Martes, 27 de octubre de 2026
Narrativa

Cruce de miradas

Pero lo que más recuerdo es el cruce de miradas entre la maestra y su hija, y sus sonrisas.

Andrés Zurita Zafra · 27 octubre, 2026

Ella era una mujer atractiva de cabello rubio y piel clara. Se llamaba Silvia y era maestra de Historia en la secundaria. Era la asesora del primero G. En nuestro grupo estaba su hija, que era igualita a ella, con dientes grandes y sonrisa bonita. Cuando nos tocaba clase de Historia, ellas se miraban a los ojos y sonreían juntas.

Una mañana la secundaria se estremeció con la noticia de que la maestra Silvia se había suicidado. Algunos compañeros fuimos al funeral a darle nuestro saludo a la pequeña Silvia. Recuerdo haber extendido la mano y decirle: “Lo siento”. Ella respondió muy tranquila: “Gracias”, y esa fue la última vez que la vi.

Con la maestra hicimos un jardín en la parte de atrás de la escuela. A cada grupo nos asignaron unos cuantos metros cuadrados para poner plantas. Nosotros hicimos círculos de piedras, como si fueran los pisos de un pastel, les pusimos flores y con piedritas pequeñas escribimos “1.º G”.

Nos tocó festejar el 14 de febrero en la casa de Alex, que vivía cerca de la escuela. Lore fue el alma de la fiesta: sacaba a bailar a cada uno y luego iba formando parejas para bailar música disco. Las chicas hicieron unos corazones con papel terciopelo rojo y con un segurito los prendieron a las camisas y blusas. Con plumón escribieron “1.º G”. Hubo intercambio de regalos. Maru me regaló un pequeño disco con dos canciones. En un lado estaba “Amor de estudiante”. “Es otoño, los amantes ya se fueron…”, cantaba Roberto Jordán.

Tuvimos maestros muy buenos, como la maestra Mancilla, que daba Física; el maestro Gilberto, que daba Matemáticas, y otros muy malos, como uno que nos dictaba los apuntes de Biología de su hija, que estaba en segundo año. Una vez le dije que si nos iba a explicar algo, me corrió del salón y vagué por el patio hasta que fue la hora del recreo.

A la hora del recreo corríamos a la cooperativa antes de que se hiciera el amontonamiento y salíamos victoriosos con nuestros triángulos de Boing por lo alto. Nos sentábamos en pequeños grupos de 3 o 5 amigos para comer la torta que mamá había preparado o que comprábamos. Pero lo bueno del patio eran los lunes, que veíamos a la abanderada marchar, con cabello ondulado, piel de durazno. Para nosotros era como una estrella pop a la que no dejábamos de ver.

Por esos años comenzamos a ver con interés las piernas bonitas de nuestras compañeras, que las faldas grises con cuadritos nos dejaban ver. Los amores platónicos dejaron de serlo para algunos. Otros acompañaban a su admirada a su casa, le cargaban la mochila y con eso casi se sentían correspondidos. “Las chicas solo quieren divertirse” sonaba en la radio, y baladas de Camilo Sesto y Emmanuel. En las paredes había pintas de Kiss.

También vimos cómo algunos de nuestros compañeros comenzaron a inhalar Resistol 5000: Tito, Carlitos, Teresa “la gruesa” y otros. A veces se hacía el rumor de que habría pelea entre los de la secun y los de la técnica, y las calles cercanas a la secundaria eran ríos de muchachos de suéter verde contra los de suéter café.

Terminó el ciclo escolar. Cuando nos reinscribimos, desintegraron al grupo G y nos repartieron en los otros grupos.

En los noventa ya teníamos hijos pequeños, y los precoces, los que fueron padres entre la secundaria y la prepa, eran abuelos. A veces, como en la serie televisiva Los años maravillosos, me sumerjo en las aguas del pasado y veo las paredes de tabique rojo industrial, los patios, los pasillos, las jardineras llenas de bullicio, las caras sonrientes, los chistes, la camaradería de los amigos que caminan abrazados. Recuerdo a esos niños que no sabían de los problemas de los adultos y no se preguntaron por los motivos de la maestra Silvia. Pero lo que más recuerdo es el cruce de miradas entre la maestra y su hija, y sus sonrisas.


Querétaro, Qro., junio de 2017

Autoría

Andrés Zurita Zafra

Nació en San Mateo Tunuchi, Oaxaca, en 1965. Egresó de la Universidad Autónoma Chapingo en 1988. En 2003 publicó el poemario ‘Deshuesadero’, bajo el sello de Molino de Letras. Actualmente reside en Tláhuac, Ciudad de México.