Café con cuento

Los Reyes Magos no cruzan imperios

Este 6 de enero llegan los Reyes. O eso dice el calendario, ese libro de ficción que todavía insiste en marcar festividades como si el mundo no hubiera aprendido a descreer. Llegan Melchor, Gaspar y Baltasar —tres caminantes del desierto, tres lectores de estrellas— y uno intenta hacerles un lugar en la mesa de la incredulidad contemporánea. No es fácil. Creer en ellos después de ver cómo el emperador se queda con el botín resulta, cuando menos, un acto de fe excesiva.

Porque hay épocas —y esta parece una de ellas— en las que no gobiernan presidentes sino césares con traje moderno. Emperadores sin corona visible, pero con legiones financieras y un vocabulario diseñado para el espectáculo. Y cuando el poder se ejerce como imperio, los regalos cambian de destinatario: el oro ya no se deposita en un pesebre sino que se bombea, se refina, se cotiza. Oro negro, le llaman, como si el adjetivo bastara para ocultar la vieja historia de saqueo.

Los Reyes, cuenta la leyenda, siguieron una estrella. Hoy las estrellas son satélites y no guían a nadie: vigilan. Aquellos magos leían el cielo; los nuevos emperadores leen balances trimestrales. Unos buscaban a un niño; otros buscan yacimientos. En esa diferencia mínima —aparentemente técnica— se juega toda una concepción del mundo.

Walter Benjamin escribió que no hay documento de cultura que no sea, al mismo tiempo, un documento de barbarie. Tal vez por eso los Reyes Magos han ido perdiendo territorio. No porque sean ingenuos, sino porque llegan tarde. Siempre llegan tarde. Cuando arriban, el palacio ya fue saqueado, el pesebre convertido en souvenir y la estrella en logotipo.

En tiempos imperiales, la imaginación es un lujo sospechoso. Creer en Reyes es un gesto casi subversivo. Implica aceptar que el poder puede arrodillarse, que la riqueza puede regalarse, que el viaje no siempre es para conquistar sino para ofrecer. Ideas peligrosísimas en una época donde gobierna un republicano que actúa como emperador.

Benjamín Alba

Estudió letras, pero se avergüenza de ello, por eso prefiere decir que aprendió a escribir mirando la lluvia y escuchando a la gente en los supermercados —porque, encima, es citadino—. Ha colaborado en revistas culturales, bajo diversos pseudónimos —heterónimos no, porque no llega a tanto, ni es poeta—. Aunque escribe desde los bordes de la vida cotidiana, no significa que sea marginal. Piensa que al mundo hay que leerlo con calma, como si cada día fuera una historia por descubrir. Odia el esnobismo, pero si no hay café, no escribe: dice que las ideas las encuentra en cada sorbo.

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