Hijos del mismo padre
Dicen las malas lenguas (viéndolo bien, no tan malas) que Eusebio
Ruvalcaba y yo tenemos un cierto parecido o aire familiar en el rostro;
incluso llegan a murmurar que somos carnales, broders ; es más, los
ebrios fulanos del viboreo van más lejos: aseguran que somos hijos
del mismo padre… Y haciendo cuentas, tanteos, puede que haya
mucho de cierto en el rumor, pues Eusebio es hijo de un músico,
el destacado violinista don Higinio, quizás el mejor intérprete de
la Melodía de Gluck, y yo también soy hijo de otro músico, don
Alfonso y su vibrante armónica, allá en mi pueblo, entre el polvo,
cantinas y trigales; asimismo, Eusebio ha ido dejando constancia,
ofrenda poética de calidez amorosa –”la sangre recuerda”– por el
autor de sus melómanos días, quien desde la infancia lo llevó de la
mano a la escucha de prodigiosas cimas de la música: Bach, Mozart,
Schubert, Schumann, Brahms…; Eusebio es memoria agradecida:
Anoche se apareció mi padre.
Tiene treinta y un años de muerto.
Y se me apareció anoche. Venía de traje,
con su chaleco guinda y su boina azul.
Venía de buenas. Traía su violín
en la mano, y en la otra las llaves de
coche. Venía de buenas porque
sonreía. Sonreía como un corderito.
Me dijo que venía a devolverme mis
lágrimas, que no llorara más por él
y menos interrumpiera mis sueños por
sus recuerdos. Que en realidad no valía
la pena y que así era la cosa. De pronto
se quedó callado, se echó a llorar y
exclamó: “ no me hagas caso”.
Y yo, por supuesto, aplaudo, introyecto
cada palabra suya, cada aliento de su
sincera admiración paterna. Es difícil
explicarlo, definirlo, pero por momentos
siento como si Eusebio le escribiera,
homenajeara a mi padre, y yo a la vez
llego a creer, me lo digo en secreto, que
mis poemas son alentados, iluminados
por la gracia, el violín encantado de su
padre, que besa en la frente a Mozart,
la música misma, manifestación viva,
eterna de Dios… Así, entonces, termino
por darle la razón a los fulanos
quisquillosos. Sí, acepto: Eusebio y
yo somos hijos del mismo padre, qué
chingaos, faltaba más, y si lo sabe Dios,
que lo sepa Mozart, Concierto en re
mayor para violín K 218, y de inmediato
se lo diré al sinfónico Haydn. ¿De veras?,
exclamarán en báquico dúo Lowry Bajo
el volcán y el buen amigo José Revueltas.
¿Han leído Lo que uno solo escucha? Alegre,
silbando, soltaré la “noticia” a los niños,
los hijos, los perros (Chipote, El Yaqui),
y tiene que enterarse Juan Rulfo, que
ha de estar matizando mezcalito en
Luvina, tal vez en Comala, y no olvides
visitar el barrio Santa Veracruz; necesitas
contárselo a una leyenda del teatro, Sergio
Magaña, espero te pele, pues no dudaría
que todavía estuviera emborrachándose
con José José… Ah, raudo, brioso, correré
con el chisme donde las mujeres, todas,
vírgenes, locas, casquivanas, y doblando
la esquina acudiré con otro Revueltas,
Silvestre Sensemaya-Redes-El renacuajo
paseador; okay, cabrón Bukowsky, la
neta “puedes morir ahora/ puedes
morir ahora como/ la gente que quiso
morir:/ En victoriosa/ grandeza/ oyendo
la música/ siendo la música/ rugiendo/
rugiendo”; entérate, pregúntale al
polvo, John Fante, Víctor Roura, y
que me oigan, salud, los camaradas de
viaje molinero: Rolando Rosas, Moisés
Zurita, Patricia Castillejos, Arturo Trejo,
Miguel Angel Leal Menchaca y la lista
sigue…
Por ello (gracias, malas buenas
lenguas) no me extrañó –los amigos son
inolvidable, latente presencia– que en
agosto pasado, cuando murió mi padre
y que desde el Valle del Yaqui, a mil
500 kilómetros de distancia, al tomar el
teléfono y le contara a Eusebio el suceso:
“Falleció papá, lo estamos velando”, no
me extrañó, insisto, su consternación,
su duelo: “Gildardo, carnal, broder, tu
padre es mi padre”.
