LiteraturaNarrativa

Rosa

Muchas veces fue a Estados Unidos y regresó, trabajaba en los campos agrícolas y tocando su violín. Una vez que vino le dijeron que su hija Rosa se había ido con el novio, le entró el sentimiento y se fue a la tienda de Carmela donde tomó cerveza hasta que no se pudo mantener en pie. Rosa aún no tenía 6 años y ya acompañaba a su mamá cuando eran las once de la noche y su papá no había llegado a casa. –Seguro está en la cantina –decía su madre. Más que cantina era una tienda donde había unos cuantos productos en el anaquel de madera verde y cartones de cerveza apilados en el piso.

En ese tiempo no había refrigeradores, pero no se necesitaban en ese pequeño rancho de la montaña donde comenzaban los pinos y siempre estaba fresco. Ella tenía miedo y apretaba su pequeña mano entre la callosa mano de su madre, llegaban frente a la puerta de metal y la pequeña Rosa entraba, mientras su madre esperaba a que los dos salieran. El hombre de bigote espeso salía apacible, echaba un brazo sobre los hombros de su mujer y con la mano derecha sujetaba a Rosa.

Caminaban en la oscuridad, en las calles resbaladizas por la fuerte pendiente y las areniscas. Atrás quedaban las voces de Las Jilguerillas, el dueto de voces agudas que los hombres del rancho preferían cuando tomaban yo soy el muchacho alegre que me amanezco tomando con mi botella de vino y mi baraja jugando … Por el sonido de Carmela se mandaban saludos y se dedicaban canciones, así todos se enteraban de quienes iban a salir al norte, a la cosecha de la uva en California.

Cuando su padre volvió a ver a Rosa, todavía tenía cara de niña, pero ya traía a su primer hija en la espalda, dormida entre el rebozo. El padre de Rosa puso una tienda en el rancho y todas las tardes tocaba su violín, pero se volvió a ir porque la tienda era pequeña y no alcanzaba para mantener a la familia. Pero la mala suerte lo acompañó esa vez, murió en un pleito de cantina, los paisanos se cooperaron para enviar su cuerpo en avión. Rosa ahora tiene arrugas en la cara, es abuela, sus hijos crecieron y también se fueron a trabajar a Estados Unidos, hace cinco años que no los ha visto, pero le hablan por teléfono.

Cuando camina en las calles oscuras siente su mano pequeña entre la mano de su padre.

Moisés Zurita Zafra

Profesor-investigador en la Preparatoria Agrícola de la Universidad Autónoma Chapingo. Originario de Tunuchi, Oaxaca, estudió Sociología Rural en Chapingo. Cuenta con dos maestrías, una en Lingüística Indoamericana y otra en Educación en Derechos Humanos; tiene un doctorado en Ecología y Gestión Ambiental. Fundador de la revista Molino de Letras, ha sido reconocido dos veces como creador de arte y cultura por el Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México. Autor, entre otros libros, de Gotas de Tinta, Esos lodos, Yo sí le Pasé, Unos días en la escuela, Cuando me iba de pinta, Cierro los ojos, me voyEl Tavayuko.

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