“Porque estabas sin ser
Junto a mi carne”
Gilberto Owen
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El “otro”, el que se nombra aparte, el que tiene una textura parecida;
ese “otro” tan ajeno, con sangre, labios, piel, formas, respiración;
pensamientos… palabras, ¡sí, también con palabras!
Ese “otro” llegó. Sin darme cuenta mi piel comenzó un discreto diálogo
con su piel –¡De seguro que lo necesitaba!
Sin más comenzaron una danza frenética de compuestos de almizcle
y alcohol. Derramó su llanto al ser tocada, reverenciada, mojada
finalmente
se entregó
sin preguntas
sin retraso, ni espera.
En el arrebato final ese “otro” penetró mi miedo sin pedir permiso
siquiera. Mientras tanto la piel, la que fue tocada, la que fue reverenciada,
la que fue mojada: empezó a dormitar, y yo susurrando; aún temblando,
pregunté su nombre.
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De repente amanece. La vida es una loca que se escapa de su encierro en
mañanas como esa. La piel se vuelve a acomodar, se eriza, se pronuncia,
se estira, no entiende…
Ya nada puede ser igual, el “otro” nunca dijo su nombre. Ni la
conciencia, ni la fe, ni las promesas, ni Dios, ni la muerte fueron
suficientes: no pudieron con tanta soledad.
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Creo que era otro día, y digo creo porque la memoria empezó a
confundirse. La piel volvía a reclamar al “otro”, a derramarse en busca
de su amante. Nada detuvo el caudaloso río que brotaba desde el oscuro
misterio de tan solo tocarte, y comenzó a llover en mi rincón. Me
sorprendí más de tres veces mirando a través de ella, buscando cómo
nombrarte…
Terminó y de nuevo el olor de almizcle pero ahora con sal. Hurgué entre
los dedos de la tormenta, encontré algunas
consonantes; entonces: supe tu nombre, tomé mi bolsa y salí tras de ti.
IV
No tardé en llegar, estabas a una esquina de mi cuerpo. Te
pronuncié, ya no eras “otro”.
–Estás loco– dije, y me tiré a olvidar, –locura– decía sin
tener más a dónde ir. La tarde levantó de nuevo su vuelo
entre nosotros.
Ya tenías un nombre.
–Hoy quiero rabiar de tristeza –dije, mientras te sumergías
nuevamente, apreté los dientes para no gritar –Miedo –repetí
hasta ahogarme entre tu vientre. De nuevo, sin promesas,
ni pactos, ni romance, ni flores, con una fruta en el cuerpo
dispuesto a que la arrancara apareciste delante de mí, la tomé
entre labios hasta que la savia de tu cuerpo apagó toda mi
sed.
V
Aunque sabíamos que las horas eran contadas las buscamos
eternas, no hay espanto, de seguro algo debe quedar, algo de
lo que nunca se pronunció.
–No habrá dolor –mascullé, mientras tomabas mi piel para
doblarla.
–¡Déjala ahí! bien puesta en ese rincón a lado de la pared –Te
sonreí.
–No vaya a ser que la despiertes de nuevo.
