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Las Garlopas

Cuento de Héctor Trinidad Delgado

No abunda la prosa como la de Héctor Trinidad Delgado, extraída del periodo colonial y socavada del vértigo humano. De lenguaje punzante, imágenes duras, recursos estilísticos que cimbran, acaso su virtud principal es que no envejece, que no se advierte el paso aplastante de la maquinaria del tiempo. ¿Cómo se logra este efecto, o, mejor, cómo se obtiene este mérito en un escritor de nuestros días como lo es Héctor Trinidad Delgado? A saber, trabajando bajo la férula de la pasión, entregándose por completo a la tiranía de la palabra, que es incomplaciente. Dichoso hombre, que ha descubierto lo suyo.

Las coplas negras

Sois insoportable, murmuraba aquel solitario caballero, sentado en la última mesilla del inmundo hostal. Para dos odres de vino que había vaciado, salvo una ligera torpeza en la lengua, permanecía incólume. La espada envainada sobre la mesa, su pólvora descuidadamente tirada, igual que capa y guantes, recordaba trabajosamente el motivo por el que bebía. “Decía yo. Sois la mofa de la familia; qué digo de la familia, de toda la ciudad de Méjico. El único hidalgo a quien se le va la mujer, pedida y prometida, de regreso a la Vieja España. ¿Y todo por qué? Porque me gusta declamar, cantar, lanzar mis odas al viento. Escribir sonetos, nocturnos, coplas o cosa que se le parezca. ¡Porque gasto mi pobre fortuna en ello! ¡Salud para todos vosotros!” Y levantaba su tarro espumoso, vaciándolo en un prolongado trago. Ni siquiera la Inquisición fue tan dura y suspicaz con mis letras. Cierto es que yo no la amaba como cuando de verdad se ama, con ardor, arrojo e inconsciencia, pero habría aprendido a pasar la vida con ella, sólo con ella, si así me lo hubiese ordenado. Creo saber que su disgusto proviene de mi última prosa: la que dediqué a mi interior sombrío. ¡Bah! ¿Qué de maldad tiene, voto al cielo, describir lo que entre dormido y despierto veo y oigo? ¿Lo que siento cuando me hundo en la vorágine de la diaria pesadilla que, pícara, me atormenta? ¿Lo que malherido y a punto de la muerte sentí aquella vez, catorce veces apuñalado? ¡Una jarra, un barril más, posadero, y traedme viandas, las mejores, que sucede aquí un festejo! Arrojó sus últimos oros sobre la mesa, y he allí al posadero y sus mozos, llenando aquel rincón de jamones, tocinos, ricas aves, cerveza y buen vino. Una barrica del mejor tinto riojeño. Tabaco y agua. Os quiero a mi lado eternamente, mas sólo cuando no he despertado del todo. Cuando despierto, escombros, ruinas, basuras me invaden, y os quiero, sí, con ese amor frío que más semeja pavor de estar solo, y que agiganta y se apasiona tan sólo cuando miro hacia vuestra hermosa hechura de mujer criolla, y, transparente que sois, adivino vuestros huesos, vísceras, vuestras ocultas y morbosas desviaciones. Vuestra lastimosa corrupción, las llagas negras. Entonces, mi bienamada, ardo en deseo y amor colosal, y quiero extraer de entre tus huesos tu palpitante corazón, tus verdes hígados, tu sutil, grisáceo cerebro de aristócrata. ¡Venga el amanecer y nosotros bailando! Los ebrios comensales, sus bellas alquiladas o prestadas, los frailes, los soldados y los mozos respondían con aplausos y vítores, ofrecían sus respetos y atenciones a tan generoso y triste anfitrión. Rompería el hastío de vuestra existencia conocida, la normal, despellejándola con besos y suturándola con humeantes caricias de cauterio. Oh, no temáis sufrir, amor mío: antes de eso, os arrancaría a mordiscos la médula y los nervios, de tal suerte que yacerías en el prado, rodeada de azucenas y romero, sin sentir el frío del anochecer, sin lograr mover más que vuestros aterrorizados ojos color miel y cera. Descoyuntada, desmadejada, arrollada por mi fuerza de centella. Sin saber que vuestra propia sangre escurre, ambrosía, por la delicada piel de tu pecho. Además, ni siquiera debía ella haber leído mis pliegos. No estaban terminados, las más de sus ideas no sirven. ¡Y las compartió con su madre, arpía que jamás me vio, ni por la nobleza de su cuna, con buena mirada! ¿He de seguirla, como me aconseja el confesor, atravesando el mar Atlántico, o, como me alecciona su padre el capitán, he de matarla? Ofreció ayudarme a alegar ante la Real Audiencia que una ofensa lavada no es crimen: es reposición. Cerveza… qué fermento, bebida de arzobispo. ¡A vuestra salud! Pero soy ver llover. Ver llover no sin mojarse, que a todo mozalbete gusta; no de lado, encogido de hombros y con la roñosa cabeza cubierta con lo que la Providencia permita, que como quiera es pasable, sino ver llover desde abajo, plantado en el fangoso suelo, con la cara hacia arriba y sin parpadear más de lo habitual, recibiendo las veloces gotas, frías, directo dentro de los ojos. Eso, lo inaguantable, sois, dice quien me conoce. Y a mí que no me aqueja la pena ni la miseria, vamos, ni un chirlo de antiguas pendencias. Nada me pasa, nada me toca. No llegan a mi alma ―¿tengo, por San Francisco, patrono de los lobatos, alma? ¿puedo llamar así al ánima negra, horrible y encostrada, que, babeante y coja, me mantiene vivo?― injurias ni vituperios. Llegáis, querida, tan sólo tú, novia vestida en túnica ígnea, flotando rota sobre las aguas, germen de mis deseos, ama de mi bestial hambre, lúbrica dama de mis amores. Venid, mas venid muerta… ¡A la vuestra salud y buen viaje!

Por: Eusebio Ruvalcaba