LiteraturaNarrativa

El Alegre

Le decían el muchacho alegre o simplemente Alegre, cantaba en las
cantinas mientras los parroquianos levantaban el brazo para saborear
su cerveza. En ese tiempo tenía veintitrés años, las mujeres eran su vicio, aún cuando era casado, le gustaban las mujeres ajenas. A veces se paraba en una esquina del rancho y los vecinos murmuraban “seguro anda con fulana”.
Cuando Pedro lo vio merodeando por su casa, los celos lo convirtieron en un energúmeno; llegó a su casa y le puso una golpiza a su mujer
con lo que encontró a la mano, incluso con una reata de lazar. La sangre
corrió por el cuerpo de Elvira.
A los pocos días Elvira le llevó comida a Pedro, que estaba en la
parcela preparando la tierra para sembrar, cerca de la loma de calizas y
yucas. Cuando regresaba por la zona de riego se encontró al Alegre que
silbaba una canción montado en su caballo.
Ella se detuvo y lo saludó, a él se le hizo raro la risa de Elvira y la
luz de sus ojos.
– ¿A dónde vas? –le dijo la mujer con una mirada capaz de bajar al
arriero con más prisa.
Él se bajó del caballo y la saludó de mano. –Voy a traer mi ganado
–le dijo el alegre.
–Quiero mostrarte algo –le dijo Elvira y lo jaló hacia el centro de
la milpa que ya tenía elotes. Él la siguió curioso, separando las hojas del
maíz. Como a cincuenta metros se detuvo.
–Mi marido me pegó porque dice que tú y yo nos estamos revolcando. ¡Tengo tanto coraje!, mira nomás cómo me dejó–. El alegre se
sorprendió por las marcas de los golpes en el cuerpo de Elvira que se había
levantado el vestido por arriba de los muslos.
–Quiero que lo hagamos ahorita para que los golpes sean con provecho –dijo mientras se recostaba en el surco, sobre su rebozo. Él se acercó
despacio, acarició con las manos las llagas en el cuerpo de Elvira. –Tengo
mucho coraje –volvió a decir y su mirada se perdió en el azul intenso.
–Por Dios que yo no andaba con Elvira –dice don Tacho, ahora que
recuerda el suceso y se ríe mostrando los únicos dientes que le quedan.

Por:Andrés Zurita Zafra