Autor: Alejandro Ordóñez González

Santa Eduwiges

El enviado de Roma ordenó que terminaran de desnudarla. La miró largamente, pidió más luz, con la manga del hábito limpió la base y con voz ronca, sin poder contener la emoción, dijo: ¡Hermanos, no puedo creerlo! Podría morir en paz, estamos contemplando a la Madona más hermosa que haya esculpido mano humana, jamás.