Fotografías del alma
Fotografías del alma. Es mi especialidad. Y no es por darle un toque poético a mi oficio.
Comencé cuando aún era estudiante. Le platiqué a un amigo sobre mis apuros económicos y se le ocurrió que, como él, yo podía tomar fotos en eventos. Me enseñó lo básico y poco después ya estaba con una cámara prestada en una boda.
Retraté a las parejas y familias invitadas. Luego salí corriendo a un laboratorio para revelar las fotos y regresé a venderlas.
Mi amigo dijo que yo tenía buen ojo para la fotografía, pero creo que mintió, porque desde ese primer evento mis fotos fueron… distintas. Técnicamente estaban bien, pero en casi todas aparecían las personas haciendo gestos inesperados. Parecía que miraban con desprecio, culpa o lujuria a alguien fuera de cuadro. A veces, a su propia esposa o esposo. Casi no vendí nada.
Una señora, por ejemplo, me pedía entusiasmada la foto que les había tomado, pero al verla descubría el gesto de fastidio, casi de asco, de su esposo. La devolvía con el ceño fruncido, sin decir palabra. Así pasó con la mayoría.
Mi amigo insistió en que no sabía esperar el momento oportuno. Pero no era eso. Los hacía voltear a gritos y agitando mi mano para que miraran a la cámara. Y aun así, justo en ese instante, parecía que algo más afloraba. Como si se les escapara el alma.
Estaba por rendirme cuando un tipo de mediana edad que parecía un ejecutivo vino a buscarme. Había visto una de las fotos rechazadas, en la que su esposa sonreía a la cámara, pero él, sin saberlo, miraba a una mujer en la mesa de al lado con los ojos llenos de deseo. Quiso esa imagen. Me pagó el triple. Dijo que necesitaba saber.
Ahí entendí mi oficio. Monté un estudio fotográfico en el que las personas pagan no por salir guapas o alegres, sino por revelar lo que no sabían de sí mismas.
A veces, cuando revelo una toma y veo lo que aparece, tengo que respirar hondo antes de enseñarla. O romperla. Hay cosas que ni siquiera el alma quiere recordar.
