El instante que no llega: Juan Cirerol y la música de la espera
Hay discos que no se escuchan: se acompañan. El instante siempre por llegar es uno de ellos. Juan Cirerol vuelve aquí con un álbum que no busca la novedad ni el golpe de efecto, sino algo mucho más raro en estos tiempos: decir la verdad sin subrayarla.
Desde el título —que parece verso perdido o promesa incumplida— el disco se instala en esa zona donde el tiempo no avanza en línea recta, sino que da rodeos: la espera, la resaca emocional, el recuerdo que insiste, la intuición de que algo importante está a punto de suceder… y no sucede nunca. O sucede mal. O sucede tarde. Como la vida. «Quise jugar el juego fatal / y terminé por rendirme y llorar», canta.

Musicalmente, Cirerol sigue fiel a su territorio: country fronterizo, folk seco, rock mínimo, canciones que suenan a carretera secundaria más que a autopista. No hay artificio ni producción exuberante; hay madera, polvo, cuerda, voz. La música no empuja al texto: lo deja pasar. Incluso en el cover de Los dos amigos, de los adetes de Linares. Y eso, en un compositor como Cirerol, es una decisión ética.
Las letras son el verdadero campo de batalla. Aquí no hay pose ni personaje: hay alguien que mira de frente el desgaste, el amor que ya no alcanza, la fiesta que terminó hace rato pero de la que nadie se va del todo. Cirerol escribe como quien conversa a las tres de la mañana: frases simples, imágenes precisas, una ironía leve que no busca el chiste sino la defensa. Porque reírse un poco es, a veces, la única forma de no quebrarse.
El disco no tiene “canciones grandes” en el sentido comercial. Tiene algo mejor: canciones que se quedan. Que regresan días después, cuando uno está lavando platos o esperando el camión, y de pronto una línea aparece sola, como si hubiera estado ahí desde siempre, «esperando a que acabe el día de hoy».
El instante siempre por llegar confirma a Juan Cirerol como uno de los cronistas más honestos de la intemperie emocional contemporánea. No escribe para explicar el mundo ni para cambiarlo, sino para habitarlo con dignidad, aunque duela, aunque no pase nada, aunque el instante —ese maldito instante— siga sin llegar.
Un disco para escuchar sin prisa, disponible en las diferentes plataformas de música.
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