
–¿Se encuentra bien, don Aurelio? –pregunta.
–Sí… por supuesto.
–Disculpe que lo haya venido a molestar; como lo vi estacionado
desde hace tiempo y no bajaba del carro, pensé que podía necesitar algo.
–Muy amable. Estoy bien.
–¿Entonces ya le abro el portón?
–Por favor.
El vigilante mueve con torpeza su robusto cuerpo. Aurelio, tras
estacionarse, baja del Mercedes y se guarece de la lluvia a la entrada del

edificio en que vive. Decide no entrar todavía y enciende un cigarro. Frente
a él, todas las luces –exceptuando una– están apagadas. Aurelio descansa la
vista sobre la luz de aquel otro edificio por algunos segundos; inmediatamente después, vuelve a lo suyo. Adentro, en la habitación iluminada, una joven
pareja discute por los motivos de siempre:
–¿Hasta cuándo, Gabriel, hasta cuándo? –dice ella–. ¿Es que no te
cansas de no hacer nada?
–No te desesperes, bonita. Ya te he dicho que esto es común en cualquier proceso creador. Es cuestión de vencer la hoja en blanco. Claro que con
tus comentarios no ayudas mucho.
–Ay, Gabriel, ¿qué va a ser de ti si tus padres deciden no mantenerte
más? Podrían decidirlo de la noche a la mañana, y con justa razón. Entiéndelo, ya no eres un jovencito.
–Lo sé, amor, lo sé.
–Recuerda que decidimos que hasta que cumplieras los treinta… y
tienes treinta y tres.
–¿Decidimos? ¿Decidimos quiénes?
–Por favor, Gabriel. Quedamos que si no escribías algo bueno antes
de los treinta, trabajarías ahora sí en cualquier cosa (aunque si bien eso no
implicaba que tuvieras que dejar de escribir)… Amor, sé lo que esto significa
para ti, pero ponte en mi lugar: estoy harta de regresar al departamento y
verte echado con la misma ropa que te dejé en la mañana, con la que te vi
ayer, y anteayer, y todo el maldito mes. Al principio pensaba que estaría bien
salir a la calle contigo únicamente los fines de semana, estaba convencida de
que pronto vería publicado un poemario, una novela tuya. Acéptalo, nunca
pasará.
–No digas tonterías.
–Y no pasará porque no hay nada que publicar. Eres un escritor que no
escribe. ¡Vaya ocupación la tuya!
–¿Qué te pasó, Saray? Antes tú también amabas la literatura.
–Te equivocas, Gabriel. La sigo amando. Si algo cambió, no fue mi
gusto por la lectura, sino reconocer que no soy poetisa. En la universidad, tus
poemas los encontraba exquisitos, y en verdad lo eran. Quizá por ello me enamoré de ti. Pensaba que si yo no podía llegar a ser una escritora de renombre,
tú sí lo harías… Debemos aceptar la realidad: a tu edad, tus máximos logros
han sido algunos textillos en revistas sin importancia.
–¿Sabes que no todos los buenos escritores tuvieron éxito con sus primeros escritos, que muchos además empezaron publicar aún más grandes
que yo?
–Sí, lo sé; de lo que no estoy segura es de que todos hayan vivido a
costa de sus padres, sin hacer absolutamente nada productivo.
–Ya entiendo, lo que deseas es que me frustre, que abandone mis sueños.
–Esa respuesta me hubiera impresionado hace cinco años, pero la has
gastado tanto que sólo me da risa… y lástima. Eres como un niño, como un
adolescente; ya ni siquiera me haces el amor. Mírate en el espejo, repara en

tu edad y en la mía. Sé hombre. En nada se relaciona el ser autosuficiente y
enfrentar tus responsabilidades con abandonar tus sueños literarios.
–¿Has dicho que ya ni siquiera te hago el amor? Repite esa parte.
–Lo importante es que debes ser autosuficiente. Existen becas para
artistas y creadores. No has obtenido ni una sola… debes reconocerlo.
–¡Que repitas lo del sexo! Todo tu reclamo viene a que sigues siendo
la apetitosa insaciable que conocí en la facultad.
