LiteraturaNarrativa

La rutina de Aureliano Rosano

Aureliano salió de su casa muy temprano, cerró la puerta tras de
sí y dirigió sus pasos hacia el camino. El rocío sobre el pasto
penetraba la delgada cubierta de sus zapatos y al hacer contacto con la
morena y surcada piel de sus pies aumentaba su problema reumático. Se
apresuró para pasar sobre la parte seca del camino. Tardó solo veinte
minutos a la empacadora. Fue de los primeros en llegar como lo había
hecho por más de cuarenta y cinco años desde que consiguió ese trabajo.
Entró, se registró y fue directamente a los casilleros donde tenía que
dejar cualquier alhaja, cadenas, ropa no autorizada u otras pertenencias.
Aureliano conocía las reglas por lo que nunca traía nada de esas cosas,
aunque realmente sólo poseía una cadena de plata con un dije de oro con
la imagen de la virgen de San Juan, que se ponía únicamente los domingos cuando descansaba.
Al término de esa jornada, al atardecer y sentado a la mesa dispuesto a cenar, hizo la cuenta de los días: era miércoles. Permaneció
toda la mañana en su casa realizando las pequeñas labores que siempre
hacía este día de la semana. Pasadas las cinco de la tarde recién despertado de su siesta digestiva fue a dar un paseo por el pueblo. Aunque raras
veces iba, era muy conocido y en su caminar por las calles, personas
desde ambas aceras se detenían a saludarlo, un intercambio de palabras
que no pasaba de las buenas tardes o del ¿que pasó don Rosano?, pero no
iban mucho más allá que eso, su relación con el pueblo era únicamente la
necesaria; incluso en el trabajo, donde pasaba la mayor parte de la vida.
Después de aquello, regresó a su hogar.

vieron viviendo en varios lugares según los empleos que fueran surgiendo. En ésta época, mientras trabajaba como jornalero agrario, tuvieron
una niña y durante varios meses los acompañó en sus andares y fue para
ambos la brillante punta de su propia pirámide. Pero su hija no sobrevivió el año, y tuvieron que seguir solos.
La noticia de la apertura de la envasadora cruzó varios estados.
Iba a ser una gran planta de empaque, envasado y enlatado de todo tipo
de productos agrícolas: desde la compra de frutas a los agricultores para
su posterior empaquetado y venta en fresco a los mercados, hasta el
envase de conservas, mermeladas, frutas secas y otros elaborados como
dulces. Y lo principal para Aureliano y muchos otros era que requerirían
de personal.
Siguiendo la noticia de esta nueva oportunidad, llegó a solicitar el
empleo, mismo que consiguió y gracias al cual pudo residir establemente
en un lugar.
En eso ocupó su mente mientras reposaba, intranquilo al no estar
acostumbrado a quedarse en casa.
La siguiente mañana, temprano y vestido para hacer las labores,
con pantalones viejos, playera en lugar de camisa, sus zapatos viejos
pero aun así cómodos, y con su único cinturón, empezó a ordenar un
poco su casa. Trabajó también en la huerta que tenía en el solar detrás
de su cabaña, esto le tomó la mayor parte del tiempo. En la tarde pensó
en ir a la fábrica por noticias, pero se arrepintió, iría en otra ocasión. Ese
día se acostó temprano
Para la mañana del octavo día seguía levantándose antes del cantar del gallo, tomando su baño matutino diario, eligiendo su ropa y vistiéndose igual que como lo haría en un día normal. Esa vez después del
desayuno salió hacia el empaque por cuarta o quinta ocasión desde que
empezó la huelga. No hubo necesidad de llegar hasta ese lugar, a lo lejos
vio que la situación seguía igual. Dio marcha atrás caminando por el
mismo rumbo que había tomado de ida, pero sin darse cuenta se encontró en un lugar distinto a su hogar. Solamente estuvo caminando por los
alrededores, paseando sin querer llegar a sitio alguno. El lugar seguía
siendo un pequeño pueblo rural, pero estaba más desarrollado, sin duda
gracias a la planta ahora cerrada.
En la tarde del día diez, recordando que necesitaba comprar algunas cosas, fue al pueblo por un poco de abono para su huerto, algunas
cosas para las comidas, e hilo para remendar su ropa. Recorrió las calles
haciendo poco caso a los que lo saludaban. Llegó al minisúper, venía saliendo de ahí un joven con chamarra de mezclilla, pantalones vaqueros,
botas y con un gran parecido a su segundo hijo. No pudo evitar el deseo
de tenerlo en su casa y hablar con él.
Su hijo logró estudiar una carrera en ingeniería civil, gracias a
lo cual pudo emprender su propio viaje. Recién mudado, los visitaba a
menudo y les hablaba con igual frecuencia. Pero sus visitas y llamadas

