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Arder entre sombras

Diego insiste en llamarme, hace apenas un par de horas que le di de
comer, y nuevamente está molestándome, parece que nunca queda
satisfecho. Sin embargo, debo ser más comprensiva, únicamente me tiene
a mí. ¡Pobre!, parece que él lo sabe, me mira con sus pequeños ojos, y
hace ademanes para que no lo pierda de vista. Creo que su intención es
decirme que él está aquí para acompañarme.
Otra vez mi mamá dejó la puerta cerrada con llave, no podré ir a
la escuela y mañana tendré que mentirle de nuevo a la maestra, no puedo
decirle que ella me encierra en este cuarto. Yo no quisiera que mi mamá
saliera todas las noches, se lo he dicho, y ella sólo me mira y sonríe de
manera extraña. Lo peor es cuando llega con algún hombre, y se pasan
toda la madrugada bebiendo y acariciándose, mientras yo, escondida detrás del ropero tengo que esperar a que los dos se hayan dormido totalmente borrachos.
Tengo miedo, no he querido decirle a mi mamá, pero el hombre
del cabello enmarañado, con el que se emborrachó hace apenas dos días,
intentó subirme la falda. Le di un golpe con toda la fuerza que me fue
posible, cayó al suelo. Afortunadamente estaba demasiado ebrio para
sostenerse en pie. Pero no quiero que vuelva a pasar, por eso debo esconderme bien cuando mamá vuelva a traer otro hombre a la casa.

Diego ha permanecido callado desde hace tres días, creo que
presiente algo. Me acerco y le hablo, pero él apenas se mueve. Mantiene su cabeza inclinada mostrando el sufrimiento que lo ha cobijado.
Además no ha querido tocar su alimento, aunque le he rogado para que
coma un poco, no tiene la fuerza suficiente para hacerlo.
Es extraño, pero sobre la mesa, el desayuno aún está caliente.
Hace mucho tiempo que mi mamá no me prepara nada, siempre duerme,
¡claro, cómo se desvela tanto con esos desconocidos!, pensé que tal vez
esta mañana quería agradarme consintiéndome con el almuerzo. Pero
me asusté mucho cuando vi al hombre, el del pelo enmarañado. Intenté
correr pero me tomó por un brazo, sentí que iba a desmayarme por el
miedo que me provocaba. Me habló tratando de tranquilizarme. Me dijo
que él había preparado todo para mí, pero su mirada maliciosa lo delataba, me sujetó con fuerza, yo manoteé tratando de rasguñarlo en la cara.
Pero él no retrocedió, me dio un golpe en el estómago y me arrojó contra
el muro, ya no pude defenderme. Abuso de mí con toda la calma que le
fue posible.
Diego ha enfermado, creo que no soportará más, no he logrado
ni siquiera que beba un poco de agua, y su cuerpo tiembla demasiado,
lo he cubierto con un paño, pero sólo mira desconsolado como su vida
se acaba. Ojalá se alivie, si lo hace, ya no discutiré con él y le permitiré
hacer todas las travesuras que quiera. Si muere, quedaré completamente
sola.
¿Cómo vivir con esta angustia? Esperar que todas las noches se
abra la puerta y aparezca el hombre del pelo enmarañado. ¿Y si le digo
a mi madre lo que ese individuo me hizo?, tal vez ella cambie, soy lo
único que tiene y debe protegerme. Pero ella únicamente piensa en beber
y acostarse con hombres. Creo que he comenzado a odiarla.
Hoy me ha lastimado como nunca, se introdujo en mí de forma
brutal, sentí que me desgarró por dentro. ¿Cómo es posible que mi madre no se dé cuenta de lo que está pasando? El líquido que escurre de mi
entrepierna no se detiene. La vida se me escapa por los hilos de sangre.
Mañana cumpliría trece años.
Diego ya no respira, por fin el sufrimiento ha terminado, Diego,
mi acompañante. Ahora ya no tendrá que soportar la enfermedad que
le hacía padecer tanto, la que provocó que sus alas se desmadejaran impidiéndole el vuelo que yo prometí darle si se recuperaba.
El aire mece la jaula que sola, cuelga del muro.

Por:Eduardo H. González