Utopía de amor
En un bar. —Un glendfiddish, por favor, la señorita aquí a mi lado invita. —¿Perdón? —dirigiéndose a él—. No le
En un bar. —Un glendfiddish, por favor, la señorita aquí a mi lado invita. —¿Perdón? —dirigiéndose a él—. No le
La Casa de la Cultura Texcocana corresponde al Ayuntamiento de la ciudad, aunque mantiene vínculos con el Instituto Mexiquense de Cultura, mientras que El Coco, la cantina de nuestras referencias, forma parte
de la antigua Posada Santa Bertha, símbolos
e íconos culturales de la gente.
En ese tiempo tenía veintitrés años, las mujeres eran su vicio, aún cuando era casado, le gustaban las mujeres ajenas.
Nos fuimos a vivir a una pequeña casa en las afueras de la ciudad. Y todos los días, no hacía más que preguntarme por la vida que llevaría ahora mi inmensa madre, y mi padre muerto de sueño tras su trabajo de vigilante en la bodega de conservas.
¿Hasta cuándo, Gabriel, hasta cuándo? –dice ella–. ¿Es que no te
cansas de no hacer nada?
Permaneció
toda la mañana en su casa realizando las pequeñas labores que siempre
hacía este día de la semana.
No quiero dejar pasar la puerta
tras la cual ya me espera tu sonrisa.
“Para fabricar pendejos este país se pinta solo, ahí sí, no
hay quien nos gane…”
Éxodos nuevos, añejos, continuos; eternos.
Desierto o río; muros, púas, noche.
No puedo ir al cielo si tú no vas allá, te ves tan lindo con tu cabello empapado de humedad,
ya no puedo concentrarme en el salón,