–¡No seas idiota! Mide tus palabras o me largo.
–Ya veo, no eran mis versos lo que te gustaba de mí, sino como te lo
hacía… eres una… eres una… una…
–¿Una qué, poeta machista de tercera? Estoy harta de ti y de tu mal
carácter. Eres un bebito chillón, anda, ve con tus papis. Sigue en tu mundo
de fantasía. Yo me largo, y ojalá que encuentre un verdadero hombre en el
camino.
El vigilante, que a esas horas de la noche come una rebanada de pastel, ve salir a paso acelerado a la joven del 304 A; en seguida, al novio que
corre tras ella. Intenta decir algo pero se atraganta con el bocado. Por un
momento, piensa en seguirlos; al mirar la lluvia que no merma, cambia de
opinión. Esto no está dentro de mis obligaciones, se dice. Finaliza la rebanada de pastel. A la mano, sobre el mostrador, yacen un paquete de gomitas y
otro de cacahuates japoneses: opta por las pasitas achocolatadas que guarda
en la bolsa de la chamarra. Se recarga en la puerta para comerlas. Al mirar
su mano con las pasitas, algo le viene a la mente. Permanece inmóvil unos
segundos. De pronto comienza a hablar en voz baja hasta que finalmente ya
está casi gritándose a sí mismo:
¿Qué es esto? ¿En qué momento? Otra vez… ¡Maldición! Tantas dietas
mandadas al carajo. Ni siquiera me doy cuenta en qué momento vuelvo a ser el
mismo tipo de antes, el que tanto odiaba. ¿Estoy destinado a ser un glotón empedernido? Si es así, para qué tantos esfuerzos de mi parte… claro, lo olvidaba: porque sufro inmensamente. No logro controlar mis impulsos y mientras
más me dejo llevar por ellos, más me arrepiento después. Es una cadena de
pesadumbre y, aun así, todavía me conduzco de la forma que me hace infeliz.
En este punto, arroja al cesto de la basura las pasitas que tiene en la
mano y maldice por segunda ocasión.
Si ya no deseo saciar mi gula, ya no entregarme al mundo de los antojitos, las garnachas y los dulces, ¿por qué mi cuerpo no me lo permite? ¿Por
qué incluso hace un momento hacía lo que más detesto? Pareciera que mi
glotonería fuera más fuerte que yo, que ella rigiera mi cuerpo y mis acciones.
No una, ni dos veces he luchado por deshacerme de mis descarriados hábitos
alimenticios. Las mismas veces que lo he intentado, he recaído, he fracasado.
El avance en mi conducta es únicamente una ilusión, pues al final no sólo
vuelvo a ser el mismo de antes, sino alguien peor. ¿Para qué intentarlo de nuevo? ¿Para que se burlen de mí, para que a mis espaldas anden con habladurías:
que soy un falso, un gordo reprimido? Que digan lo que quieran; al fin y al
cabo, tengo derecho a dirigir mi vida… ¿pero en verdad la dirijo o son mis
vicios los que la controlan?

¡Vaya, pero en qué pensamientos me revuelvo! Y todo por un apetito
insaciable, por hábitos que son más fuertes que mi voluntad y que terminan
por destrozarme la vida y hacerme infeliz… Infeliz, eso es. La felicidad debiera ser el objetivo de todo ser humano, así lo creo; si no estuviera convencido
de ello, me dejaría llevar por mis impulsos como un animal, como una bestia
sin libertad de elegir cómo comportarse. Mientras tenga fuerza y conciencia
seguiré intentando alejarme de las cosas que me lastiman. Seguiré avanzando. Porque, ahora que lo pienso, no hay retroceso en cada recaída. Bueno,
reconozco que el cuerpo comienza siempre de cero, mas no así la mente, el
espíritu que ha experimentado el goce de vivir conforme a los propios ideales.
