Después de la tormenta
La vida, como la literatura, no siempre sigue un argumento predecible. A veces creemos conocer la trama, pero el relato cambia de tono sin avisar. De pronto, lo que parecía un día común se convierte en un capítulo de desbordamientos: de emociones, de aguas, de pérdidas.
El cambio climático ha dejado de ser una metáfora. En los últimos días, la lluvia —esa vieja compañera de poetas y campesinos— se ha vuelto protagonista de una tragedia. Pueblos enteros han quedado bajo el agua, y alrededor de setenta vidas se han apagado en un país acostumbrado a mirar al cielo con esperanza.
¿En qué momento el agua dejó de ser una promesa para volverse una amenaza? Tal vez la literatura tenga una pista: los relatos siempre advierten que los excesos —de poder, de olvido, de ambición— acaban desbordando los cauces. Y aunque el desenlace parezca inevitable, aún hay en cada historia un gesto humano que resiste, una palabra que intenta salvar lo que queda.
Hoy escribo con el sonido de la lluvia como fondo. Pienso en quienes lo han perdido todo y, sin embargo, siguen buscando abrigo en lo posible. Pienso que la vida, como la literatura, es impredecible, pero también capaz de reinventarse después de la tormenta.
Porque, al final, todo cuento —incluso el más oscuro— espera un amanecer donde las aguas bajen y alguien, entre el barro y la esperanza, vuelva a encender el fogón, o la estufa, o pueda conectar la cafetera para preparar café.
