Narrativa

Costal de olvido

Para conmemorar el día del amor y la amistad llevaron muchos presentes a la escuela: corazones de chocolate, paletas, bombones y malvaviscos. El regalo más original lo recibió Lupita: un saquito de encaje con flores aromáticas. Se lo llevó Inés a su oficina, antes de que se saliera a dar clases. Le dijo que era algo sencillo, que no implicó gran gasto, pues usó las flores silvestres que recogió a fines de septiembre, pétalos de las rosas que Juan le había regalado –las cuales guardaba desde siempre en una vasija con tapa– y aprovechó también algunos palos de canela y clavos de olor, sobrantes del ponche que preparó en navidad. El romero lo cortó de su jardín y ella misma cosió las bolsitas con tela de su vestido de novia. Eso le dijo, pero no le contó por qué había decidido deshacer esa prenda, intacta desde que se casó hacía veinticinco años.

Inés decidió celebrar la amistad y desprenderse de todo recuerdo. Lo venía pensando desde que se enteró, de manera totalmente casual, que Juan tenía una doble vida.

Fue en el camión. Un niño como de catorce años le cedió el asiento y ella aceptó porque las bolsas del mandado pesaban demasiado. Ofreció cargar la mochila del muchacho y al mirarlo se quedó pasmada. El parecido que tenía con su marido era impresionante: los mismos ojos y las cejas pobladas. Hasta el lunar de Juan junto a la oreja lo tenía este niño. Se sintió inquieta y un torvo presentimiento se apoderó de ella.

Consuelo Ligeia Muñoz Balladares

Profesora jubilada de la Universidad Autónoma Chapingo. Algunos relatos suyos han sido publicados en revistas del Estado de México y en el libro colectivo Tejedoras de historias, editado por la UACh.

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