Quedarme tumbado, por lo tanto, representaría una frustración y una desdicha aun mayores al comparar mi vida nuevamente descarriada con lo que ya
había logrado. Sé de lo que hablo, lo he experimentado en carne propia, sé lo
que digo y ya veremos si no lo vuelvo a intentar. Muchos pusilánimes de mi
barrio me han dicho que detrás de cada culposo hay un exigente, que esa es
la verdadera razón de mi infelicidad y que de paso joderé a mis conocidos
exigiéndoles lo mismo que a mí. ¿Qué saben ellos de mis angustias y de mis
sueños, así como qué sé yo de ellos? ¿Qué podría exigirles si yo más que
nadie sé de la dificultad de dominar los impulsos y la voluntad? Es que son
más los que desean que uno no emprenda el camino de la autorrealización
porque de esa forma ellos se sienten seguros; justifican sus hábitos y disfrazan
la envidia a que otros lo intentemos preguntándose “para qué empezar dietas
si al final –mírate, me dicen– sigues siendo el mismo o incluso un gordo más
ansioso”. Venga, tienen razón, no lo niego. Además, me gustan las críticas
constructivas, pero, eso sí, que se vayan al diablo los que lo hacen por cobardía, los “¿por qué se comporta así: se siente especial o qué se cree?”; a ésos
les digo que al menos yo me esfuerzo. Óiganlo bien: puedo pedirles consejos
en muchas cosas, pero jamás les pediré permiso para ir en pos de mis metas.
Dejar mi glotonería no depende sino de mí y solamente de mí. Los amigos y
familiares que me apoyan no estarán cuando pase junto a un puesto de tacos,
ni cuando alguien me ofrezca (con buena o mala intención) invitarme al pozole. Voluntad, sólo eso. Está en uno mismo y nada más.
La lluvia ha cesado. Las pocas gotas que aún caen cerca de la entrada
de la caseta son producto del viento que agita las ramas de los árboles.
Puedo no asistir a fiestas y comilonas –continúa el vigilante– esconderme de taquerías, antojitos, botaneras, pero tarde o temprano habré de enfrentarme a mi enemigo. Lo sé, no puedo escondérmele eternamente. Por
esconderme he fracasado las últimas ocasiones. Caiga sobre mí la responsabilidad; en cambio, si algún día triunfo, entonces que sean partícipes los que
creyeron en mí y todo aquel que luche contra el mismo problema, para que
confíe en sí mismo y… y… ¿Pero qué estoy diciendo? ¡Ah, conque aquí estás
de nuevo! Conozco tus recursos, gula maldita. ¡Qué si los conozco!, como
que he luchado contra ti muchos años de mi vida, hija del demonio. Lo sé a
la perfección: le llenas a uno la boca y la mente con ideas de voluntad, de sí
se puede, de optimismo; sabes que el cuerpo es débil y que terminaremos por
recaer. Seguro que ríes en los momentos en que nos sentimos tan audaces.

Al menos así te imagino. La experiencia me ha enseñado que uno no debe
confiar en estos instantes de ímpetu, porque los conocimientos que no se
llevan a la práctica son sabiduría efímera. Se debe estar atento, con voluntad
y acciones.
También sé que, una vez extraviado el sendero, metes en nosotros excusas para conformarnos, autocomplacernos y abandonarnos a ti nuevamente.
Sí, antes me justificaba para perdonarme, olvidarlo y aceptar una existencia
llena de tamales, ronquidos ensordecedores, fatiga al caminar, altos niveles
de azúcar en las venas; me decía que quizá algunos nacemos marcados, que
para qué luchar. A ver, ¿por qué no tenía ideas de este tipo cuando seguía mi
dieta felizmente? ¡Ah, te atrapé, desgraciada! No tenía esos pensamientos
porque éstos llegan cuando recaemos, sólo ahí, como si el vicio regresara con
mayor fuerza, con más recursos para que nos abandonemos a él completamente sin darnos cuenta, aumentando después mil veces las tristezas por las
que habíamos decidido cambiar. Así me ha sucedido.
