Huella indeleble
Descubrí que si bien no caminaba, sí podía hablar.
Descubrí que si bien no caminaba, sí podía hablar.
En un bar. —Un glendfiddish, por favor, la señorita aquí a mi lado invita. —¿Perdón? —dirigiéndose a él—. No le
En ese tiempo tenía veintitrés años, las mujeres eran su vicio, aún cuando era casado, le gustaban las mujeres ajenas.
Nos fuimos a vivir a una pequeña casa en las afueras de la ciudad. Y todos los días, no hacía más que preguntarme por la vida que llevaría ahora mi inmensa madre, y mi padre muerto de sueño tras su trabajo de vigilante en la bodega de conservas.
¿Hasta cuándo, Gabriel, hasta cuándo? –dice ella–. ¿Es que no te
cansas de no hacer nada?
Permaneció
toda la mañana en su casa realizando las pequeñas labores que siempre
hacía este día de la semana.
Éxodos nuevos, añejos, continuos; eternos.
Desierto o río; muros, púas, noche.
Mío mi Dios el viento que sopla
sobre el mar del tormento/ y del gozo/ el que
arranca a los moribundos su más bella palabra,/ el que ilumina la respiración de los vivientes,/ el que aviva el fuego fragmentario de los pasajeros / sonámbulos, Gonzalo Rojas, heredero, hecho, transfigurado de su Vallejo, Rulfo, Mistral, su Neruda, Breton