disminuyeron cuando se casó. Ahora lo visitaba únicamente en navidad,
y en alguna que otra escapada que se podía dar. Las llamadas le eran
imposibles de realizar, ya que hacía tiempo que Aureliano no tenía teléfono.
Al regresar de las compras llevaba en una bolsa café, leche, algo
de pollo y nada más.
Hacía cuatro horas que el sol había estado a su mayor intensidad,
justo a la mitad del cielo del catorceavo día, cuando Aureliano se despertó de repente. Pensó en lo tarde que era para estar durmiendo, aunque
hubiera podido seguir hasta el próximo día si no se hubiera despertado
por un agitado sueño.
No fue del todo una pesadilla ni le provocó una sensación desagradable, pero se despertó con una sensación de inquietud. Soñó que
era joven, que acompañaba a su padre al campo a trabajar, no deseaba
estar ahí, no le gustaba. Su trabajo era regar los cultivos, tenían que ir
abriendo lo canales según avanzara el agua. Era muy temprano y aún no
amanecía. De repente vio a una muchacha que atravesaba los campos.
Pensó que seguramente tendría una emergencia y quería llegar al poblado que se encontraba más adelante. Tan repentinamente como apareció
la joven, surgieron de otro lado cinco figuras más jóvenes que él, queriendo cerrarle el paso y con malas intenciones a la vista.
Rápidamente corrió hacia aquella mujer, la alcanzó antes y rodeando con el brazo sus hombros y con palabras tranquilizadoras dirigió
a la asustada muchacha en dirección contraria a la de los atracadores.
Ellos apretaron el paso se le acercaron y los rodearon.
Ese fue su sueño, aunque más que eso, fue un recuerdo. Aún tenía
las cicatrices de las heridas de ese encuentro, que no fueron serias pero
atestiguaban lo que pasó el día que conoció a su esposa. Permaneció
acostado viéndolas. Todavía tenía cosas que hacer pero pasó un rato antes de decidir levantarse, hasta que terminó quedándose dormido.
El día dieciséis, se levantó temprano, con los primeros rayos, que
aún no alcanzaban a iluminar el cielo, ese día no salió de su casa. La
última vez que lo había hecho fue cuando compró las provisiones en el
pueblo. Como no había ido tampoco a la fábrica, no tenia nuevas noticias, no se había enterado de que las negociaciones no estaban resultado positivas, incluso estaban rayando en la hostilidad. Lo único que los
dueños querían era que despejarán la entrada, si hubiera ido o alguien lo
hubiera visitado le habrían dicho que lo más probable era que terminaran
con nada. Pero él no vio a nadie. Tal vez por eso no se planteó seriamente buscar una nueva ocupación, realmente pensaba volver pronto a su
trabajo. El único cambio en su rutina era que ya no salía a trabajar, todo
los demás era igual, seguía levantándose a la misma hora, se bañaba,
elegía su ropa, se vestía y desayunaba, era aquí donde su normalidad se
distorsionaba, el resto era tiempo libre; y aunque fuera sólo un pequeño
cambio, era la piedra angular de su inesperada nueva situación

En el día diecinueve, mientras tomaba café para su cena se puso
a contar los días desde que había ido a la empacadora. Entonces cayó en
la cuenta que se le había pasado una fecha trascendental. Justamente el
día anterior había sido un aniversario muy importante que nunca antes
había olvidado. Era el día en que murió la compañera de su vida. La mitad de los años desde que la conoció, hacía ya mucho tiempo, los había
pasado felizmente junto a ella, a pesar de los malos ratos que suceden en
la vida; la otra mitad de ellos, que se contaban después de su muerte, los
había vivido en solitario extrañándola. Al siguiente día tendría que ir al
cementerio con el doble de flores para pedir perdón por su olvido
Ya estaba entrada la mañana del día veinte, cuando tocaron a la
puerta de Aureliano, eran las mismas tres personas que le habían llevado
noticias cuando empezaron las manifestaciones. Ahora le traían noticias
de su desenlace. La huelga había acabado con violencia de por medio.
Fracasadas la negociaciones y los dueños hartos del los días de paro
de su empresa decidieron acabar con esto definitivamente. Temprano
ese mismo día, se presentaron frente a las puertas de la empacadora un
cuerpo de persona armadas con gases y escudos para desalojar a los
protestantes. La rencilla resultó con algunos heridos pero ninguno de
gravedad. No accedieron a ninguna demanda y los despidieron automáticamente. Apenas media hora después de que los antiguos trabajadores
se hubieran marchado, una nueva oleada de empleados entró a trabajar a
la fábrica por primera vez.
Por siete minutos tocaron la puerta hasta que, al no tener respuesta, decidieron entrar. Lo encontraron acostado de lado en su cama con la
cara hacia la pared, se le acercaron y lo llamaron. No contestó. Tocaron
su cara y cuello. Estaba muerto, su cuerpo aún estaba tibio.

Por:Carlos Iván Martínez Reyes