Pero hoy conozco a mi enemigo, acepto que todo mi cuerpo le rinde
tributo. Y no es que esté peleado con mi cuerpo, sencillamente es que en
un momento de mi vida dejó de obedecer mis deseos; mejor dicho, en un
momento de mi vida lo dejé a su antojo, me olvidé de él, le di rienda suelta a
sus caprichos y sólo después, cuando fui infeliz a causa de ello, me di cuenta
de que ya no era dueño de mis impulsos corporales. Cualquier justificación,
ahora que sé todo esto, no sería sino una coartada para no tener que enfrentarme con la responsabilidad de ser libre, de elegir cómo vivir y cómo comportarme. No soy esclavo ni de mi cuerpo ni mucho menos de la glotonería.
Soy libre y sólo hace falta ejercer mi albedrío. La virtud no radica en estar
imposibilitados a los malos deseos, a mis apetencias, porque entonces sí que
no sería libre; la virtud radica en –aun habiendo en nosotros esos deseos que
no nos gustan– poder elegir satisfacerlos o no, darles importancia (y por lo
tanto dominio) o no…
A esa altura de su reflexión, el vigilante ve venir de regreso, abrazados, muy contentos, a la pareja del 304 A. Buenas noches, le dicen, y pasan
de largo. El joven le murmura algo al oído, ella se detiene de pronto, jala
hacía sí a su novio sujetándolo de la chaqueta y lo besa apasionadamente.
El vigilante ya no los mira, tiene la cabeza gacha, su vista se ha tropezado
con el cesto de la basura, es decir, con la bolsa de pasitas. Asienta con la
cabeza mientras toma aquellas golosinas y las echa al piso. Las aplasta con
furia inefable.
El ruido de las pisadas del vigilante no llega hasta los oídos de Aurelio, que aunque ya había ingresado al edificio, todavía duda en abrir la puerta
de su apartamento. Mira su rostro consternado en el espejo que guarda en el
bolsillo del saco, respira un par de ocasiones. Finalmente, entra a su casa.
–¡Papi!
La pequeña, de entre seis y ocho años, deja sobre la mesa lápiz, libreta
y computadora. Saluda a su padre con un beso en la mejilla.
–Es muy tarde para que estés despierta, mi amor, ¿qué estás haciendo?
¿Dónde está tu madre?

–En la cocina, Aurelio –contesta la esposa–. Vi cuando te estacionabas, pensé que podías tener hambre y vine a calentarte los hot cakes que
había hecho para cenar. ¿Por qué tardaste tanto en subir?
–Cosas de la oficina, ya sabes, mi cielo, puras preocupaciones.
–¿Todo bien?
–Claro, cosas de lo oficina, ya te dije.
Hasta él llega el aromatizante con esencia a jazmín que a Brenda, su
esposa, le gusta colocar en el baño. El agradable aroma hace que Aurelio se
pierda en la idea del ya vecino puente vacacional de septiembre, imaginando
el hotel que desde semanas antes había reservado en Puerto Vallarta. Aún
con aquella imagen en la cabeza, se acerca a su hija y le acaricia el cabello
con ternura.
–Deberías estar acostada, Ximena.
–Sí, papá, pero es que en la escuela nos dejaron escribir la biografía de
un héroe de la Independencia y quien haga bien la tarea no se llevará trabajo
extra para el puente.
–El problema –interviene la madre– es que los maestros, con eso del
Bicentenario, pidieron que buscaran la vida de héroes menos conocidos que
los tradicionales para ampliarles el panorama histórico, o algo así.
–Cómo que con eso del Bicentenario, mi cielo. Así como lo dices pareciera que no le das el debido interés.
–¿Tú qué héroe escogerías, papi?
Aurelio se afila la nariz con la mano izquierda un par de ocasiones.
Toma la computadora y busca en el internet. Va y vuelve del estudio, al que
le tienen prohibido entrar a Ximena, trayendo consigo algunos libros. Los
comienza a hojear sentado junto a su hija. Definitivamente se ha olvidado de
sus inquietudes. Hasta que suena el teléfono.
–Te hablan, es Juan –Brenda se percata del repentino cambio de ánimo de Aurelio, tapa el auricular antes de entregárselo–. ¿Qué se traen, eh?
–Nada, mujer, ya te he dicho: cosas del trabajo.
Aurelio piensa en retirarse al estudio; para no hacer sospechar más a
su esposa, únicamente se para del comedor y se sienta en la sala.
