Narrativa

El buen samaritano

Necesitaba morirse. Sí, él quería morirse, y no lo culpo. Por eso lo maté: porque me lo pidió, porque me lo suplicó.

—Por favor, por piedad, Zacarías… mátame, ¡mátame! Te lo pido como amigo. Hazme ese favor. Mírame… ya no tengo fuerzas para nada. Todo me duele, Zacarías; hablar me cuesta, comer me cuesta, y ya ni duermo. Apiádate.

Eso me dijo la última vez que aún pudo decir algo. Pero no era la primera vez que me lo pedía; sólo que esa vez lo hizo con una urgencia distinta, como si los ojos se le quebraran. Yo fui testigo de su desmejoramiento. Vi cómo, con el paso de las semanas, se volvió flaco como un palito, con la cara hundida. Apenas pesaba algo.

Me había contado, cuando empezó su enfermedad, que le dolían todos los huesos, que sentía un frío raro por dentro, que vomitaba sangre. Que había ido con varios doctores y que estaba harto de tantas pastillas que no le hacían nada. Que si era una bacteria, que si era un cáncer… nunca supieron. Nomás le fueron aplazando la muerte. Por eso no lo culpo por pedirme lo que me pedía.

—A ti te tengo confianza, Zacarías. Tú eres mi amigo, ¿qué no? No es malo lo que te pido. Si yo supiera cómo matarme, si tuviera fuerzas… pero ya estoy cansado de sufrir. Mírame, apenas si puedo arrastrar la boca; la comida ya no me entra, y el agua apenas. ¡Mátame, Zacarías, por piedad, mátame!

Me compadecí de mi compadre. Ya estaba solo; lo habían abandonado todos. Su esposa lo desahució y se fue con el amante, allá a Juquipa. Nomás quedaba doña Dominga, que lo procuraba diario, que lo lavaba, que le metía la comida a fuerzas. Ella y yo. ¿Quién más, si no nosotros dos, que todavía lo queríamos?

Pero, ¿cómo matarlo? ¿Cómo hacerle ese favor sin hacerlo sufrir más? ¿Cómo?

Ni modo de matarlo así nomás, como a los perros, ahorcándolo. ¡No! Así no podía, así no quería. Además, yo nunca había matado a nadie. Y no quería darle más dolor. Bastante tenía ya. Cuando le daban los ataques, que eran seguidos, el pobre se doblaba en el piso, se arrastraba, aullaba cuando tenía fuerzas. Al final ya nomás hacía unos quejiditos, como gruñidos bajitos, enredándose sobre sí mismo, como queriéndose sacar el dolor del cuerpo. Pero ya ni moverse podía.

—Mañana lo mato, compadre —le prometí.

Necesitaba pensar, investigar la manera más sencilla, la que menos doliera. Para que a él no le doliera… y para que a mí no me pesara tanto matarlo.

—Gracias, Zacarías —me dijo.

Dominga escuchó, llorando mientras lo curaba. Ella lo había recibido cuando nació, y ahora le tocaba verlo despedirse del mundo.

Yo, para aligerar la cabeza, me fui a la cantina. Pedí una botella de mezcal de la vinata de San Juan y me quedé pensando un largo rato. Por fin se me ocurrió ir a preguntarle a Memo, el que mataba animales en el rancho. Fui hasta su casa, le hice reverencias y le solté la pregunta:

—¿Cómo matarías a un animal sin que sufra, o que sufra lo menos posible?

—Fácil, mi Zacarías —me dijo—. Le pones un balazo atrás de la nuca, con una de estas —y me mostró una .45—, y asunto arreglado. ¿Piensas matar uno?

—Sí —le mentí—. Un becerrito muy enfermo. No quiero que sufra más. ¿Me prestarías la pistola? Al rato te la regreso.

Había confianza, y Memo no se negó.

—Le puse dos tiros por si acaso —me dijo al entregármela.

Luego fui a casa de mi compadre. Todavía dudaba si podría hacerlo. La puerta estaba abierta, como siempre. Su cama daba a la ventana, y ahí estaba él, con los ojos tristes, puestos entre el sueño y la nada. Apenas vivo. Me saludó con dificultad, quiso alzar la mano, pero no pudo. Nomás dijo mi nombre e intentó dibujar una sonrisa. Tampoco pudo.

Entonces ya no dudé.

—Vine a matarte, compadre —le dije.

Y entonces sí sonrió. Se esforzó, pero sonrió. Me alegró verle esa última sonrisa.

Lo acomodé boca abajo sobre la almohada. Quité el seguro del arma. Le puse los dos tiros justo debajo de la nuca, tal como me dijo Memo. Se los di a los dos, porque quería asegurarme de que se muriera bien, de que ya descansara. Para no andar con el pendiente.

Después fui con Dominga a decirle que ya lo había matado, que si podía ir a limpiarlo y a prepararlo pa’ la sepultada. Y así lo hizo.

Luego regresé con Memo, le entregué la pistola y le agradecí. Y pos ya: ahorita estoy aquí con usted, señor, pa’ explicarle por qué maté a mi compadre. Ya usted sabrá qué hacer conmigo. Nomás vine a decirle la verdad, porque soy buen samaritano. Nomás por eso.

El Fortino

Soy originario de Vicente Guerrero, Durango, México. Tengo la edad de 37 años. Egresé de la Universidad Autónoma Chapingo en el año 2013, donde cursé una licenciatura en Economía Agrícola. Me han publicado en algunas revistas como 'Salmón', 'Cisne', 'Nocturnario', 'Herederos del Caos' y, recientemente, en 'Trinando' y en 'Puerta Blanca Ediciones'. En el mes de julio obtuve una mención honorífica en el Premio Nacional de Poesía Infantil Becky Rubinstein 2022. En 2018, fui seleccionado para una compilación del Concurso Nacional de Cuentos Campiranos Marte R. Gómez, de la Universidad de Chapingo.

El Fortino has 11 posts and counting. See all posts by El Fortino

Foto del avatar