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Dibújame un cordero – 107

El famoso principito tiene una apertura con la ilustración de un sombrero o un elefante dentro de una boa, ícono inconfundible de la lectura. La imagen, el comic o la historieta tienen antecedentes muy lejanos, pues las pinturas rupestres contaban ya historias; no sabemos si era la crónica de grandes días o un ritual para que les fuera bien en la caza, pero es claro que muchas pinturas rupestres describen la vida cotidiana de las tribus primitivas.

Es el arte, las bellas artes, lo que transformó al mono y la mona en hombre y mujer; la propia escritura que usamos hoy viene de hace unos cinco mil años y cada letra viene de la representación de las cosas cotidianas; la A, por ejemplo para los griegos era alfa, que deviene del aleph de los fenicios que signifca buey, si volteáramos la A, le pusiéramos un ojito y la inclináramos ligeramente volveríamos a ver la cabeza del buey.

Somos muy gráficos, nos gusta ver monitos; todas las culturas antiguas tienen glifos, ideogramas y cuentan historias con imágenes; en el mundo prehispánico se usaban huellas de los pies para indicar que los nativos iban de un lugar a otro.

En México, además, tenemos una gran tradición de caricatura política; con especial saña atacaban a Juárez; a Porfirio no tanto porque los mataba “en caliente”.

El comic tiene una pléyade de superhéroes que vienen de Estados Unidos, la mayoría rubios y de ojos azules, así como sexis y guapas heroínas de apoyo; de forma reciente se revalora la posición de las mujeres, afroamericanos, homosexuales y otra diversidad.

En México la historieta, como el cine, tuvo su época dorada; algunos personajes memorables son el gran Fantomas, Kalimán, la sexi Rarotonga y el afro Memín pinguín, entre otros.

De manera reciente ha irrumpido la novela gráfica que en algunos casos retoma personajes del comic, pero que ha tomado su propio rumbo como un nuevo género literario.

Moisés Zurita Zafra

Profesor-investigador en la Preparatoria Agrícola de la Universidad Autónoma Chapingo. Originario de Tunuchi, Oaxaca, estudió Sociología Rural en Chapingo. Cuenta con dos maestrías, una en Lingüística Indoamericana y otra en Educación en Derechos Humanos; tiene un doctorado en Ecología y Gestión Ambiental. Fundador de la revista Molino de Letras, ha sido reconocido dos veces como creador de arte y cultura por el Fondo para la Cultura y las Artes del Estado de México. Autor, entre otros libros, de Gotas de Tinta, Esos lodos, Yo sí le Pasé, Unos días en la escuela, Cuando me iba de pinta, Cierro los ojos, me voyEl Tavayuko.

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