LiteraturaNarrativa

Las Galleteras de Aguilar: tú te lo quieres, tú te lo ten

Dice Nacho Guízar: ¡qué hermoso es tener un pueblo donde llegar/con su mercado/ su iglesia y su jardín/con gente amiga para
platicar/ y alguna leyenda rara por descubrir! Y esas leyendas o los
hechos reales son los que les dan identidad a los pueblos, a su gente
y los hacen distintos de otros. Andando por ahí por los pueblos del
norte de España de la mano de los Cayón, con los ojos bien abiertos y
los oídos también, me contaron lo que por el año de 1970 ocurrió en
el pueblo de Aguilar de Campoo, en Castilla y León, dos lustros después de que se instaló ahí la hasta entonces más importante industria
galletera. Y junto con ella vino toda una transformación social. El
pueblo salió del anonimato no sólo por la industria que creó centenares de puestos de empleo, sino por la animosidad espontánea tanto de los obreros jóvenes como de las lugareñas, que pronto se manifestaría
como las setas de primavera.
Muchos jóvenes de los pueblos cercanos al de Aguilar, se
trasladaban ahí a trabajar en las fábricas de galletas y poco a poco
las chicas del lugar fueron atrayendo a más muchachos los fines de
semana para que participaran en las tertulias y guateques que se organizaban “por todo lo alto” y terminaban emparejados “dándose
el filete” en el Castillo de Aguilar, que por fortuna no habla y por
entonces no abundaban los guardias de todo tipo como ahora. Dicen
que era tal la ebullición que comenzaron a aparecer muchas mujeres embarazadas, sin previo ni especial pronunciamiento nupcial, y
en consecuencia la tasa de natalidad se incrementó en el pueblo de
Aguilar hasta índices insospechados. Cundió la alarma. Se dictaron
ordenanzas y se contrataron matronas a tiempo completo. Hubo días
en que las cunas del centro de salud resultaron insuficientes. Hasta el
párroco del lugar, el Padre Gatica (que no practica lo que predica), se
encontraba pasmado, frente al altar con el misal en mano, por la gran
cantidad de ovejas descarriadas del rebaño. Suspendía los oficios al
minuto, diciéndole a su monaguillo: “apaga y vámonos”. ¡Gloria a
Dios en las alturas!
La industria galletera había generado puestos de trabajo, pero
sobre todo, de modo accesorio, nacimientos de niños y niñas; y en
aquella época, todavía de Franco, había premios a la natalidad. Nada
menos a un miembro de la familia que me lo contó lo condecoraron
con ese motivo por la osadía de ser padre de 22 infantes, con dos
mujeres y con “la misma”. El mejor sastre del valle de Iguña le confeccionó un saco especial con solapa ancha para que cupieran las 22
medallas que entonces eran de buen tamaño y plata fina.
Además de haber generado el enojo de las chicas de poblados
aledaños que miraban, con enfado, los fines de semana a sus potenciales novios atiborrar los asientos y pasillos de los trenes para estar
a punto a iniciar los bailes en Aguilar; durante años las mujeres de
esos pueblos aplicaron la “ley del hielo” a los vecinos suyos que optaban por las Galleteras de Aguilar. Y les recordaban esa vieja sentencia cántabra, a quienes intentaban retornar a conquistar a las de su
terruño: Tú te lo quieres Fraile Mostén, tú te lo quieres, tú te lo ten.
Esta historia compartida bien vale una galletita para el café.
No una galletera, si no “os pasa lo que al Fraile Mostén”.
¡Y teeennn!

Por:Gonzalo Estrada Cervantes