La sharía
Para celebrar nuestra boda, fue Lidia quien se empecinó en hacer ese viaje a Oriente. Ella misma dijo que no nos separan de aquellos pueblos la distancia o el aspecto físico, sino el esplendor de su historia, sus edificios, sus costumbres. En Osaka, más divertidos que solemnes, nos sometimos a la ceremonia del té. En Pekín, maravillados, supimos que los hijos del sol, los emperadores, vivían en cada una de las alas de sus palacios cuadrangulares según la época del año. En Calcuta nos embobaron los asombrosos faquires. Pero en Kabul supimos de la existencia de los talibanes.
Días atrás, en Herat, habíamos visitado la gran mezquita, extasiándonos ante la minuciosidad con que sus constructores la tapizaron de pequeños azulejos; en Kabul, sin embargo, la guerra había arrasado todo. Nuestro guía, hombre joven y parco, dijo llamarse Aman Daud. Hablaba una mezcla por momentos incomprensible de inglés y pastún, su idioma natal. Era alto, moreno, esbelto y barbado, y llevaba desnudo el torso, a pesar del frío. Desde un principio sus profundos ojos negros incomodaron a Lidia. Yo quería fumar, pero a Lidia la mortificaba tanto sol al descubierto y tanto frío a la sombra, y prefirió quedarse en el jeep a las afueras del templo que nos había mostrado el guía. Aman Daud me siguió como un esclavo.
Más allá de la mezquita había un edificio abandonado, derruido, con una amplia escalinata. Subí y me senté en el escalón más alto. Aman Daud se colocó a mi derecha. En silencio me contempló fumar. Aunque yo no lo veía, ahora su mirada me pareció incómoda, como había dicho Lidia. Extraje de mi mochila pluma, cuadernillo y abrecartas y me propuse leer mi correo y anotar mis impresiones recientes. Aman Daud me vio escribir y luego, sin decir palabra, aunque con delicadeza, tomó mi pluma y la examinó largo rato, como si jamás en la vida hubiese visto objeto semejante. Al devolvérmela, preguntó: “¿Es tuya?”. Creí lo previsible, que le hubiera gustado y la quisiera como obsequio. “No”, le respondí. “¿De tu mujer?”, “Sí”, le dije. “¿Cómo se llama ella?”, insistió. “Lidia”, respondí, “Lidia Marcovich”. La negra mirada de Aman Daud se posó en el fondo de mis ojos y dijo con toda seriedad: “Entonces tu mujer es una ladrona porque esta pluma tiene grabado un nombre que no es el suyo”. Creí que bromeaba e iba a explicarle que el abrecartas y la pluma de oro pertenecieron a la madre de Lidia, pero Aman Daud siguió hablando: “¿Y sabes cómo castiga la sharía a los ladrones? Se les amputa la mano derecha”. En ese momento supe que aquel hombre no bromeaba; su mirada entonces me pareció la de un fanático. Con toda seriedad, añadió: “Yo soy Aman Daud, el que vigila, el fiel guardián de la fe. Yo era Aman Daud, el estudiante de religión, pero ahora soy un talibán, un soldado de Dios”. Hizo una pausa, luego añadió: “Tu mujer debe ser castigada”.
Inevitablemente pensé en Lidia Marcovich. ¿Quién era ella? Era apenas una estudiante de filosofía, como yo, tal vez como Aman Daud, pero en una escala distinta. Aunque Lidia era casi una extraña para mí cuando la desposé, y estaba más atado a su cuerpo que a su alma, ella era mi compañera, y muy dentro de mí yo había decidido que viviría con esa mujer el resto de mis días. En eso pensaba, no sé por qué.
En apariencia acongojado, pues delante de él se extendía el irremediable deber de la denuncia, Aman Daud apoyaba la cabeza en las manos y los brazos en las rodillas. Inclemente en el cenit, el sol le bruñía la espalda; nítida, la columna vertebral se le arqueaba. A los ojos de un anatomista, la estructura ósea de aquel hombre era notable en su perfección: redondo el cráneo; largas y rectas las extremidades; fuerte el tórax aunque esbelto. Recordé los días en que mi primera vocación fue la ciencia médica, disciplina que han abrazado tantos hombres notables y de la cual yo hubiera sido apenas un mediocre representante.
Sé que divagaba, aunque parecía pensar con lucidez en medio de la confusión. Lidia y yo recién nos habíamos interesado por el islam como doctrina filosófica. ¿Cómo iba a decirle que le había tocado la mala fortuna de experimentar el islam en carne propia? Comprendí que estaba horrorizado por el destino inmediato de ella, y por el mío; sentí que nuestro desamparo era absoluto en aquel país, pero en realidad me sabía cobarde, incapaz de defenderla. El mismo sol que bruñía la oscura piel de Aman Daud reverberó en el metal del abrecartas que había quedado en medio del cuadernillo. Pensar y actuar fue una sola cosa. Al ovillarse el cuerpo humano, las crestas de las vértebras, normalmente encabalgadas entre sí, disminuyen su cercanía. Me fue muy fácil alcanzar la médula espinal de Aman Daud con el abrecartas, clavándoselo fuerte en mitad de la espalda, entre las vértebras dorsales. Quiso enderezarse de inmediato, y no pudo. Encorvado, alcanzó a girar la cabeza hacia mí. Su mirada se había opacado; su voz sonaba remota. “¿Qué me hiciste?”, alcanzó a decir, mientras mi instrumento terminaba de seccionar la médula. Le dije: “Sólo adormezco tu instinto”. Inmóvil, histérico, absurdo, empezó a gemir en pastún. “Calla”, le respondí. “no te esfuerces, que te hace más daño”. Guardé el abrecartas. El sangrado era mínimo. Como a un amigo en dificultades, quise ayudarlo a incorporarse; le dije: “Vamos, acompáñame”. Me miró, largamente me miró, y no pudo moverse de su asiento. “Como quieras”, le dije. Me levanté, tomé la mochila, la pluma y la libreta y añadí: “No se te ocurra pedir limosna ahora que descubras que no volverás a caminar. No olvides que, según la sharía, los mendigos deben ser apaleados hasta la muerte”. Demudado, abriendo mucho los ojos, Aman Daud se quedó en la parte alta de la escalinata, bajo el inclemente sol de Kabul.

Excelente relato Mateo.