CrónicaLiteratura

La vida impensable

Selección y nota introductoria de Eusebio Ruvalcaba

Cuento de César Mauricio Hernández Anaya

De los narradores, el cuentista es el que en forma expedita nos pone en contacto con la realidad brutal. Es su misión. Es su trabajo. La fascinación que ejerce en él la experiencia cotidiana, habrá de desparramarse en esas líneas apretadas, urgentes de manifestarse. A costa de lo que sea. Porque exactamente lo que escribe tiene un precio. Como en este cuento de César Mauricio Hernández Anaya. Dueño ya de una visión global del acontecimiento objeto de su narración, éste todavía narrador inédito —pero ya con los arrestos de un gladiador de las letras— sabe de lo suyo. Y lo asume con pasión. Estoy seguro que el día de mañana su nombre pesará. Tiene con qué, ahora sólo basta que prosiga. Que no se dé por vencido, como les acontece a tantos.

Examen profesional

José Manuel de la Hoz recibió en la Universidad Nacional su título de médico cirujano, y a Eduviges, su madre, se le dibujó una
sonrisa chimuela en el rostro. La fascinación de José Manuel por encontrarse con vestigios de vida entre los muertos lo llevó a estudiar
medicina. El hábito de contemplar los cadáveres inició de niño con
las ratas que mataba en su casa. Las capturaba con trampas de pegamento que siempre colocaba en los mismos lugares de la cocina, la
alacena y patio de la casa.
Cuando alguna rata quedaba presa en esas planchas de pegamento, era común que chillara mientras se desmembraba en su afán
por liberarse. En el intento de huída, algunas veces la rata dejaba la
piel, un ojo, la cola o las patas pegadas sobre la trampa. Ahí estaba
siempre José Manuel observando a sus presas, a veces a escondidas
de su madre y con el paso de los días ante la mirada indiferente
de ella. La posición en que los roedores quedaban en la plancha le

