Recuperar Chapingo: servir a México
La Universidad Autónoma Chapingo (UACh) atraviesa problemas nunca vistos, la profundidad de nuestra caída parece no tener fin y, ante el abismo, surgen preguntas inevitables: ¿cómo llegamos hasta aquí?, ¿cómo es posible que estemos en tal escenario?, ¿habrá alguna alternativa o estamos resignándonos, lentamente, a la inanición institucional?
Más allá de enumerar agravios, este escrito pretende comprender la crisis en la que nos encontramos; nombrarla nos da la posibilidad de asumir la responsabilidad que nos toca para transformarla.
Los problemas son muchos y conocidos. El marco legal emanado de la Ley que crea a la UACh, nuestro Estatuto universitario, ha sido trastocado en lo esencial, en el carácter democrático que nos ha caracterizado; el desarrollo académico fue desplazado por una lógica administrativa que ha erosionado la calidad de la enseñanza, la investigación, el servicio y la difusión de la cultura, lo que se refleja en la estrepitosa caída en los rankings académicos a nivel internacional, dejando nuestro prestigio académico y la credibilidad de Chapingo por los suelos; hay acoso laboral, uso indebido del presupuesto universitario —financiado con recursos públicos—, nepotismo y un largo etcétera de prácticas que contradicen la razón de ser de una universidad pública.
Esta lista no es exhaustiva; quien lea estas líneas puede, lamentablemente, sumar los agravios sufridos, desde la violencia física hasta el despido, pasando por demandas judiciales, acoso policiaco y campañas de desprestigio en las redes sociales.
En este contexto, Chapingo enfrenta hoy tres procesos judiciales que marcarán su futuro inmediato: dos penales y uno administrativo.
El juicio administrativo, por nulidad, es especialmente revelador: se mutiló el Estatuto universitario sin respetar los procedimientos establecidos en el documento original. La Universidad ya fue notificada y deberá demostrar que actuó conforme a la norma, aunque todas y todos sabemos que el Estatuto original —emblema nacional de la democracia universitaria— fue vulnerado.
Existe también un juicio penal por malversación de los recursos públicos asignados a nuestra Universidad; los hechos señalados ocurrieron años atrás y están involucrados prominentes integrantes del Honorable Consejo Universitario. Este proceso judicial, que va llegando a su fin, nos deja una lección que debemos aprender: el uso indebido del presupuesto público será investigado y sancionado.
El tercer juicio, el del rector —acusado por violencia sexual contra una estudiante de Chapingo—, se encuentra en su fase final. Las pruebas y los testimonios ya fueron presentados y estamos en espera del veredicto. Sea cual sea la sentencia, queda en la memoria la incursión de casi un centenar de policías al campus universitario en febrero de 2025; sigue siendo una herida abierta. Las agresiones contra la víctima y su entorno, en la vida real y en las redes sociales, han alcanzado niveles brutales, muchas veces impulsadas por personas pagadas para desinformar y denigrar.
Con estas acciones se ha querido imponer la idea de que existe un grupo muy grande y todopoderoso que tiene el control absoluto de la universidad, al cual es inútil oponerse. En realidad, no es tan grande, aunque sí es peligroso. Su fuerza no radica solamente en la violencia que ejerce, sino en la erosión silenciosa de lo humano: la capacidad de reconocer las injusticias y actuar para detenerlas. No obstante, está próximo su fin.
Esta crisis humana no es exclusiva de Chapingo; es parte de un deterioro global. La historia nos ha enseñado que las grandes atrocidades no ocurren únicamente por la acción de los “malos”, sino por la inacción de los “buenos”. El genocidio nazi no habría sido posible sin la pasividad cómplice de millones de personas que se “mantuvieron al margen”. Hoy, la brutal agresión contra el pueblo palestino ocurre ante una humanidad que, en gran medida, mira hacia otro lado. Las políticas antiinmigrantes de Trump —que golpean sobre todo a mexicanas y mexicanos— son otro síntoma de esta crisis, agravada por la vergüenza de quienes, desde México, las celebran.
Los derechos humanos se violan todos los días y a todas horas en casi todo el mundo, y parecen no importar. En parte, porque no se conocen. Necesitamos instruirnos, educarnos y, sobre todo, actuar para defenderlos.
Pero volvamos a Chapingo. Ante tantos problemas, hay preguntas que debemos responder: ¿cómo se van a arreglar?, ¿quién los va a resolver? Para contestarlas, hay que buscar en el espejo: nadie vendrá a salvarnos, somos nosotras y nosotros, quienes integramos la comunidad universitaria —estudiantes y docentes—, con el apoyo de la base trabajadora —que también ha sufrido el acoso y el desprecio—, quienes tendremos que enfrentarlos y resolverlos.
Aunque en el papel han cercenado el carácter democrático de nuestra institución, es precisamente en el espíritu democrático que inspiró la redacción original de nuestro Estatuto el que debe guiarnos para alejarnos del despeñadero. Somos responsables porque el poder en nuestra institución no proviene de un “jefe”, no es una dádiva de una jerarquía superior; el poder, en Chapingo, emana desde abajo, de su comunidad universitaria. Y, como sabemos, un gran poder exige una gran responsabilidad. Tenemos que asumirla.
No será fácil. Implica dialogar, organizarnos, preguntarnos con honestidad: ¿queremos resolver los problemas?, ¿queremos ser parte de la solución? Hasta ahora, por acción u omisión, hemos sido parte del problema. La abstención no es neutralidad, no existe un lugar neutral: si no actuamos, fortalecemos la corrupción, la violencia y el abuso: la decadencia de Chapingo.
Debemos preguntarnos qué podemos hacer por Chapingo, que nos ha dado tanto, y por este país que la sostiene con recursos públicos. Tenemos que dialogar con nuestras compañeras y compañeros en los pasillos, en las aulas, en los espacios comunes, para buscar soluciones, para elaborar las respuestas que necesitamos, lo cual implica documentarnos e informarnos con datos verificados que contrarresten la desinformación que nos arroja a la apatía.
Escucharnos, reunirnos, pensar en el bien común, se vuelve un imperativo. La corrupción es costosa y su precio ya lo estamos pagando con el deterioro de las condiciones de trabajo, con una universidad debilitada y desprestigiada. Construir el bien común no es tarea sencilla, pero no hacerlo será devastador.
Seamos solidarias y solidarios; cooperemos con ideas, con recursos, con lo más valioso que tenemos: nuestro tiempo. Chapingo lo vale y lo merece. No es el futuro el que nos reclama: es el presente. Para algunos la resistencia ha sido difícil, tenemos derecho a la duda, al desaliento; tenemos derecho a distanciarnos un poco para restablecer las fuerzas, pero no podemos rendirnos; recuerda que no es un beneficio personal lo que está en juego, es la noble institución que el campo mexicano necesita.
El mejor momento de actuar es ahora, no dejemos para mañana la tarea necesaria. La realidad nos urge a responder ciertas preguntas: ¿qué hemos hecho o dejado de hacer para que la crisis en la que nos encontramos sea tan profunda?, ¿qué estamos dispuestas y dispuestos a hacer, más allá de lamentarnos, para encontrar la salida?
Sólo entonces estaremos en capacidad de salir de Chapingo y volver al campo mexicano, no como espectadores ni como agrónomas y agrónomos indiferentes, sino como una comunidad consciente, ética y comprometida; porque el campo que hoy atraviesa una profunda crisis no necesita más discursos, necesita una universidad viva, digna y humana, capaz de mirarse primero a sí misma para después ponerse, de verdad, al servicio de la patria.
