Expediente LXXVII-I
Leía un libro de ensayo: uno sobre la malevolencia de los vecinos, otro sobre los roomies, experiencia no muy lejana a la anterior. A este último se sumaban afanes, obsesiones, misterios y demás [mal]formaciones. Todo ocurría bajo la atmósfera del metro de Ciudad Monstruo, en sus entrañas, junto a la agonía de un año que terminaría en unas horas.
Pasaba las páginas del texto y noté que el vagón donde viajaba estaba casi vacío, en silencio. Algunos viajeros estaban sumergidos en las pequeñas pantallas de sus celulares. Otros comían, con singular desesperación, chicharrones ahogados en salsa picante, claro, sin dejar de lado el burbujeante trago de refresco o de bebida energizante con olor a medicamento para la tos. Algunos más solo cerraban los ojos intentando dormir para descansar un rato u olvidar los sinsabores, supongo, o recordar los sabores. El discurso de la vendimia que los vagoneros pregonan fue mínimo, insólito.
Sin contratiempos llegué a la estación donde tenía que bajar. Antes, en aquellas paradas donde el metro emerge de las profundidades de la tierra, cerré el libro. Afuera algo ocurría: una de las arterias del Monstruo, sin tráfico, apacible, aletargada; en los edificios apostados alrededor, los habitantes preparándose para el gran momento: el punto cero, la media noche.
n.e. huele a pollo rostizado.
Cambié de transporte: el rojo metrobús, eléctrico, reluciente, se deslizaba como una gacela. Había lugares vacíos. Tomé uno junto a la ventana solo para seguir observando al monstruo dormido.
n.e. ronquidos.
Poca gente caminando en la calle. Algunos autos esperando el cambio del semáforo. Las luces navideñas derramadas sobre paredes, balcones, ventanas, puertas, mudos testigos de la inexistente vorágine citadina.
n.e. ¡Ah, sí! Doce campanadas acá:
Minutos antes de las 8 de la mañana, una alarma, con diferente voz —pero ya conocida— previno del movimiento que segundos después sacudió la Ciudad Monstruo: ¡Feliz año nuevo!, nos deseó. El epicentro, en Guerrero.
Madrugada: los ojos del mundo puestos en América Latina, Venezuela.
Ciudad Monstruo, horas antes de la entrega de regalos (ironía)…, enero 05/26
p.d. Cada vez que Estados Unidos “salva” a un pueblo, lo deja convertido en un manicomio o en un cementerio: Eduardo Galeano.
p.d.1. La visión al principio de este texto terminó. Dejó tiempo-espacio para seguir caminando.
p.d.2. El agua nos está llegando a los aparejos.