permitía a José Manuel abrirlas en canal con una navaja de rasurar y entonces observaba sus corazones hasta que dejaban de latir,
luego suturaba los cadáveres con hilo de cáñamo —cuando había a
la mano— y si no, dejaba los cuerpos en el patio de la casa con las
tripas al sol en pleno rigor mortis para festín de los gatos, que bajaban por las noches de las azoteas, como buitres que devoran a los
muertos.
La captura de las ratas para su disección permitía a José Manuel observar ese breve instante que la muerte aprovecha para anidarse en un cuerpo al que se le ha escapado la vida. Ese, era en realidad el misterio que José Manuel se había empeñado a descifrar desde pequeño.
Al salir de la universidad, José Manuel dejó a su madre en
casa, ella mandó cocinar unas gallinas en mole para celebrar con los
vecinos; el triunfo de un hijo que sentiría en sus entrañas hasta el
último día de su existencia.
José Manuel con título en mano buscó a Arturo, un ex judicial, de cabello plateado y cuya voz aguda contrastaba con la figura de carnicero que poseía. Era originario de Sinaloa y de pocos amigos. Desde que se retiró de la policía se ganaba la vida en un gimnasio entrenando a aspirantes de luchadores. Ahí entrenó a José Manuel desde chamaco, que al paso del tiempo resultó ser un tipo muy diestro para los golpes, tanto que Arturo quiso que fuera luchador profesional, pero llegado el momento el chamaco prefirió la medicina. José Manuel no conoció a su padre y nunca le hizo falta,
Arturo fue para él como su padre, era su padrino y en muchos aspectos su maestro.
Al llegar al gimnasio, José Manuel corrió hacia Arturo, lo
abrazó y éste le extendió la mano izquierda para que besara el anillo de oro en forma de calavera que exhibía como una argolla de
matrimonio, luego Arturo besó a José Manuel en la mejilla, lo que
provocó las risas burlonas de sus pupilos.
Al escuchar los murmullos y las burlas de los discípulos de
Arturo, José Manuel visiblemente encabronado iría a encararlos,
pero el padrino se le atravesó en el camino.
—Órale culeros a chingar a su madre, ahí se ven mañana
—exclamó Arturo al grupo de 4 jóvenes que estaban en el ring.
—Padrino, ahora sí ya chingué, mire lo que le traigo —exclamó con orgullo José Manuel al mostrarle el título de médico.
—Cámara, esto hay que celebrarlo a lo grande mijo —continuó Arturo.
Antes de salir del gimnasio, Arturo sacó de su casillero un pequeño maletín de vinil negro con instrumental médico.
—Ándale mijo, pa que empieces a chambear, ya eres un matasanos, lo compré ayer en la lagunilla y todavía está bueno. Sobre todo que está completito, nomás míralo, —le decía Arturo a su ahijado mientras lo examinaba de arriba abajo, constatando con la
mirada que el chamaco ya era un hombre.
José Manuel tomó el maletín lo abrió y comprobó las palabras de su padrino, sacó un escalpelo viejo, pero aún impecable y filoso, tanto que cuando pasó los dedos por la navaja se provocó una cortada que sangró algunos segundos.
Se fueron caminando en medio de la calle, José Manuel estaba eufórico, se sentía poderoso y dueño de sí mismo, ya no arrastraba los pies como lo hacía cuando se dirigía al salón de clases de la universidad como estudiante de medicina; agazapado y con las manos ocultas en los bolsillos.
Ahora caminaba con las manos sueltas, con su bata blanca y
portando su maletín de doctor, que exhibía a la menor provocación,
como quien porta una 45 cargada y con cartucho cortado. Se regodeaba y se hacía notar a ojos de conocidos y extraños. Caminaba
como un torero enfundado en su traje de luces, embriagado de soberbia al saberse ovacionado por su público que lo reconoce como
protagonista de la fiesta y como el amo de la vida de su oponente.
Entonces vio a su padrino a los ojos y le dio una palmada en
la espalda, le apretó el hombro haciéndole sentir también su fuerza,
como el hombre que exige a otro hombre respeto, como el león joven
que amenaza al león viejo en su territorio. Sus pasos en ese momento eran firmes, esa tarde no había lugar para el fracaso ni la tristeza,
quizá tampoco tendrían cabida las gallinas que había mandado matar su madre para hacerlas esa tarde en mole. Ese era el primer día
de una nueva vida para José Manuel. Al saberse de una raza diferente, superior tal vez por el poder que la ciencia le había otorgado para sanar a los hombres; sintió que los huevos se le hacían de cemento, duros e indestructibles.
Su padrino y él, antes de llegar a casa de su madre decidieron
tomar una sesión privada de vapor y cubas con cheverny en los baños
Caleta. Tras una botella y media de brandy, el calor, la humedad y la
euforia hicieron que la embriaguez llegara pronto. Arturo se acercó
a José Manuel, le acarició la cabeza como un padre amoroso lo hace
con su hijo. Le dio un beso en la frente, lo miró fijamente a los ojos
queriendo decirle algo y sólo le dio una palmada en la espalda como
lo hace un borracho envalentonado. Luego lo abrazó y lo acercó hacia él, lo tomó por la cabellera e inclinó su cabeza justo para verlo
nuevamente a los ojos. Arturo introdujo su lengua larga, blanca y
agrietada en la boca de su ahijado. José Manuel se tambaleaba, el
vapor del cuarto de baño y la embriaguez nublaron su vista y sus
fuerzas. Intentó incorporarse y en ese momento ambos forcejearon
como lo hicieron muchas veces arriba del ring, el maestro aplicaba
una llave y el alumno respondía con otra, los cuerpos de ambos se

notaban tensos, pero la musculatura de Arturo a pesar de su edad, se
imponía visiblemente a la de su pupilo, eso le permitió tomar a José
Manuel de los cabellos y estrellar su cabeza contra la pared en varias
ocasiones, para voltearlo y aplicarle una llave.—¡Cómo ves pinche ahijado!, nadie me ha roto este candado y no creo que seas tú el chingón que lo haga hoy —sentenció Arturo mientras lo sometía por el cuello. Entonces con la mano que le quedaba libre despojó a José Manuel de la toalla que llevaba ceñida a la cintura mientras le decía al oído: —Ahora si te vas a graduar mijo.
José Manuel respiraba con dificultad. No tuvo más remedio
que rendirse cuando sintió por detrás la verga amenazante y erguida
de Arturo abrirse paso entre sus nalgas, y perforar una cavidad que
puso poca resistencia frente a la voracidad y determinación de aquel
hombre que había guiado a José Manuel desde pequeño. La mezcla
de placer y vergüenza inmovilizaron al joven doctor, quien recibió
las embestidas de su padrino una y otra vez taladrándole el culo
hasta venirse dentro de él.
Antes de marcharse de los baños, Arturo se acercó a su ahijado, lo abrazó y le dio un beso en la mejilla. Mientras un hilito de
sangre escurrió por el culo de José Manuel como una lágrima.