La zafra también se escribe con voz de infancia
Concluye la segunda etapa de La zafra, libres de trabajo infantil…, un proyecto que escucha a niñas, niños y adolescentes de comunidades cañeras
El trabajo en la zafra se cuenta por lo general desde la voz adulta: el corte de la caña, el ingenio, los jornales, el cansancio, la urgencia económica. Pero pocas veces se escucha lo que las niñas, los niños y adolescentes piensan de ese mundo que ocurre cerca de sus casas, de sus escuelas, de sus familias y, muchas veces, de sus propios cuerpos.
Esta es una de las apuestas centrales de La zafra, libres de trabajo infantil…, proyecto impulsado por la promotora y gestora cultural independiente Clara Sánchez Hernández: abrir espacios donde las infancias puedan hablar, dibujar, escribir y pensar sobre su comunidad, sus derechos y los riesgos del trabajo infantil en contextos cañeros.
Luego de una primera etapa en comunidades de Oaxaca y Veracruz, el proyecto realizó su segunda fase de trabajo en Colima, Quinta Roo y Tabasco, con laboratorios creativos dirigidos a niñas, niños y adolescentes de comunidades vinculadas a la zafra.
Las actividades se llevaron a cabo en Quesería, municipio de Cuauhtémoc, Colima; Santa Rosalia de la Chontalpa, Tabasco; y San Rafael Pucté, Othón P. Blanco,
Quintana Roo. No fueron clases ni talleres tradicionales, sino espacios de encuentro donde las y los participantes conversaron, jugaron, reflexionaron y realizaron ejercicios de expresión plástica y escritura sobre el territorio, la vida cotidiana y las consecuencias del trabajo infantil.
Si en la primera etapa el proyecto mostró que las infancias conocen muy bien los peligros de la zafra —los machetes, el sol, las quemas, el cansancio, los accidentes—, esta segunda fase confirma algo todavía más profundo: niñas, niños y adolescentes no solo identifican el riesgo; también comprenden las contradicciones de la vida familiar, la necesidad económica, el deseo de estudiar y la presión de crecer antes de tiempo.
En los textos reunidos durante el proceso aparece, una y otra vez, esa tensión entre la infancia y el trabajo. David, de 11 años, originario de Guerrero y avecindado desde pequeño en Quesería, Colima, escribe que su madre trabaja en la cosecha de zarzamora y que su padre es cortador de caña. Cuenta que, cuando no hay clases, a veces acompaña a su mamá a trabajar; pero también dice que su padre no lo lleva al corte de caña porque considera que “es un trabajo muy peligroso” y que él no está en edad para hacerlo.
El fragmento más duro llega cuando David escribe: “Yo quiero crecer rápido para poder trabajar y ganar dinero, pero mi papá dice que tendré oportunidad de hacer la secundaria y quiere que estudie mucho”. En esa frase cabe una realidad entera: la urgencia de ayudar en casa y, al mismo tiempo, la defensa de la escuela como posibilidad de futuro.
Otro texto, escrito por Maximiliano, de 11 años, también de Quesería, muestra con claridad cómo el trabajo infantil se transmite muchas veces como aprendizaje, costumbre o necesidad. “Mi papá me lleva a cortar caña los sábados para que yo aprenda y le pierda miedo al trabajo”, escribe. Pero enseguida aparece la otra cara de esa experiencia: “Trabajar en el campo es muy duro, hay que asolearse, mojarse y se gana poco dinero”.
No se trata de una mirada ingenua. Maximiliano sabe que el campo exige fuerza, resistencia y cuidado. Recuerda que una vez a su padre le picó un animal y estuvo muy enfermo, con fiebre. Por eso escribe que en el corte de caña “hay muchos peligros” y que es necesario usar protección, conocer los animales ponzoñosos y saber qué hacer si algo ocurre.
La zafra aparece así no como una imagen lejana, sino como una realidad familiar: el padre que corta caña, la madre que cuida, la falta de trabajo cuando termina la temporada, la migración, la incertidumbre, la escuela como promesa y, al mismo tiempo, como esfuerzo.
También aparece una conciencia clara de los derechos. Kelly Nahomi, de 10 años, escribe que le gustó hablar de ellos porque entendió que nadie debe ser objeto de burla por hablar otro idioma. “Una de mis compañeras habla chontal y la molestan unos niños”, cuenta. Después agrega una frase sencilla y esperanzadora: “La identidad es un derecho que debe respetarse”.
Su texto amplía el sentido del proyecto. Hablar de trabajo infantil no es hablar solamente de jornadas, accidentes o prohibiciones. Es hablar también de identidad, de lengua, de escuela, de respeto, de la posibilidad de que una niña pueda imaginar que llega a ser doctora, abogada, maestra o pintora.
Los laboratorios creativos permiten precisamente eso: que la palabra infantil no sea tratada como algo menor. En estos, las niñas, los niños y adolescentes no repiten un discurso aprendido, sino que elaboran desde su experiencia. Hablan de lo que ven, de lo que les preocupa, de lo que desean cambiar. Escriben sobre la zafra, pero también sobre sus familias, sus pérdidas, sus miedos, sus amistades, sus sueños y sus maneras de resistir.
José Armando, de 17 años, escribe sobre accidentes, duelos familiares, amistades, preocupaciones por la salud de su madre y sobre el BMX, un deporte que, dice, le ayuda a desestresarse y olvidar problemas. Su texto recuerda que la prevención del trabajo infantil no puede separarse de la vida emocional de las y los adolescentes.
Con esta segunda etapa, La zafra, libres de trabajo infantil… continúa un recorrido que contempla 12 laboratorios creativos en ocho estados del país, con la participación aproximada de 400 niñas, niños y adolescentes. El proceso tendrá como resultado un catálogo y una exposición infantil en el Museo de Arte Contemporáneo y de las Culturas de Oaxaca.
El proyecto cuenta con el apoyo del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales de la Secretaría de Cultura, y se articula con centros comunitarios y redes locales para fortalecer acciones de prevención del trabajo infantil desde el ámbito cultural y comunitario.
La zafra seguirá siendo, para muchas comunidades, una temporada decisiva. Pero proyectos como este abren una pregunta urgente: ¿qué lugar ocupan las niñas y los niños en esa historia? La respuesta, escrita por ellas y ellos mismos, parece clara: no quieren ser mano de obra antes de tiempo. Quieren estudiar, jugar, hablar su lengua, cuidar su cuerpo, imaginar su futuro.