–Estamos jodidos, Aurelio, necesitamos hablar. No era lo que pensábamos.
–¡Qué buenas noticias, Juanito! Todo el día había estado preocupado
al respecto. Me alegra que ya todo se haya solucionado.
–¿Qué chingados dices? –espetó Juan con violencia. Casi en seguida
recapacitó– Brenda está ahí, ¿verdad?… Bien, entonces sólo escucha.
Aurelio aleja de sí el auricular y hace una mueca de aburrimiento
como para darle a entender a su esposa que la conversación ya no tiene sentido, que si sigue al teléfono es porque Juan no deja de hablar. Brenda regresa
a donde Ximena, se sienta a su lado, mira de reojo a Aurelio, ya sin interés, y
se concentra en la tarea de su hija.
–…pero el ojete de Carrasco dejó el país esta tarde. Además, como
estarás enterado, ayer en Cuernavaca amanecieron dos colgados más. Es gente del que tú, Carrasco y yo protegíamos. Ese cabrón se puede dar el lujo

de abandonar el país, pero nosotros no podemos, eso aumentaría las sospechas… ¿sigues ahí?
–Sí, sí, te escucho –Aurelio sonríe, aunque Brenda ya no le presta
atención.
–La cosa está en que no es la policía la que está detrás de esto. Aunque hubiera indicios en nuestra contra, estamos limpios. Nos metimos con
un pesado, Aurelio, y para acabarla de chingar el ojete de Carrasco nos dejó
solos.
–Dame un segundo –Aurelio se levanta, camina poco a poco al estudio: se encierra en él–, ahora sí, dime qué pasa. Si no es la policía, ¿entonces
quién nos investiga?
–¿También a ti te han estado siguiendo?
–Dime qué chingados pasa.
–Estos pendejos secuestraron al hijo de la puta de no sé quién. El problema no es la vieja ni su hijo, porque en realidad según su perfil no tiene más
que algunas propiedades; el pedo es que esta cabrona resultó ser la amante
preferida de un pesado, de un narco o un político, eso aún no lo sé.
–No me chingues…
–Eso no es todo, Aurelio, el niño resultó ser hijo legítimo de este cabrón macizo que te digo… ¡Y los muy pendejos lo mataron! Debemos hacer
algo o estamos perdidos. Estos pendejos se equivocaron. ¿En qué nos metimos, Aurelio? Dijiste que sólo era cosa de proteger a unos narcos, yo no sabía
que secuestraban.
–Déjate de mamadas que ya es muy tarde para eso. Todos sabíamos
muy bien en qué nos metíamos.
–Carrasco, ese cabrón nos dijo que trabajaríamos para puro influyente, que no había ningún riesgo. Nos equivocamos, Aurelio, nos involucramos
con los malos… ¿Aurelio?… ¿Aurelio?… ¿Sigues ahí?
Aurelio escucha que tocan a la puerta. Preguntan por él. Piensa en
Brenda y en Ximena, no en ese orden, mejor dicho, en ningún orden específico. Sale del estudio inmediatamente. Aunque vestidos con elegancia, intuye
en aquellos dos individuos que están a la puerta a dos matones inescrupulosos.
–Hasta que llegan, muchachos –finge Aurelio casi con desenvoltura natural–, pensé que nunca lo harían! Vamos, no se queden ahí, vayamos
afuera a platicar.
Brenda no alcanza a comprender. Se queda recargada en el marco de
la puerta mientras mira desaparecer por las escaleras a su esposo junto con
los otros dos individuos. Al pasar por la caseta, Aurelio se percata que el
vigilante finge no verlos.
En la calle, dos automóviles y cuatro individuos más los esperan. Antes de subir a uno de los vehículos, el sujeto que viene a la derecha de Aurelio
ordena a su acompañante: Regresa y acábalas. No le dan tiempo de reaccionar a Aurelio, que cae desmayado al recibir un cachazo en la nuca. Bizco y
Flaco –agrega el que habla– vayan con él. Y que no se les olvide el marrano
de vigilancia.

Por:Raúl Orrantia Bustos