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El Coco, la cantina de Texcoco

Sí señor. La vetusta cantina de Texcoco,
la más vieja entre las que funcionan, de
acuerdo con mis informantes. Nadie recuerda la
fecha de su estreno, probablemente su nombre
se derive del alias de su fundador, y cuento esto
ante mi paso por la ciudad, tan sólo para ratificar la certeza de un acertijo: que en los bares y cantinas, al igual que en las Casas de Cultura, en
ellas se reproduce y actualiza una parte importante de los usos, tradiciones y costumbres de los pueblos. Con tanta mayor razón en la ciudad de
Texcoco, en donde como en otros casos singulares, aquí son vecinos estos templos del saber, templos de la discordancia, la buena conversa y
el palique. Se encuentran a tan sólo 30 metros
de distancia, sobre la calle principal del centro
histórico, alineados sobre la misma acera.
La Casa de la Cultura Texcocana corresponde al Ayuntamiento de la ciudad, aunque mantiene vínculos con el Instituto Mexiquense de Cultura, mientras que El Coco, la cantina de nuestras referencias, forma parte
de la antigua Posada Santa Bertha, símbolos
e íconos culturales de la gente. Ambos forman
parte inmanente de la ciudad, de su rostro identitario, del patrimonio histórico de los texcoquenses, e incluso de la región circundante. La
primera por ser un edificio de filiación barroca
del siglo xvii. Por haber albergado al gobierno

de la primera entidad federativa, tras la conversión de la ciudad de México en sede de los
poderes del gobierno de la Federación, y la segunda, por formar parte de una antigua casona
de porte neoclásico, pero sobre todo por ser en
el centro, una de las cantinas más viejas y de
mayor raigambre; la más conocida por la generación de los sesenta y todas las anteriores.
Aquí nos reunimos Alejandro Contla,
Martita Cantabrana, Fernán Pavía, Alba Patricia
Cabrera y el escribidor de este bodrio; cronista
de la ciudad de Texcoco y Presidente de la Academia de Historia Regional el primero, cronista
de Chiconcuac y jefa de la Comisión de Archivo
e Inscripciones de la Asociación de Cronistas de
Ciudades Mexicanas la segunda, mientras los siguientes, todos cronistas invitados, radicados en
Chiapas. Y no encontramos mejor lugar que la
antigua cantina y hoy Bar Coco. Por ser el más
cercano al sitio al que nos convocaron, el de mayor tradición e historia, y el de las preferencias
de nuestro anfitrión Alejandro Contla. Si mal no
recuerdo, él mismo dijo que ahí celebró la última guarapa con sus amigos, aunque de eso ya
hace doce o catorce años.
Llegamos al Coco entonces, en donde
desde la entrada se aprecia… antañona delicia
que aún conserva los aires de su última remodelación: puertas de cantina efectivamente
abatibles; barra, contra-barra, antigua poltrona continua asida a los muros, cielo negro y
paredes recubiertas del veteado propio de las
canteras de Tecali (estrías y manchas terrosas,
amarillentas, ocres), farolitos libidinosos aunque ahora sin luz, pero sobre todo: erguida y
presuntuosa como siempre, y desde hace 40
años, la morenaza de ébano, piernas esbeltas,
pechos lozanos, turgentes. Talla divina.

Me refiero a La Negra, como le llaman todos en Texcoco, a la morena cuya silueta estampada preside el altar de Baco y
demás beldades anónimas que acicalan el
sitio. La hermosa mulata pintada a finales de
los 70 por algún retratista bohemio. Pintor de
afición, según nos refieren, quien excedido en
sus cuentas no hizo más que trocar al amor
de su vida por los pulques que en ese tiempo se expendían y no pudo pagar jamás. La
negra de las virtudes exquisitas, la mulata de
nuestras ilusiones y fantasías. La negrona del
artista anónimo y de varias generaciones de
texcocanas.
Cervezas sí, cervezas claro, a falta del
elíxir pulqueano de otros tiempos —según
cuenta el buen Alejandro Contla—, de cuando
los pulques finos y ordinarios, frescos y fermentados, naturales y de sabores. Sirven las
primeras yucatecas Montejo, aunque alguien
pide Victorias, y fluye entonces la conversación exquisita, el chascarrillo certero, la sonrisa afable, la carcajada plena. Contla recuerda al barman responsable del antro; éste nos
presenta a su hijo, a quien hereda el oficio; y a
los dos o tres parroquianos que liban y festejan
nuestra algazara. Ya el veterano de nuestros
cronistas Fernán Pavía, posa de espaldas a La
Negra, como quien atrapa con las manos sus
tetas firmes. No se acostumbran las botanas
como en Chiapas, nos dicen, pero son generosos ni duda cabe, por sus varias porciones de
habas tostadas, rodajas de limón y cacahuates
enchilados.
—A que no me creen. —Dispara el anfitrión Alejandro.
—Este fue el lugar preferido de los
grandes. Por los años 50 o 60, siendo ya hombre de fama, vino aquí a sus alipuses el gran
Gabilondo Soler, padrino de tantos niños,
y tiempo después, lo más granado del Neza,
cuando durante algunos años, su casa fue Texcoco: Osvaldo Castro “Pata Bendita”, Carlos
Reynoso, Lolo González, José Cruz y tantos
otros.

Escuchamos luego, tras la segunda y
acaso la tercera Victoria o Montejo, la mágica síntesis de la historia grande y antigua de Texcoco. Era la voz de Martha, Martita la historiadora chiconcuaquense, quien de sus labios
surgían noticias de asombro, datos y recuerdos
de antaño, efemérides de cronista y sonrisas,
muchas sonrisas. Al final, recibimos de Contla
las primeras claves del Náhuatl, la lengua que
franciscanos y dominicos aprendieron para
mejor conquistar a los pueblos de la región.
San Francisco por ejemplo —nos explica— se
transformó en xan-pant-ix-con. Xan: muro de
adobes, pant: banderola, ix: ojo, y con: tinaja. Los frailes no tuvieron más que mostrar a
nuestros antepasados indios sino los conjuntos
gráficos. El dibujo de tales objetos, al modo de
las ilustraciones de los códices sahagunianos.
Xan-eletl-ix: San Luis, Xan-mictl-etl: San Miguel y así poco a poco hasta darse a entender
y con-vencer, e incluso explicar los misterios e
incongruencias de la nueva religión que traían
los cristianos.

Por:Antonio Cruz Cutiño