Martes, 20 de octubre de 2026
Café con cuento

El precio del Planeta

El problema aparece cuando los intereses comerciales se presentan como si fueran enteramente ajenos a las decisiones literarias.

Benjamín Alba · 20 octubre, 2026

No todos los días una escritora gana un millón de euros por una novela que todavía no conocen sus lectores, mucho menos cuando esa escritora es Isabel Allende, que lleva más de cuatro décadas publicando libros y ha vendido tantos ejemplares que difícilmente podría acomodarlos en una casa, aunque fuera la de los espíritus.

El Premio Planeta acaba de celebrar su 75.º aniversario con una noticia que habría hecho las delicias de cualquier empresario editorial: Isabel Allende, una de las autoras más leídas en lengua española, se incorpora a su catálogo después de 44 años de fidelidad a la competencia. Y lo hace por la puerta grande, con un millón de euros bajo el brazo y una nueva novela que retoma la historia de Alba Trueba, aquella muchacha que conocimos en 1982, cuando todavía quedaban dictaduras militares en América del Sur y los fantasmas de la familia Trueba tenían mucho que contar.

Hasta aquí, nada que objetar. Una escritora puede cambiar de editorial, recibir un premio y regresar a los personajes que la hicieron famosa. Lo curioso comienza cuando nos enteramos de que al certamen se presentaron 1 mil 424 novelas y que la ganadora resultó ser una autora cuya sola firma constituye una garantía comercial para cualquier editor. No hace falta sospechar de un jurado ni imaginar conspiraciones para preguntarse si el premio reconoció únicamente una obra literaria o si también celebró uno de los grandes negocios editoriales del año. 

A los escritores se les pide que escriban por vocación, que no se preocupen por las ventas, que perseveren incluso cuando nadie los publique y que, de preferencia, no contaminen su inspiración con preocupaciones materiales. Las editoriales, en cambio, llevan las cuentas con una disciplina que ya quisieran algunos poetas para medir sus endecasílabos. Y hacen bien, porque publicar libros cuesta dinero. El problema aparece cuando los intereses comerciales se presentan como si fueran enteramente ajenos a las decisiones literarias. Los premios literarios, ni duda cabe, mantienen una relación bastante peculiar con el dinero.

El Premio Planeta no ha ocultado nunca su vocación de llegar al gran público. Entre sus ganadores figuran excelentes escritores, autores de novelas populares y personajes cuya notoriedad nació bastante lejos de las bibliotecas. El año pasado, por ejemplo, premió a Juan del Val, conocido también por sus apariciones en televisión. Que un libro se venda mucho no significa que sea malo, del mismo modo que vender poco no convierte a nadie en un genio incomprendido. Pero si las ventas no sirven para descalificar una novela, tampoco deberían bastar para consagrarla.

Con Isabel Allende sucede algo todavía más interesante. No estamos ante una celebridad televisiva que acaba de descubrir la literatura, sino ante una narradora que se ganó a millones de lectores mucho antes de que Planeta pensara en concederle su premio. Su obra puede gustarnos más o menos, podemos discutir sus procedimientos narrativos y sus méritos literarios, pero sería absurdo atribuir su trayectoria a una campaña publicitaria de última hora. En ese sentido, el premio parece necesitar tanto a la escritora como ella pudiera necesitar el reconocimiento.

Hay otra circunstancia que merece atención. La hora antes del alba recupera a una mujer sobreviviente de la violencia de la dictadura chilena. Allende ha explicado que su regreso a ese universo literario responde también a las amenazas autoritarias que observa en el presente. Es un motivo poderoso para escribir una novela. Y, sin embargo, mientras su protagonista vuelve a enfrentarse con los fantasmas del poder, fuera de las páginas asistimos a una disputa bastante terrenal entre dos gigantes editoriales.

No pretendo comparar una cosa con la otra, sería una frivolidad, pero algo dice de nuestro tiempo que una historia sobre la memoria y las heridas de la represión llegue a las librerías acompañada de una noticia sobre las cantidades millonarias que mueve la industria cultural.

Por lo demás, falta lo más importante: leer la novela. El jurado ya emitió su veredicto y el departamento de mercadotecnia seguramente tiene preparado el suyo. A los lectores nos corresponde todavía averiguar qué hizo Isabel Allende con Alba Trueba después de tantos años y si el regreso a aquella casa estaba justificado por la literatura o por la nostalgia.

Mientras tanto, el mundo editorial celebra una operación extraordinaria. La escritora recibe un millón de euros, Planeta incorpora a una autora de ventas internacionales y los periódicos y las redes sociales encuentran material para llenar sus páginas culturales. No parece que ninguno haya salido perdiendo.

Queda por saber qué ganó la literatura.

Autoría

Benjamín Alba

Estudió letras, pero se avergüenza de ello, por eso prefiere decir que aprendió a escribir mirando la lluvia y escuchando a la gente en los supermercados —porque, encima, es citadino—. Ha colaborado en revistas culturales, bajo diversos pseudónimos —heterónimos no, porque no llega a tanto, ni es poeta—. Aunque escribe desde los bordes de la […]